Reseña: La verdad sobre el caso Harry Quebert (Joel Dicker)

La verdad sobre el caso Harry Quebert Book Cover La verdad sobre el caso Harry Quebert
Joel Dicker
Policiaca
Alfaguara
672

La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker, es una novela de suspense a tres tiempos -1975, 1998 y 2008- acerca del asesinato de una joven de quince años en la pequeña ciudad de Aurora, en New Hampshire. Quién mató a Nola Kellergan es la gran incógnita a desvelar en esta incomparable historia policiaca de la narrativa extranjera, cuya experiencia de lectura escapa a cualquier intento de descripción. El mayor fenómeno editorial de los últimos años: un joven suizo de 27 años con un thriller monumental, literariamente adictivo.  La verdad sobre el caso Harry Quebert, descrita como un cruce de Larsson, Nabokov y Philip Roth, ha recibido el favor del público y de la crítica más exigente. Su traducción a treinta y tres idiomas la confirma como el próximo fenómeno literario global.

En 2008, Marcus Goldman, un joven escritor, visita a su mentor -Harry Quebert, autor de una aclamada novela- y descubre que éste tuvo una relación secreta con Nola Kellergan. Poco después, Harry es arrestado y acusado de asesinato al encontrarse el cadáver de Nola enterrado en su jardín. Marcus comienza a investigar y a escribir un libro sobre el caso. Mientras busca demostrar la inocencia de Harry, una trama de secretos sale a la luz. La verdad sólo llega al final de un largo, intrincado y apasionante recorrido.

Decidí leer este libro después de escuchar hablar maravillas de él a mucha gente del ámbito de Youtube, y la verdad es que ha sido todo un descubrimiento.

Lo importante no es la caída, porque la caída es inevitable, lo importante es saber levantarse. Y nos levantaremos.

Me parece que la novela va de menos a más; al principio da muchos rodeos y utiliza tal vez demasiados flashbacks, que en más de una ocasión se me han hecho algo aburridos. Proporciona demasiada información o escenas de la juventud de Marcus, cuando Harry aún era su profesor, y que se enredaban un poco.

Sin embargo, según va avanzando, se hace más interesante y consigue que no te despegues de las páginas hasta acabarlo. Al final del caso de Nola Kellergan, las cosas encajan a la perfección.

Los dramas son inevitables. En el fondo, tampoco tienen mucha importancia. Lo que cuenta es cómo conseguimos superarlos.

El caso es el que se lleva la mayor importancia del libro, y a veces deja un poco de lado las relaciones entre los personajes. Sin embargo, hay algunos personajes que tienen detalles que me han gustado mucho.

En definitiva, es un libro que me ha gustado mucho y que yo recomendaría a todo el mundo.

Noches de tormenta – Nicholas Sparks

Noches de tormenta Book Cover Noches de tormenta
Nicholas Sparks
Romántico
Roca
2006

Bajo la tempestad reencontraron el goce de vivir. A sus sesenta años, Adrienne recuerda la historia de amor que vivió quince años atrás, cuando su marido la abandonó por otra y ella decidió hacerse cargo de un pequeño hotel en un pueblo de la costa. Allí, Adrienne trabó amistad con un prestigioso cirujano que se alojó en el hotel para saldar sus cuentas con el pasado. Mientras una terrible tormenta se ceñía sobre la población, ambos compartieron un fin de semana en el que redescubrieron lo que eran sus vidas y lo que podían llegar a ser. Otra de las emocionantes historias contadas por Nicholas Sparks.

Noches de tormenta – Nicholas Sparks

Hola chicos y chicas, llevo muchísimo sin pasar por aquí y es por que gracias a Dios ya tengo trabajo 😀 😀

A falta de terminarme el libro de Grey que me quedan unas pocas páginas y que por cierto me está encantando hoy os traigo Noches de tormenta de Nicholas Sparks que me encanta y que además esta ultima semana pasada vi la pelicula en la tele.

No voy a hablar del autor por que ya lo he hecho en otras entradas y no me gusta repetir contenido, así que voy a ir al grano y tambien voy a intentar no avanzar nada ni contar demasiado por que este libro os digo desde el minuto uno que os lo recomiendo por que sé que va a gustar.

Noches de tormenta es una novela romantica que esta a la altura de todas las demas novelas de este autor que tanto me encanta, creo que Nicholas Sparks tiene un don para escribir que por lo menos a mí me engancha desde la pagina numero uno.

Con este libro me pasa igual cuenta dos historias super interesates que te mantienen en vilo desde el minuto uno, yo es un libro que recomiento encarecidamente.

Noches de tormenta entrelaza dos historias convirtiendolas en una, y quiero destacar que si hay algo que me ha gsutado mucho ha sido la cantidad de detalles sobre estas historias que nos regala su autor.

Siempre he dicho que si un libro te emociona, te conmueve, te da alegría, o te enfada, es por que es un buen libro, y este lo consigue.

Leeremos cartas de amor que nos haran mariposas en el estomago, sin duda, Noches de tormenta ha sido para mí una lectura de la que me he enamorado también.

Es una lectura fácil y sencilla y aunque estoy totalmente segura de que de haber alargado la historia ésta hubiera perdido interés, me atrevo a decir que tiene la duración perfecta para lo que es la novela en sí.

Esto es todo lo que tengo que decir de Noches de tormenta, darle mi enhorabuena al autor por que una vez más, ha conseguido enamorarme de sus páginas

Espero que paseís un buen Martes y tengais una buena semana!!

Relato: Guerra entre reinos. Capítulo 1.

Caín cabalgaba entre los árboles. Tras él escuchaba el ruido de los caballos del séquito de hombres que le seguían, que no dejaban de hablar y reír. Suspiró, irritado; aquellos patanes llevaban espantando presas toda la mañana. Parecía que la caza no era para ellos más que un entretenimiento, en lugar de un deporte.
Le pareció percibir un movimiento a su izquierda. Levantó una mano para indicar a los caballeros que guardaran silencio, levantó el arco y apuntó a los arbustos. Aguzó el oído, esperando a escuchar de nuevo el más leve sonido; incluso los caballos se habían quedado quietos, como si percibieran que pasaba algo importante. El príncipe sonrió cuando las pequeñas pezuñas de un animal rozaron la tierra. Varió ligeramente la trayectoria de su arma y disparó.
Un chillido salió de entre las hojas. El joven soltó una carcajada satisfecha y descabalgó para averiguar a qué animal había acertado. Se sintió decepcionado al descubrir que solo era una pequeña cría de jabalí, aunque era lo único que había conseguido cazar aquella jornada. El tiro había sido certero; la punta de la flecha se había clavado entre las costillas del jabalí, matándolo al instante.
Sus hombres soltaron exclamaciones de aprobación cuando sacó a la presa de entre la maraña de plantas. Caín no les hizo caso y se dispuso a meterlo en una bolsa vacía que colgaba del flanco de su caballo. El animal resopló cuando subió de nuevo a la silla.
Los nobles empezaban a amodorrarse por el calor de media mañana; a pesar de que era otoño, los días seguían siendo cálidos, aunque se podían ver nubes negras cerca de la costa. Probablemente aquella noche habría tormenta.
El joven príncipe decidió regresar al castillo de su padre; estaba hambriento, y su bolsa casi vacía hacía que su humor empeorase.

En palacio, todo era alboroto; pronto sería el cumpleaños del rey, y los sirvientes se afanaban por que todo estuviese limpio y ordenado para recibir a los monarcas de los otros Reinos. La ciudad había empezado a llenarse con coloridos puestecillos de mercaderes que aprovechaban la ocasión para intentar que sus productos atravesasen las fronteras del Oeste.
Sin embargo, ese día Aloys no parecía ser consciente de todo lo que pasaba a su alrededor. Había delegado todas las tareas en manos de su esposa y se había encerrado en la sala de reuniones con algunos miembros del consejo, o al menos eso fue lo que le contó la reina al joven cuando llegó.
Caín sintió la rabia crecer dentro de él y se retorció un tirabuzón rubio con el dedo. ¿Qué podía ser tan importante para que su padre le dejara a él, el príncipe heredero al trono, fuera de una reunión? El chico había estado presente en todas, asesorando al rey, desde que había cumplido los diez años. Su padre no tenía derecho a despachar al heredero de su trono de aquella manera.
Dejó salir el aire que había estado conteniendo. Tenía que haber una buena razón para que el monarca no hubiese esperado a su hijo; tal vez era un asunto que requería cierta urgencia, y él sería informado en cuanto fuese posible.
Sintiéndose algo mejor, subió a sus aposentos y ordenó que le preparasen un baño de agua fría y algo de comer.

Su padre le hizo llamar pocos minutos antes del almuerzo. A pesar de que la pequeña comida que le había subido un sirviente a sus habitaciones nada más llegar no había servido para saciar su hambre, decidió que eso podía esperar.
El hombre no había salido de la sala de reuniones en toda la mañana. Cuando Caín entró estaba solo, desplomado en su silla y frotándose las sienes, algo que hacía cuando sufría migrañas por el estrés. Levantó la mirada cuando le escuchó llegar y le hizo un gesto para que se sentara a su derecha.
Ambos se parecían bastante; rostro estrecho, nariz larga, pelo rubio rizado y ojos verdes. Sin embargo, la constitución de Caín era más delgada, heredada de la familia de su madre, y llevaba el cabello cortado según la moda, a la altura de los hombros.
Se acomodó en su silla; sabía por experiencia que no debía preguntar a su padre para que le contase algo, así que se quedó en silencio hasta que, minutos más tarde, el rey habló.
─El rey Magnus ha muerto.
Caín alzó una ceja, ligeramente sorprendido. La última vez que había visto al monarca del Este, cuando había visitado su reino para el torneo anual que celebraban al inicio de la primavera, le había parecido que Magnus estaba tan sano como siempre. Sin embargo, la salud de un hombre podía deteriorarse mucho en muy poco tiempo. Corrían rumores de que había estado enfermo, pero no sabía hasta qué punto eran ciertos.
Suspiró. ¿Era solamente eso lo que había llamado la atención de su padre? Caín guardó silencio, decepcionado.
─Por supuesto, esa noticia no es tan grave como para convocar una reunión ─continuó Aloys, adivinando los pensamientos de su hijo─. Lo que me preocupa es que Magnus no dejó designado ningún heredero antes de morir.
El joven giró bruscamente la cabeza para mirar a su padre. En el Reino del Oeste, si un rey moría el trono pasaba inmediatamente a su hijo. Sin embargo, en el Este se seguía una política muy distinta: si el rey no designaba a su heredero, se producía una especie de juego social entre sus familiares más próximos e incluso nobles y consejeros cercanos a él para ver quién ocupaba el trono. Al menos esa era la teoría.
La gente del Este no tenía fama de conseguir sus objetivos mediante la diplomacia, sino mediante rencillas tan fuertes que podían llegar a desembocar en una guerra. Caín hizo una lista rápida de los que podían querer ese trono, y de pronto se le heló la sangre.
─Tú no… no irás a…
Su padre era primo lejano del rey del Este, y según su política podía presentar su candidatura al trono.
─Primero hay que evaluar la situación, hijo. No sé si quiera si podré luchar contra los otros candidatos al trono. Ahora, puedes irte.
El príncipe se levantó lentamente, le hizo una breve reverencia a su padre y se dirigió al comedor. Era cierto que quizás su padre no podría presentar argumentos convincentes a su favor. Pero Caín le conocía lo suficiente para saber que lo iba a intentar.

Aloys se quedó sentado en la sala de reuniones, mirando a la pared que tenía frente a él. La pregunta de Caín llevaba dando vueltas a su mente desde que un mensajero le había llevado la noticia a primera hora de la mañana. Pensó detenidamente. ¿Realmente merecía la pena hacerlo? Algunos de sus consejeros habían sugerido descartar a Luka, el hijo adolescente del rey, Pero él seguía teniéndole en cuenta. Al fin y al cabo, había sido instruido desde niño en política y economía, al igual que Caín. Y, por lo que había visto en los torneos, era bastante despiadado a pesar de su corta edad, además de muy diestro con las armas.
Evaluó al resto de posibles candidatos al trono. Por un lado estaba Alvar, el hermano menor de Magnus. Aloys le conocía de alguna de sus anteriores visitas al Reino del Este, pero tampoco habían tenido mucha relación; Alvar era el típico niño que no llamaba la atención de nadie mientras su hermano se dedicaba a la caza, asistir a fiestas y a asesorar a su padre en política. A pesar de que de niño Alvar solía pasar el tiempo leyendo o vagando por el castillo, él había podido advertir en él un cierto atisbo de odio hacia Magnus. El rey se preguntó si sería un verdadero rival para él. Probablemente sí; el rencor y la envidia podían hacer muchas cosas.
Y el último posible aspirante al trono era Durán. A Aloys no se le ocurría otra palabra que narcisismo cada vez que pensaba en el primo del rey. Las costumbres del hombre se basaban en comida, fiesta y mujeres; el monarca no tenía constancia de que alguna vez se hubiese interesado mínimamente por la política.
Repasó de nuevo las cualidades de cada uno de los tres hombres. La verdad era que ninguno le gustaba demasiado para el trono y se preguntó, no por primera vez en aquél día, si él era alguien como para meterse en la política de otro Reino.

El día había sido agotador. Las preparaciones de los festejos para su cumpleaños estaban llevando más tiempo del esperado, y además había tenido que lidiar con todo el asunto de la muerte de Magnus. En cuanto se había enterado de la noticia, se había apresurado a enviar sendas misivas a Alvar y a Luka para darles su pésame y preguntarles si debía seguir contando con su presencia. En ese momento se sentía arrogante por haberles planteado ese asunto en un momento tan delicado. Se preguntó si ellos también le habrían valorado como un posible candidato al trono y qué pensarían de ello.
Suspiró e hizo leves círculos con los hombros agarrotados; estaba exhausto. Se alegraba de poder retirarse por fin a sus aposentos. Fuera se había hecho de noche, y había empezado a llover.
Subió lentamente por las escaleras de piedra del vestíbulo. Sabía de palacios que habían recubierto sus suelos con madera barnizada, pero la madera era demasiado cara y a él no le gustaban las frivolidades. La decoración de los pasillos, también de piedra, se reducía a varios cuadros con los rostros de sus antepasados y algún que otro tapiz. Aloys los fue examinando mientras recorría el trecho que le separaba de su habitación, al fondo de la segunda planta. Justo en frente de su puerta, el retrato de un hombre de ojos duros clavaba su mirada en la pared que tenía delante.
El rey temía encontrarse con aquel rostro, por lo que todas las mañanas fingía no verlo cada vez que salía de su habitación. La verdad, no sabía por qué había acabado cediendo a la sugerencia de su esposa de colgar el retrato de su difunto padre tan cerca de él.
Aloys siempre se había sentido ligeramente intimidado por la figura del anterior rey, que le había tratado como a un consejero más en vez de como a un hijo. Siempre había vivido con el miedo a decepcionarle.
El monarca suspiró y entró en sus amplios aposentos. Como todos los días, Cateline dormía arropada hasta la barbilla. Probablemente le había esperado despierta hasta que el sueño pudo con ella. Él sonrió; a pesar de que muchos veían a la soberana como una mujer fría y distante, muy pocos sabían ver su buen corazón. Su pelo castaño, casi pelirrojo, se desplegaba como un abanico sobre la almohada. La reina parecía mucho más joven mientras dormía, decidió. No mostraba ningún signo del estrés y la preocupación que había ido adquiriendo desde que se hiciera reina. Aloys besó a su mujer en la frente y procedió a ponerse su ropa de dormir en el mayor silencio que pudo, esperando que el día siguiente fuese más llevadero que ese.

Tenía miedo. Aquella tormenta era la primera del otoño, y el agua caía con fuerza. El viento hacía crujir las contraventanas de madera oscura, y cada pocos minutos podía escuchar el sonido de un trueno. Guzmán se acurrucó en la cama, temblando.
Intentó serenarse. Los niños mayores, sobre todo en la familia real, no tenían miedo de las tormentas. Incluso había encerrado dentro del armario a Poppy, su conejito de trapo, para demostrar que no lo necesitaba. Y había sido capaz de resistir la tentación de llamar a la puerta de Caín para que le hiciera un hueco en su cama, lo que significaba que ya era un hombre. Sin embargo, no era capaz de dormir.
Dio un brinco cuando escuchó otro trueno y salió corriendo de la cama en dirección al armario. Giró la llave con manos temblorosas y sacó a Poppy de entre las prendas de ropa, para después cerrarlo de un portazo, regresar rápidamente a su cama y acurrucarse bajo el edredón, metiendo incluso la cabeza bajo él. Abrazó a Poppy, sintiéndose algo mejor, y poco a poco se fue quedando dormido.

A la mañana siguiente, el cielo amaneció de un deprimente color gris plomizo. La lluvia de la noche anterior se había quedado condensada en las pequeñas gotas que se habían quedado en la hierba de alrededor del castillo y en la humedad que impregnaba el aire.
Guzmán se vistió con prendas de ropa sencillas. Sabía que su madre le obligaría a cambiarse en cuanto le viera, pero no le gustaban los bordados de oro y cuentas y las ropas estrechas e incómodas que ella solía escoger para él.
Recorrió perezosamente el pasillo, frotándose los ojos. A pesar de haberse quedado más tranquilo con la presencia de su muñeco, se había despertado un par de veces en mitad de la noche por el ruido de los truenos, y le había costado conciliar el sueño de nuevo.
Intentaba ahogar un bostezo cuando se chocó con una figura más grande que él al inicio de las escaleras. Levantó la mirada para encontrarse con Caín.
Había dos medias lunas moradas bajo los ojos de su hermano.
─¿Tú tampoco has dormido? ¿Qué, te dio miedo la tormenta? ─dijo Caín, sonriendo, mientras pasaba un brazo por sus hombros y bajaban juntos los peldaños.
─No me dan miedo las tormentas ─dijo él, poniéndose derecho.
─No te preocupes; a mí a los ocho años me daba miedo subirme a un caballo.
El niño intentó imaginarse a su hermano con su edad, llorando cada vez que su padre le alzase para subirle a un caballo, pero no lo consiguió; Caín parecía estar hecho para cabalgar.
─¿Y tú por qué no has dormido? ─preguntó cuando llegaban al vestíbulo.
La mayoría de los sirvientes ya estaban despiertos y se afanaban con sus tareas. En los últimos días había habido un bullicio inusual, y a Guzmán le gustaba toda aquella actividad; le permitía escaparse del castillo para investigar sin que sus padres se diesen cuenta.
─Ayer tuve un día difícil; estuve dándole vueltas a mis asuntos toda la noche.
El niño tenía la sensación de que los asuntos de Caín tenían que ver con política, pero no preguntó; de todas maneras, a él nunca le metían en esas cosas, y agradecía que no lo hicieran.

Tras el desayuno y las aburridas lecciones de historia, geografía y economía, Guzmán salió corriendo al jardín del castillo con un libro en la mano. A pesar de que el fuerte viento corría entre los árboles, el niño se sentó en uno de sus bancos favoritos, oculto tras unos setos, y continuó con su relato de aventuras.
Su padre desaprobaba que leyese esos libros; opinaba que emplearía mejor su tiempo versándose sobre política u otras materias que él consideraba relevantes.
Sin embargo, como él no era el heredero al trono, la gente no le aplicaba las normas tan rígidamente como lo hacían con Caín, así que nada le impedía escalar árboles e investigar en el bosque mientras su hermano estudiaba y asistía a reuniones.
Se sumergió entre las páginas del libro hasta que su estómago comenzó a hacer ruido.

No le sorprendió ver a su madre sola en el comedor. Muchos días las reuniones de su padre se alargaban demasiado, y Caín y él ordenaban que alguien les llevase allí la comida.
─Buenos días, madre ─dijo, sentándose frente a ella. Era la primera vez que la veía en todo el día, ya que su madre había tomado un desayuno temprano y había continuado organizando el cumpleaños de su esposo.
La reina le miró, examinando sus ropas, pero increíblemente no dijo nada. Parecía preocupada.
─¿Qué tal tus lecciones de hoy? ─preguntó distraídamente antes de que Guzmán pudiese abrir la boca para preguntar.
Él se metió una cucharada de estofado a la boca y masticó despacio. No le apetecía hablar de sus lecciones, pero su madre le solía reprender cada vez que hablaba de sus aventuras; siempre le decía que algún día terminaría por romperse el cuello bajando de un tejado, o algo por el estilo.
─No han ido mal ─dijo, y comentó algunas cosas que había aprendido mientras su madre asentía. Guzmán dudaba de que realmente le estuviera escuchando, así que comió rápido y subió a sus habitaciones.

Por las tardes, solía compartir lecciones de equitación o de tiro con arco con Caín. Esa era una de las cosas que más disfrutaba en el día. Los demás niños de su edad que había en la corte le trataban con demasiado respeto, y no dejaban de hacer comentarios sobre lo perfecto que era todo lo que hacía. Su hermano era el único que se atrevía a señalarle lo que hacía mal.
Cuando llegó a la explanada donde daba sus lecciones, cerca de las caballerizas, ya había gente que trotaba en círculos con sus caballos. Algunos hijos de nobles, sobre todo los de los consejeros que vivían en palacio, solían unirse a las lecciones. Muchas veces les organizaban según su estatura o su fuerza para manejar espadas o algún otro tipo de armas. Él solía estar con chicos algo mayores que él; había aprendido a montar a caballo casi al mismo tiempo que a andar, y ya era capaz de manejar incluso a los más grandes. Además, había recibido su primer arma de juguete a los dos años.
Suspirando, Guzmán ordenó que le ensillaran un caballo y esperó.

Cateline estaba extremadamente preocupada. Aloys le había contado lo de la muerte de Magnus el día anterior, y le daba miedo lo que su esposo pudiera hacer. Su Reino ya era lo bastante próspero sin necesidad de ocupar otro, y no quería mandar a su marido y a su hijo a una guerra que no solucionaría nada y que podía terminar trágicamente. Había hecho prometer a Aloys que por nada del mundo reclamaría el trono del Este y, aunque él lo había jurado, ella había visto una pequeña chispa de duda en sus ojos.
Incluso había intentado escuchar detrás de la puerta de la sala de reuniones, pero era demasiado gruesa como para oír nada. ¿Cómo les afectaría todo aquello? ¿Estaba preocupándose por nada?
Durante toda la mañana había estado distraída; apenas se había sentido con fuerzas para dirigir los preparativos para el cumpleaños de su marido, así que se había sentado en una silla del salón de banquetes a mirar el atareado ir y venir de los sirvientes.
Después del almuerzo, había optado por darles un descanso y unirse a las mujeres de la corte. Hacía un tiempo poco propicio para uno de sus paseos, así que se reunieron en el salón de té para bordar y comentar las últimas habladurías. Antes, Cateline solía estar enterada de todos los chismes de la corte, pero desde que se había casado y había tenido a sus hijos, esos temas habían dejado de interesarle. Sin embargo, ese día necesitaba distraerse.

Para la hora de la cena, volvía a llover torrencialmente. Definitivamente, había empezado el otoño.
Cuando Cateline vio llegar a sus hijos de sus lecciones de lucha, empapados hasta los huesos, les ordenó rápidamente que subieran a sus habitaciones a cambiarse; ambos eran bastante propensos a los resfriados. Guzmán temblaba, y la mujer dudaba que fuese solo por el frío. Aunque no era un niño miedoso, las tormentas siempre habían sido superiores a él.
La cena transcurrió en una conversación algo tensa; se notaba que Caín también estaba preocupado por su padre, y Guzmán miraba a ambos hombres como si también sospechase que podía ocurrir algo de un momento a otro. La reina les mandó pronto a la cama para poder hablar a solas con Aloys, y ellos obedecieron aunque a regañadientes. También echó del comedor a todos los sirvientes.
─Están preocupados. No hagas ninguna locura, por favor. Hazlo por ellos.
El rey se levantó y sonrió. La besó en la cabeza y después abandonó la sala.
Un escalofrío recorrió la espalda de Cateline; el que Aloys no hubiese dicho nada era peligroso. Puede que significara que había decidido reclamar ese trono. Y ella sabía que, en el Este, aquella situación solo tenía una solución: la guerra.

El tiempo entre costuras – Maria Dueñas

El tiempo entre costuras Book Cover El tiempo entre costuras
Maria Dueñas
Historica - Romantica
Temas de hoy
2009
ebook
640

La joven modista Sira Quiroga abandona Madrid en los meses convulsos previos al alzamiento arrastrada por el amor des­bocado hacia un hombre a quien apenas conoce. Juntos se instalan en Tánger, una ciudad mundana, exótica y vibrante en la que todo lo impensable puede hacerse realidad. Incluso la traición y el abandono de la persona en quien ha depositado toda su confianza. El tiempo entre costuras es una aventu­ra apasionante en la que los talleres de alta costura, el glamour de los grandes hoteles, las conspiraciones políticas y las oscuras misiones de los servicios secre­tos se funden con la lealtad hacia aque­llos a quienes queremos y con el poder irrefrenable del amor.
Una novela femenina que tiene todos los ingredientes del género: el creci­ miento personal de una mujer, una historia de amor que recuerda a Casablanca… Nos acerca a la época colonial espa­ ñola. Varios críticos literarios han destacado el hecho de que mientras en Francia o en Gran Bretaña existía una gran tradición de literatura colo­ nial (Malraux, Foster, Kippling...), en España apenas se ha sacado prove­ cho de la aventura africana. Un home­ naje a los hombres y mujeres que vivieron allí. Además la autora nos aproxima a un personaje real desconocido para el gran público: Juan Luis Beigbeder, el primer ministro de Exteriores del gobierno de Franco

Buenos días!!!! cuantísimo tiempo chicos y chicas! entre las vacaciones y el trabajo me queda súper poco tiempo libre, y aunque si que es verdad que leo todas y cada una de las noches, lo que me cuesta es encontrar hueco para reseñar!!

Hoy os traigo la reseña de el tiempo entre costuras de Maria Dueñas, que ha sido un libro que llevaba tiempo con ganas de leerme y me ha gustado bastante.

Me tiraba para atrás de empezar con este libro que lo veía muy largo pero la historia me ha enganchado enseguida y la verdad que me ha gustado bastante, ahora quiero ver la mini serie que hicieron que todo el mundo me ha hablado muy bien de ella.

Es un libro que te engancha pagina a pagina, la autora te engancha y te mantiene capitulo tras capitulo con esa “tensión” sin dejarte caer en la monotonía, los capítulos están cargados de sucesos que hacen que no te aburras ni un solo instante.

705Mi personaje favorito a sido Sira, impredecible, empezó como la niña inocente que trabajaba con su madre, pero poco a poco va evolucionando y transformándose en un personaje totalmente impredecible que da giros a la trama cuando menos lo esperas.

Sira, al principio del libro parece que tiene el destino escrito hasta que conoce a Ramiro, y todos sus planes se van al garete, con su novio tenia un buen futuro asegurado pero ella decide tomar otro camino diferente sin miedo, muy lanzada, y sobretodo demasiado confiada, lo que eso supuso un punto en su contra.

Lo que más me gusta del libro es que al narrarlo en la mayor parte Sira, conocemos sus pensamientos minuto a minuto quizás ha sido eso lo que ha hecho que fuera mi personaje favorito.

A todo esto tenemos que sumarle la situación politíca de la época, España al borde de la guerra, quiero resaltar el gran trabajo de documentación que ha hecho Maria Dueñas con esta obra por que personajes como Rosalinda Fox o Beigbeder existieron de verdad, es esto precisamente lo que hace que la novela tenga mas sentido y sea más real.

Así que, como conclusión final, es una novela que yo recomiendo encarecidamente, por aquí os dejo mi nota!

Tengo muchas ganas ver la serie por que lo que he leído y oído acerca de ella me gusta, supongo que es cuestión de tiempo que la empiece a ver!

Esto es todo por hoy, espero que la reseña os haya gustado y que paseis un buen Martes!!

Un abrazo fuerte! Nos leemos!!

El juramento de Isabel – C.W. Gortner

El juramento de Isabel Book Cover El juramento de Isabel
C.W.Gortner
Novela Historica
ebook
600

Isabel de Castilla fue la reina guerrera que culminó la Reconquista y favoreció el viaje a Cristóbal Colón a América, pero poco sabemos de sus primeros años, del aislamiento de su infancia junto a una madre mentalmente inestable, o de cómo desde muy joven se vio obligada a vivir en la corte de su hermanastro, donde los nobles se disputaban el favor del excéntrico rey mientras su envidiosa esposa planeaba destruir a todos sus rivales, entre ellos Isabel y su hermano menor, Alfonso.
Isabel será retenida contra su voluntad, sospechosa de traición durante una revuelta contra el rey, y su decisión de casarse con Fernando de Aragón –del que queda prendada nada más conocerlo, alumbrando una historia de amor que durará toda su vida– conmociona a buena parte de la nobleza castellana. Estos hechos serán determinantes para que emerja como la nueva heredera de Castilla, embarcándose en una cruenta lucha por un trono que nunca antes había deseado.

El juramento de Isabel – C.W. Gortner

Buenos días chicos y chicas de vayaebook, después de unas largas vacaciones en las que me he hinchado a leer, vuelvo cargada de reseñas…

Que bonito es el verano leñe, con tiempo libre en el que disfrutar de nuestras aficiones…

Antes de empezar con el libro voy a hablaros un poco del autor para que podáis conocerlo más

C.W.GortnerC.W._Gortner

No voy a entretenerme mucho hablando del autor por que tengo ganas de empezar con la reseña lo que si os digo que es un autor americano, lo que me impacto cuando busqué información de él, ya que ha escrito varias novelas sobre la historia de España,  y que básicamente escribe novelas históricas.

Hoy voy a hablaros de un libro que me ha encantado y enamorado desde el primer momento que lo abrí, y a la vez me ha sorprendido por que no me imagine ni por un momento que una novela histórica me fuera a enganchar tanto.

Se trata de “el juramento de Isabel” y cuenta la historia de los reyes católicos de España, la historia entera, desde que Isabel es pequeña.

Todo visto desde un punto de vista infantil al principio que va evolucionando según cumple años y nos muestra lo que perfectamente puede ser la vida en la realeza.

Para contarnos esta historia el autor, se ha documentado muchísimo, y al final del libro nos muestra una amplia bibliografía, así como también nos hace recomendaciones de lectura que no dudaré en hacer, por que si este libro me ha encantado, los demás creo que van a estar a la altura de sobra.

En cuanto a “El juramento de Isabel” está narrado en primera persona y en pasado, y nos cuenta todo lo que ha venido siendo la vida de la reina, su lado más humano y su manera de gobernar, sus primeros pasos en el amor, y sus experiencias como madre, con sus preocupaciones y alegrías.

Creo que escribir una novela como esta tiene mucho merito por que tienes que hacer dos cosas, la primera documentarte, y la segunda suponer, es mucho suponer, por que la historia te cuenta hechos, pero lo que pueden ser 24 horas en la realeza tienes que suponerlo y construir una historia que tenga sentido.

De este libro me han gustado tantas cosas que podría hacer una reseña infinita, y como tampoco quiero excederme demasiado, diré que si el amor de Isabel y Fernando era tan puro, me ha encantado, me he enamorado de esa historia de amor, de ese “tanto monta, monta tanto” de ese amor que hacia que todo juntos pudieran.

Y en cuanto a los personajes, Isabel me ha encantado, en el libro se refleja a una mujer guerrera y valiente, que ha luchado por sus ideales.

Como conclusión decir que ha sido un libro que no me cabe la menor duda que me volveré a leer, yo personalmente os lo recomiendo muchísimo por que creo que os va a encantar.

Esto es todo por hoy!!

Que paseis un buen sábado!

 

Relato: Cuesta abajo sin frenos. Capítulo 1.

-Señor Collins, anúdese bien esa corbata. Bratton, deje de asustar a los alumnos de séptimo. ¡Por favor, señorita Moore, bájese un poco la falda!

Me parece increíble que esta mujer tenga tanta energía a primera hora de la mañana de un lunes, y más siendo el primer día del curso.

Pero ahí está la directora, correteando entre los alumnos con su traje gris marengo, repartiendo horarios y recordando constantemente las normas, como si la vuelta al trabajo no la hubiese afectado. Me pregunto si dejará de trabajar alguna vez; casi me la imagino en la playa, con uno de esos bañadores que se llevaban hace sesenta años a juego con su sombrero y pensando únicamente en cuadrar horarios.

Camino por el pasillo del instituto hacia mi taquilla; la visión del mismo suelo de madera de todos los años, de las puertas cerradas de las aulas y de la gente de siempre hace que crezcan las ganas que tengo de marcharme a la universidad, o simplemente de abandonar los estudios dos años antes de lo normal. Me pregunto qué diría mamá de mí si supiera lo que acabo de pensar. Quizás me llevaría a un internado de monjas, o me obligaría a vivir en el sótano.

Reprimo un bostezo; anoche apenas dormí debido al estrés que siempre me provoca el primer día de curso. Mi reloj dice que quedan diez minutos para que empiecen las clases; no me da tiempo a ir hasta la cafetería a por algo que me espabile, y las máquinas expendedoras están llenas de niños de séptimo.

Abro mi taquilla y dejo los libros que no necesito. Apenas me ha dado tiempo a cerrarla cuando alguien me tapa los ojos por detrás.

-¡Ann! -.digo, reconociendo las manos pequeñas y delgadas de mi amiga.

Nos abrazamos en medio del pasillo, sin importarnos que todos los estudiantes nos estén mirando; no la he visto en todo el mes de agosto, desde que su madre la obligó a ir a la casa de campo de su abuela con sus estúpidos primos de Arizona. Supongo que debió ser horrible pasar un mes entero cuidando caballos y sirviendo mesas en el camping de su abuelo.

Mi verano ha sido algo mejor, aunque mamá se haya empeñado en revisar la lista de universidades y de carreras a las que puedo tener acceso. También ha dejado caer lo estupendo que sería que me concedieran una beca por sacar matrícula en los dos últimos años de instituto. Odio que me presionen.

Inmediatamente, Ann empieza a hablar.  Después de ponernos al día sobre el mes en que mi amiga ha estado sin cobertura, no podemos evitar entregarnos a nuestra actividad favorita: cotillear.

Mientras nos dirigimos a nuestra primera clase, matemáticas avanzadas, criticamos lo gorda que se ha puesto Alison Flynn durante el verano, el maquillaje naranja de Lindsay McConnor y el chaleco de rombos y las gafitas de Jamie Doe.

Es reconfortante volver a ver a Ann.

 

-¡Ey, preciosa!

Dan me pasa un brazo por los hombros y me da un beso en la sien. Estamos en el tiempo de descanso después de la segunda hora, y Ann y yo ocupamos nuestro sitio de costumbre: uno de los pocos bancos en los que da el sol en el patio.

Dan lleva los pantalones grises con el dobladillo remangado, y ha sustituido la horrorosa americana verde oscuro del uniforme por la sudadera del equipo de hockey del instituto. En ella se pueden leer las iniciales EHS (Elton High School), y lleva el número 3 impreso en la espalda, debajo de su apellido. Me gusta ese número; es el día en el que empezamos a salir.

Algunas chicas le miran de reojo, y con razón. Dan llama la atención con su estatura, su brillante pelo negro y sus ojos azules; sin embargo, él no parece darse cuenta de que es guapo. Es el típico chico deportista, con buenas calificaciones, que siempre se muestra amable… y mi novio.

Le beso brevemente en los labios y le pregunto por su verano, aunque no me hace falta; él se encarga de llamarme todas las noches para hablarme de su día.

Se disculpa cuando el entrenador Palme le llama, pero me acaricia el pelo antes de irse y me recuerda que me lleva él a casa.

Me quedo mirando su espalda cuando algo me distrae: Katelin, y su inseparable Jeremy, me miran fijamente y cuchichean entre ellos.

 

Odio a Katelin desde que tengo memoria. Somos de la misma zona de la ciudad, y desde pequeñas nos hemos llevado mal.

Mucha gente dice que no es más que una pelea entre dos chicas guapas y populares, pero es algo más que eso. Es como si fuese una competición para ver quién obtiene más méritos.

De niñas, me robaba los juguetes, me tiraba arena en los ojos o me robaba la merienda para luego sentarse a comerla en mi columpio favorito.

Ella saboteó mi proyecto final de química en noveno; ver su cara cuando el señor Harrison la descubrió fue uno de los mejores momentos de mi vida.

También trató de manipular las elecciones a la presidencia de la clase el año pasado para que yo no resultara elegida. No solo no tuvo éxito sino que, como venganza, sirvió como objeto de uno de mis experimentos en una de las horas de laboratorio. Ella se tuvo que marchar a casa cubierta de una espesa pasta marrón que olía a huevos podridos y a mí nunca me descubrieron.

Así ha sido siempre. Y me temo que va a continuar así.

 

Por fin suena la campana; no podía aguantar dentro de un aula ni un minuto más. Todos los profesores no han hecho más que repetirnos el mismo sermón: que este año la nota media empieza a contar, que tenemos que ponernos las pilas y que bla, bla, bla. Como si no lo supiéramos. Casi me recuerdan a mamá. Casi.

Me cargo la mochila al hombro y camino por el pasillo. Saludo con la cabeza algunas personas que no he visto desde que terminó el curso pasado.

-¡Ey, Ed! -.grita una voz a mi espalda.

Me detengo y hago rechinar los dientes, aún sin darme la vuelta; odio que la gente abrevie mi nombre. Ed suena demasiado a chico.

Me giro y veo a uno de los miembros del consejo estudiantil dirigiéndose hacia mí.

-Hola, Edith -.dice Mikel.- El presidente me ha pedido que te de estos papeles.

-De acuerdo -.digo, tratando de sonreír.- Gracias, Mike.

El chico rubio se sube las gafas, se despide con una inclinación de cabeza y se aleja.

Suspiro; primer día de clase y ya me están acosando los del consejo. Me extraña que los del anuario aún no hayan dicho nada.

Ser la chica más perfecta del Elton High School implica compaginar cuantas actividades extraescolares se pueda: el consejo, el anuario, la orquesta, las animadoras, las obras de teatro… Eso sin olvidarse del deporte. Ni de que tengo que obtener unas calificaciones perfectas. Me paso la mano por el pelo con agobio.

Cojo de la taquilla todos los libros que necesito, me despido de Ann y me dirijo al gimnasio.

 

Alguien ha colocado las largas barras de madera a lo largo de la habitación, así como un potro pequeño.

Me contemplo en los espejos de cuerpo entero que cubren la pared del fondo: pelo castaño recogido en un moño alto, ojos verdes, nariz pequeña y cubierta de pecas.

Las mallas de gimnasia se ajustan a mi cuerpo resaltando mi falta de pecho y mis estrechas caderas. A veces desearía tener el cuerpo de Ann que, aunque es una cabeza más baja que yo, tiene más curvas.

La señora McMillan nos da el mismo discurso de todos los años, que he logrado aprenderme de memoria. Es cierto que la gimnasia es un deporte exigente, pero yo creo que solo intenta asustarnos.

No veo por qué nos hacen ponernos a entrenar el primer día, incluso antes de que se hagan las pruebas; somos de los mejores, y se supone que no debemos tener problemas para ganar el campeonato estatal y clasificarnos en el nacional. El estatal lo hemos ganado cinco veces; el nacional, tres. Sin embargo, la señora McMillan dice que este año el resto de equipos son muy buenos, que nos pueden dar problemas. Lo mismo de todos los años.

Entorno los ojos y me miro con más detenimiento. ¿Eso que tengo en las caderas son cartucheras? Paso discretamente una mano por mis caderas, pero solo noto el hueso, ligeramente prominente. Suspiro.

Me ajusto una tira de la zapatilla y me uno a la fila de gente que empieza a calentar.

Alejandría. Capítulo 4.

Salieron de allí antes de que la mayoría de la gente se hubiese despertado; sólo había unos cuantos niños y algunos padres levantados cuando cogieron la furgoneta de Erik, un tremendo cacharro de color verde esmeralda con la chapa abollada. Por lo menos el motor estaba nuevo y no hacía ruido, así que Alejandría podría dormir un rato; estaba agotada, como si el frío, la música y las voces de la noche anterior se le hubiesen metido hasta los huesos.

Dejó que Tane se sentara en el asiento del copiloto y se tumbó en el de atrás, tapándose con la chaqueta de Erik y con su mochila a modo de almohada. Suspiró, encantada; aquel asiento le había servido de cama más veces de las que podía recordar, y la furgoneta se sentía más como su casa que en cualquiera de los sitios en los que hubiese vivido.

Ni siquiera se había molestado en preguntar a dónde exactamente se estaban dirigiendo; no importaba demasiado, solo sabía que no tendría que realizar sola aquella misión. Aunque había pasado muchos años rehusando hacer amigos, nunca estaba de más algo de compañía y de ayuda en el trabajo.

 

Alejandría despertó cuando dejó de notar la vibración del motor debajo de ella. Se frotó los ojos y se incorporó, con la cabeza embotada por el sueño. El forro de borreguillo de la chaqueta de Erik seguía cubriéndola, cosa que agradeció; habían quitado la calefacción de la furgoneta, y fuera tenía pinta de hacer un frío terrible. La lluvia había dado una tregua, pero se había instalado una niebla baja y pegajosa.

La joven metió los brazos en las mangas de la cazadora, demasiado grande para ella, y se apeó del coche; habían parado en un área de servicio junto a una gasolinera, y el olor del combustible flotaba en el aire. Ninguno de sus amigos estaba a la vista.

Muerta de frío, caminó hacia el área de servicio. No le gustaba nada esa niebla; era tan densa que apenas le dejaba ver, y hacía que el ambiente se enrareciera. Al menos, quería pensar que esa incomodidad se debía al mal tiempo.

Dentro de la sala hacía un calor agradable; había varios radiadores dispersos por las paredes, y salía humo de la cocina. A Alejandría no le importaba salir de allí oliendo a la fritanga de los bocadillos con tal de que pudiera quedarse un rato disfrutando de ello.

Recorrió el establecimiento con la mirada hasta que encontró a sus amigos, apoyados en la barra, cogiendo una bolsa con comida para los tres. Se encaminaba directa hacia ellos cuando notó algo raro. Una presencia, y un olor tenue a algo dulzón.

Más joven, había aprendido que toda magia tenía un aura. Algunos la describían como un halo de colores intensos, otros como una música tenue y otros, como ella, la asociaban con el olor. Acostumbrada como estaba a la magia negra, jamás se había parado a percibir su olor, pero si alguien le hubiese preguntado habría dicho que olía a humo o a cenizas. Sin embargo, por debajo del olor del beicon y las patatas fritas, olía a jazmín y a lilas.

Se detuvo en medio de la sala, recibiendo el empujón de una adolescente con mala leche, aunque apenas se dio cuenta. Giró lentamente sobre sí misma, temiendo lo que fuera a encontrarse. Abrió mucho los ojos; sentado en la última mesa, lejos de ella, estaba el mismo chico que había visto en la discoteca, un par de días atrás. La miraba fijamente, y descubrió que tenía los ojos negros. A su lado, había una chica menuda y preciosa, con el pelo rubio recogido en dos trenzas hasta la cintura. También la miraba.

Era como si quisieran decirle algo, pero no pudieran acercarse a ella. Intentó tranquilizarse; desde lejos era bastante difícil descifrar sus expresiones, así que no podía jurar que la estuviesen mirando a ella.

Ambos despedían el mismo aura y, aunque no quería aventurar, parecía que ella llevaba una funda para un arma sujeta a la axila. La joven sintió que se le cortaba el aliento.

Se volvió rápidamente hacia sus amigos, pretendiendo advertirles, pero no le salían las palabras; abrió y cerró la boca varias veces, pero el aire parecía no querer salir. Erik se dio la vuelta para mirarla y ella, a su vez, se volvió para mirar al otro chico, al ángel o lo que fuera aquello. Pero allí no había nadie.

 

Habían vuelto a la furgoneta hacía media hora. Erik, que ahora se encontraba en el asiento del copiloto, le había tendido su bocadillo de tortilla, su favorito, pero no había sido capaz de dar más que un par de mordiscos. Estaba demasiado nerviosa, y el hecho de que sus amigos no hubiesen pronunciado palabra tampoco ayudaba. Se tenían que haber dado cuenta de que algo andaba mal. ¿Por qué no decían nada?

En algún momento, empezó a escuchar gruesas gotas de lluvia sobre el techo de la camioneta. Durante diez minutos más, solo se escuchó el ruido del agua y el chirrido del limpiaparabrisas.

De repente, Tane metió el acelerador hasta el fondo.

─Mierda.

Alejandría se dio la vuelta; al principio, no pensó que sucediera nada extraño. Al cabo de unos segundos, sin embargo, comprendió la razón del repentino acelerón de Tane. Un pequeño coche de color gris plateado les seguía por la autopista, esquivando a los coches y acortando más y más la distancia. La joven lo recordaba por haberlo visto aparcado a la puerta del área de servicio. Una parte de ella deseaba que fuesen imaginaciones suyas, pero no había lugar a equívoco; incluso tenía las mismas llantas de color rosa fucsia en las ruedas.

─Están más cerca ─dijo entre dientes, y Tane aceleró de nuevo, llevándose a cambio unos cuantos pitidos de protesta de los otros conductores.

La lluvia arreciaba, pero la furgoneta verde avanzaba como en un día de verano y como si la autopista estuviese vacía.

Alejandría cerró los ojos, intentando no pensar en que podían matarse en cualquier momento; su amigo había conducido en situaciones peores. Aun así, comprobó que su cinturón de seguridad estaba bien abrochado.

Aunque tardaron un par de horas, acabaron perdiendo de vista al coche gris de llantas rosas.

 

Para cuando llegaron a su destino estaba diluviando, tanto que Alejandría apenas podía ver a unos pocos metros de distancia.

Los jóvenes se apresuraron a salir del vehículo y se refugiaron de la lluvia en el porche de la casa rural donde habían reservado. El interior del lugar, aunque pequeño, resultaba cálido y acogedor.

Los tres chicos estaban empapados, agotados y tensos como un alambre, pero habían conseguido llegar perfectamente a su destino.

Erik se encargó de dar sus nombres a una encantadora mujer con un acento gallego tan pronunciado que Alejandría tuvo que contener una risilla. Cogió la llave que le tendía su amigo y consultó el número grabado en el llavero de madera: 307.

Encabezó la marcha por las escaleras de madera, arrastrando su mochila, y se metió en el baño nada más cerrar la puerta de su habitación por dentro.

El agua le ayudaba a despejarse y a entrar en calor, así que se quedó unos cuantos minutos debajo del chorro caliente. Era una bendición estar allí, en la ducha, sin saber qué hora era y sin pensar en nada más que en las gotitas que le abrasaban la piel.

 

No sabía cuánto tiempo llevaba Tane llamando a su puerta, pero cuando abrió, en pijama y aún con la toalla enrollada en la cabeza, parecía bastante cabreado. El chico la miró de arriba abajo; Erik estaba detrás de él con mirada compungida, como si quisiera pedirle perdón por la conducta de su amigo.

─¿Cómo se te ocurre cerrar la puerta sin dejar ninguna protección?

La joven sintió cómo enrojecía hasta la raíz del pelo. Aunque no le gustase reconocerlo, Tane tenía razón; debería haber sido más cuidadosa y sellar la puerta con magia, más aún sabiendo que alguien les estaba siguiendo.

─Saldremos de aquí en tres minutos.

Alejandría le cerró la puerta en las narices con un bufido, en parte abochornada y en parte porque no le apetecía recibir más reprimendas ni malas contestaciones. Abrió su mochila y sacó las prendas de ropa con parsimonia; cuanto más tuviera que esperar Tane, mejor.

Después de ponerse varias capas de ropa y sus botas de agua, se asomó al pasillo para descubrir que los chicos no estaban allí.

Alucinante, aunque no era ninguna sorpresa; aunque no podían ir a ninguna parte sin ella, desaparecer cuando tardaba demasiado era la conducta habitual de Tane.

Se dirigió a la habitación 308, la de Erik, pero se detuvo con el puño en alto, sin llamar; dentro se escuchaban voces discutiendo.

─Deberíamos contárselo ─escuchó la voz amortiguada de Tane  al otro lado de la puerta.

─¿Para qué? ¿Para que se asuste más? Nunca ha tenido contacto con ellos, Tane. Espera por lo menos a llegar a casa.

─Lo sabe, Erik; le vio a él el otro día, y ya viste su cara esta mañana, en cuanto se dio cuenta de que estaban allí. No podemos ocultárselo mucho más tiempo.

─Pero sabes que tampoco podemos contárselo todo.

Bajó el puño con lentitud. El que hablaran de ella a sus espaldas no le dolió tanto como el que Erik considerase que era una niña incapaz de hacer frente a lo que fuera. Ni siquiera Tane pensaba eso de ella. Al fin y al cabo, se había entrenado en la magia y en la lucha cuerpo a cuerpo, y había demostrado su valía en varias misiones.

Cuando estaba a punto de aporrear la puerta, ésta se abrió, dejando paso a los dos chicos. Alejandría se dio la vuelta sin hablarles y descendió por las escaleras.

Sabía que estaba reaccionado como la niña que Erik pensaba que era, pero no podía ocultar su enfado.

Fuera seguía lloviendo, aunque bastante menos que hacía unas horas. Aun así, hacía frío. La joven se subió un poco más la cremallera de su sudadera y enterró la barbilla en ella. Lamentó haber perdido sus guantes una de las últimas veces que había salido de fiesta; tenía las manos heladas.

Abrió el pequeño paraguas plegable que llevaba en la mochila y esperó a los chicos. Odiaba tener que admitirlo, pero al no haberse molestado en mirar la dirección que Lázaro le había dado, no tenía ni idea de a dónde tenía que ir. Tane se metió con ella bajo el paraguas, y  Erik se caló la capucha antes de empezar a andar. La joven se sentía mal por hacerle caminar bajo la lluvia, pero se obligó a pensar en las palabras que acababa de escuchar y a seguir avanzando.

 

A pesar de que Alejandría tenía un buen sentido de la orientación, se encontraba un poco perdida cuando al fin llegaron a su destino; al fin y al cabo, todas las calles del pueblo parecían iguales, sobre todo bajo la lluvia.

Uno a uno, entraron en una estrecha librería forrada con estantes de madera atestados de libros. Si alguno de ellos trataba sobre magia, la joven no hubiese sido capaz de decirlo.

El interior era oscuro; las lámparas alumbraban más bien poco y no llegaban a los rincones. Aun así, pudo percibir que el polvo se acumulaba en las estanterías; lo único que estaba en un estado mínimo de limpieza era el mostrador, donde reposaba una vieja caja registradora.

El suelo crujió bajo el peso de otra persona, y los tres se volvieron, sobresaltados, pero Alejandría se relajó enseguida; delante de ella tenía a una anciana de pelo blanco y rizado y agradables ojos azules.

─Bienvenidos, hijos. ¿Buscabais algo?

Otro error; la chica no tenía ni idea de lo que habían ido a buscar.

─Sí ─se adelantó Erik, quien le tendió un papel arrugado a la mujer─. Veníamos a preguntar por este libro.

Ella abrió la boca y levantó las cejas, como si hubiese leído alguna grosería en el papel.

─Lamento decirlo, querido, pero no lo tenemos. Era un libro oscuro, sí señor; me lo trajeron ayer por la tarde, y tenía ilustraciones que… ─la anciana se estremeció─. No he podido dormir en toda la noche. Hace apenas media hora han venido un par de muchachos, un chico y una chica, preguntando por él y se lo he vendido. La verdad, me alegro de haberme deshecho de esa cosa tan terrible.

Los tres se miraron entre ellos, asustados. Alguien se les había adelantado y se había llevado un libro importante. Y no les hacían falta palabras para saber quién había sido.

 

Habían pasado todo el camino de vuelta discutiendo sobre el próximo paso, y después de la comida aún no habían decidido qué hacer.

Estaban tumbados en la cama de Erik, desesperados por encontrar una solución; Tane creía que debían salir a hacer una redada por el pueblo, porque sus enemigos podían seguir allí. Erik, sin embargo, consideraba que ya les llevaban mucha ventaja, y que debían regresar a Madrid para informar a Lázaro.

Alejandría alternaba la mirada entre el uno y el otro; le parecía increíble que estuviesen hablando de “sus enemigos” y no tuviesen la consideración de explicarle a quién se estaban enfrentando y por qué. Sabía que se trataba de brujos blancos, lo había sentido, pero hasta ahí llegaban sus conocimientos.

Se levantó y se dirigió a la puerta.

─¿A dónde vas? ─preguntó Tane.

─A echarme un rato hasta que alguien se digne a contarme qué pasa.

Y sin tener en cuenta a su amigo, que le exigía que volviera, se encerró por dentro en su habitación. Esa vez sí tomó la precaución de levantar una protección mágica en torno a puertas y ventanas.

 

Tane había estado llamando a su puerta durante diez minutos, suplicándole que le dejase entrar. Incluso había intentado derribar su escudo, aunque no se había atrevido a más que a unas pequeñas descargas de energía por el miedo a exponerse ante los humanos normales del piso de abajo.

─Puede que tuvieras razón ─escuchó la voz de Erik al cabo de un rato─. Déjala; necesita rumiar el enfado. Hablemos con ella por la mañana.

Ya se había hecho de noche y ni siquiera la habían llamado para cenar. Se moría de hambre y necesitaba algo de aire fresco, pero no quería encontrarse con sus amigos en el comedor y enfrentarse a más mentiras y secretismos.

Después de terminarse el bocadillo de la comida, abrió la ventana de su cuarto. El aire gélido del invierno le azotó la cara y sonrió. Decidió transformarse; si no podía salir por la puerta, lo haría por la ventana.

Un pequeño gato negro, con los ojos de color amarillo intenso, sustituyó a la joven que se encontraba sentada en el alféizar.

Segundos después, el felino se perdió en la oscuridad.

Una y otra vez – Tamara Ireland Stone

Una y otra vez Book Cover Una y otra vez
El tiempo entre nosotros
Tamara Ireland Stone
Romantico Fantasía
B de Block
2015
eBook
347

¿Crees que el amor puede superar la distancia... y el tiempo?

La esperada continuación de El tiempo entre nosotros.

Anna y Bennett mantienen una relación a larga distancia. A simple vista puede sonar normal. Pero no lo es. Anna vive en Chicago en 1995, mientras que Bennett vive en San Francisco... en 2012.

Lo lógico es que nunca se hubieran conocido, pero él tiene la capacidad de viajar en el tiempo, y al conocerse se enamoraron aunque sabían que no debían hacerlo. Lo tenían todo en contra, y aun así hallaron la manera de seguir juntos.

Sin embargo, el arreglo dista de ser perfecto. Bennett no puede permanecer en el pasado sino por breves lapsos. Cuando está con Anna, se pierde momentos importantes de su propio presente. Pero ambos confían en que podrán hacerlo funcionar... Hasta que Bennett ve una cosa que nunca debería haber visto y que definitivamente no esperaba ver. A partir de ese instante toma una serie de decisiones que afectarán su presente. El futuro podría convertirse en algo que ni Bennett ni Anna quieren. ¿O sí?

 

Una y otra vez – Tamara Ireland Stone

Buenos días y bienvenidos a vayaebook un día más, hoy os traigo la reseña de “Una y otra vez” de Tamara Ireland Stone, la segunda parte de “El tiempo entre nosotros” que pone fin a esta bilogía

Quiero empezar diciendo dos cosas, la primera es que no voy a hablar de la autora por que ya hablé de ella en la anterior reseña, y la segunda es que esta historia me ha gustado aunque el final me ha decepcionado un poquito

En cuanto a la historia:

“Una y otra vez” es la segunda parte de la bilogía de “El tiempo entre nosotros” donde conocimos a Bennet y Anna quienes intentan tener una relación a larga distancia ya que son de diferentes épocas.

En el tiempo entre nosotros conocimos a Anna y a Bennet intentando tener una relación a larga distancia, al final de esta historia me quedé preguntándome que pasaría finalmente con estos dos personajes y cogí el segundo libro con ganas.

Ya dije en la anterior reseña de esta libro que me parecía una historia muy original y según el libro, si fuera cierto que dos personas de diferentes ciudades y épocas se enamorasen, funcionaría, aunque si os digo la verdad, no le he visto ningún sentido a que el pobre chico estuviera todo el tiempo de acá para allá, cuando lo más lógico seria que se quedará en el año de ella, lo que quiero decir es que según el libro si podría funcionar pero yo no me lo he terminado de creer.

No quiero hablar del final porque para mí no ha sido gran cosa, podía haber dado muchísimo más de sí y si alguien quiere leer este libro yo lo que le recomiendo es que lo haga, no voy a destrozar la historia haciendo spoilers, además esta reseña es subjetiva, a lo mejor a mí el final me ha decepcionado, pero a otros le encanta!

Es una novela entretenida y que engancha, una lectura fácil, como digo yo, se lee sola.

En cuanto a los personajes:

Desde mi punto de vista en esta segunda parte Anna ha tenido un bajón increíble, un comportamiento decepcionante al menos para mi, y es quizás de las cosas que menos me han gustado del libro.

Bennet por otra parte, sigue siendo el mismo, esta vez la historia nos la cuenta el,  visita a Anna con frecuencia aunque le esta empezando a afectar a su salud, y es esto y otras cosas lo que hacen que en esta segunda parte de la bilogía él coja mas protagonismo, le vamos a conocer cada vez más, y esto es un punto positivo  a favor de la historia.

Brooke, la hermana de Bennet cogerá más fuerza en “Una y otra vez” y la conoceremos un poco más.

Como conclusión final os digo, que es un libro que a pesar de que el final me ha decepcionado muchisimo me ha gustado bastante y os lo recomiendo 😉

Mi nota:

Un fuerte abrazo!

Revistas literarias online

Ya os traje una entrada sobre redes sociales para escritores, y hoy os traigo un medio para lectores que últimamente está muy de moda: las famosas revistas literarias.

El templo de las mil puertas (http://www.eltemplodelasmilpuertas.com/): Creo que El templo de las mil puertas es la revista online por excelencia. Cuenta con la colaboración de autores y youtubers y tiene un montón de herramientas útiles, incluso un recomendador de lecturas adaptado a los gustos personales del lector.

Literariamente (https://www.yumpu.com/es/literariamente): Esta revista incluye de todo: opiniones, relatos, reseñas, noticias literarias, novedades del mes y muchas cosas más. La verdad es que está muy trabajada.

Universos literarios (http://www.yumpu.com/es/universos_literarios): Otra revista que habla un poco de todo; incluye cómics, curiosidades, entrevistas, reseñas…

Espero que os gusten en el caso de que os paséis por ellas; la verdad es que son muy útiles para descubrir nuevos libros y curiosidades literarias.