Alejandría se incorporó y estiró el cuello dolorido; se había quedado dormida en el sofá, con la cabeza incómodamente apoyada sobre el reposabrazos.

Sonrió al recordar el sueño que había tenido; había soñado con el día en que conoció a Tane, hacía ya cinco años. Desde entonces se había convertido en algo más que un mentor para ella; era el hermano que jamás había tenido, aunque a veces, cuando era más joven, había llegado a confundir su amistad con algo más.

Aparte de eso, su vida se había vuelto mil veces más fácil cuando los seres del inframundo la habían encontrado. No solo había descubierto todo su potencial mágico, que aún seguía perfeccionando, sino que le habían proporcionado los fondos que necesitaba para poder pagar el alquiler del piso y la matrícula de la universidad. Si hubiese seguido siendo una huérfana desamparada, probablemente estaría trabajando en el mismo bar que cuando tenía catorce años, sin dinero suficiente para salir del paso y rodeada de viejos verdes que llevaban en el pueblo más tiempo que el pueblo en sí y de las mismas casas de toda la vida.

No tenía ni idea de donde procedía ese dinero, pero sabía por experiencia que no debía preguntar.

Cogió la taza vacía que había usado la noche anterior y la llevó a la cocina. No tenía ninguna nota al lado de la cafetera, lo que significaba que ese día no tenía que acudir a ningún destino lejano a buscar algún libro. Suspiró, aliviada; aunque le encantaba su trabajo, que le permitía viajar y aprender más cosas sobre magia, resultaba agotador. En más de una ocasión se había visto en un aprieto cuando trataba de conseguir un libro, y visitar el extranjero llevaba un montón de papeleo y horas eternas en aeropuertos.

Su mente regresó al sueño de la noche anterior mientras el agua para el té se calentaba en el kettle; un par de días después de que Tane hubiese ido a hablar con ella a su cuarto, le informó de que, si quería, en su grupo estaban dispuestos a sacarla del orfanato y aceptarla entre ellos.

No le faltó escucharle terminar la frase para decir que sí.

La aparición al día siguiente de una “pareja” interesada en adoptarla fue el mejor regalo de cumpleaños que se le hubiese podido ocurrir. Cuando por fin se acabó el papeleo de la adopción, lo dejó todo atrás para trasladarse a Madrid con sus supuestos nuevos padres. En realidad, la familia que la había acogido la componían un mínimo de veinte personas y los errantes, que era como llamaban a quienes sólo estaban de paso por allí; algunos se quedaban durante meses, llegando incluso a quedarse allí indefinidamente, y otros pasaban allí días, a veces horas. A lo largo de esos años, había llegado a conocer a toda clase de gente.

Sabía que debería sentirse horrible por desear irse del pueblo, alejándose del cementerio donde estaban sus padres y de la protección del orfanato pero, en cambio, nunca se había sentido más feliz. Por fin dejaría de ser la pobre niña que había perdido a sus padres y de despertar únicamente compasión. Tane y sus amigos la habían tratado como a una igual, y le habían permitido dejar de mudarse y esconderse por su condición de bruja.

Por fin había conseguido hacer amigos, estudiar algo que le gustase y librarse de las aburridas monjas de su colegio. Había empezado a ser ella.

Por supuesto, había regresado en más de una ocasión para ver a sus padres y contarles que ahora era feliz. Sabía que se alegrarían de que estuviese peleando por lo mismo que ellos, o por lo menos lo esperaba.

Y también sabía que les haría felices saber que por fin se les iba a hacer justicia.

 

Se frotó los ojos por el cansancio mientras caminaba tranquilamente hacia clase. A pesar de que en muchas ocasiones el aire de Madrid solía estar viciado por la contaminación, ella no había perdido su costumbre de ir andando a todas partes.

Era primera hora de la mañana y la calle ya empezaba a llenarse de trabajadores y de jóvenes que volvían borrachos a sus casas.

Cuando llegó al portal de Sandra, ella no la esperaba abajo. Suspiró, ya acostumbrada, y pulsó con insistencia el botón del telefonillo.

─Vooooy ─dijo una voz cansada de mujer, algo distorsionada.

Unos minutos después, su amiga bajaba corriendo por las escaleras del portal, jadeante, con la desordenada mata de rizos negros ondeando tras ella. La seguía un chico con el pelo rubio por los hombros, que besó a Sandra en la cabeza y se alejó después de despedirse de Alejandría con un gesto de cabeza. Con las prisas, su amiga no se había puesto la cazadora, así que le pasó el bolso de clase mientras se la pasaba por encima.

─Perdona, me dormí.

Alejandría puso los ojos en blanco; su amiga se dormía todos los días de la semana.

Además…

─Seguro que dormir no dormiste demasiado ─la pinchó. Llevaba enrollada con Jaime unos cuantos meses y, aunque no tenían nada serio, era el chico con el que más había durado.

Sandra no se inmutó ante la pulla y empezó a hablarle de la fiesta a la que había asistido la noche anterior. Había dejado de tratar de convencer a Alejandría para que saliera con ella. A pesar de que le gustaban las discotecas, prefería pasar la noche en casa o con el resto de brujos; montaban fiestas que, en muchas ocasiones, dejaban en ridículo a las humanas.

Caminaron juntas hasta la puerta de la facultad, donde se encontraban a diario con Susana. Con su melena rubia ondulada y sus curvas, la tercera joven del grupo destacaba sobre el resto de estudiantes.

Las tres remolonearon un rato, aprovechando para fumar unos cigarrillos, y entraron a clase.

 

La mañana transcurrió en una bruma lluviosa de manuales y clases tediosas cogiendo apuntes. Después de cuatro horas, que parecían haberse alargado hasta convertirse en seis, salieron de la facultad. El aire húmedo, aún cargado de lluvia, se pegaba a sus ropas mientras se subían al coche de Susana y conducían a casa de Alejandría.

─Menos mal que ya es viernes ─protestó Sandra mientras se tiraba boca arriba en el sofá. Había pasado toda la mañana quejándose de la resaca.

Alejandría calentó en el microondas algunos restos de comida y las tres se sentaron a comer en la pequeña cocina del apartamento.

La joven, sentada sobre la encimera, observó a sus amigas mientras charlaban. Cuando había llegado a Madrid, le había resultado complicado verse constantemente rodeada de gente; los amigos de Tane y la gente de su nuevo instituto eran demasiado para ella. Sin embargo, con los meses había aprendido a socializar y ahora por fin se sentía bien, aunque seguían quedando rescoldos de su antigua personalidad; al fin y al cabo, no quería verse en un lío si a alguien demasiado cercano le daba por indagar en su vida.

 

Para ellas, no había mejor forma de pasar una tarde de viernes que ir de compras para después quedarse en casa viendo películas y comiendo palomitas, chocolate y toda clase de cosas que de sano tenían poco. Además, solían hacer pases de modelos con los conjuntos recién adquiridos.

Sandra se quedó dormida al poco de que comenzara la tercera película del maratón; seguía acusando los efectos de su resaca. Susana no tardó mucho más en caer rendida por el cansancio. Mientras el cielo se iba oscureciendo, Alejandría empezaba a amodorrarse; los efectos de la comilona y de su último viaje le estaban causando efecto.

Apenas le dio tiempo a apagar el televisor antes de dormirse.

 

La despertó el ruido de algo chocando contra la ventana. No era como si algo hubiese chocado contra ella, sino como si una persona estuviese lanzando piedrecitas contra el cristal; algo un poco complicado, ya que vivía en un noveno piso.

Se desperezó y miró a la ventana.

─Mierda ─susurró. Comprobó que sus amigas seguían dormidas antes de abrirle la ventana al enorme cuervo negro que la había despertado con sus picotazos.

Antes de que el pájaro pudiera moverse, Alejandría lo agarró por el pescuezo y lo llevó a su habitación, donde lo lanzó a la cama sin muchos miramientos.

Sin embargo, cuando tocó el colchón no había un ave del color del carbón, sino un chico alto, con los ojos azules y la cabeza rapada sentado sobre su cama. Tane se frotó el cuello allí donde los dedos de Alejandría le habían dejado marcas rojas.

─Cuánta delicadeza ─dijo, sonriendo con sarcasmo.

─Ssshh, baja la voz ─respondió ella al tiempo que se daba la vuelta. A pesar de la puerta cerrada, le daba miedo que les escucharan desde el salón─. ¿Qué pasa?

─El jefe está planeando algo; te necesita hoy  en la sede del centro para apañar un viaje la próxima semana.

La joven bufó; llevaba planeando una fiesta con sus amigas para esa noche desde hacía dos semanas.

─Me pasaré un rato por la tarde.

Tane la miró con fijeza.

─Sabes que no se va a conformar con un rato, ¿verdad?

─Que le jodan ─masculló entre dientes.

Antes de que el chico pudiera replicar, se escuchó el ruido de la cadena en el baño.

Ella empujó a su amigo hacia la ventana de su habitación y la abrió.

─Ten cuidado, Alejandría. Ten cuidado ─dijo antes de transformarse y salir volando.

¿Qué había sido eso? Tane jamás le había advertido de nada; sabía que la joven conocía de sobra los riesgos de su trabajo, y la tomaba lo suficientemente en serio como para no recordárselo continuamente, como a los niños. ¿Habría algo escondido tras el viaje que estaba planeando Lázaro, su jefe?

Alguien llamó con los nudillos a la puerta de su habitación.

─¿Estás bien? ─era Susana.

Ella suspiró, intentando mantener la calma.

─Sí, ya salgo.

Se asomó al salón, donde sus amigas habían empezado a atacar sus magdalenas. Alejandría no se sentía con ánimo de comer nada; por mucho que Sandra y Susana rieran y charlaran a su lado, sobre ella se cernía una sombra con forma de cuervo.

 

Sus amigas se fueron justo antes de comer, y ella seguía sin tener hambre. Mordisqueó una manzana sin mucho apetito antes de ponerse la ropa de deporte y acudir al gimnasio. Al fin y al cabo, su trabajo no consistía únicamente en conseguir libros; debía mantenerse en forma por si tenía que hacer una huida apresurada o vérselas con alguien.

El gimnasio era una sala pequeña con unas pocas máquinas y un saco de boxeo. Trabajó un poco y regresó a casa para ducharse; al fin y al cabo, sabía que Tane tenía razón, y que era mejor no hacer rabiar a Lázaro.

Aunque la sede no quedaba cerca de su casa, ella decidió ir andando. Era cierto que, al igual que Tane, ella podía cambiar de forma, pero prefería no hacerlo en plena ciudad. Además, la gente no solía mirar al suelo, y había perdido la cuenta de las veces que había recibido pisotones.

Por suerte, Lázaro no la había citado en la nave industrial donde vivía todo el grupo, sino en  un pequeño piso que tenían alquilado cerca del parque del Retiro, así que se había ahorrado dos autobuses y más de media hora de viaje.

Alejandría saludó al portero con alegría antes de subir en el ascensor, viejo y demasiado pequeño, y pulsar el botón del tercer piso.

Esperaba que no la mandasen muy lejos aquella vez; el calor de Marruecos, a pesar de que ya había comenzado el otoño, seguía pesando sobre ella, incluso una semana después de haber regresado.

Cuando la puerta del ascensor se abrió, Marcos ya estaba esperando a la puerta del apartamento. Alejandría podía notar su mirada de lascivia posada en ella mientras entraba sin saludarle. Aunque había asumido el catastrófico error que había cometido, no le gustaba que le recordasen la noche que se había acostado con él, borracha y prácticamente en medio de la pista de baile. Y menos él, que había resultado ser un cerdo que alardeaba de su “victoria”.

Sabía dónde encontrar a Lázaro, así que no perdió el tiempo y se dirigió directamente el despacho.

La puerta del despacho estaba abierta, así que entró.

─Cierra la puerta ─dijo una voz grave y suave. La joven obedeció.

No veía a Lázaro, que estaba sentado en su sillón de respaldo alto y se dedicaba a mirar por la ventana, de espaldas a ella.

Se sentó con tranquilidad, sin ni siquiera esperar una orden; a su jefe le encantaba dar dramatismo a sus puestas en escena, y lo mejor que Alejandría podía hacer era armarse de paciencia.

─Tengo una misión para ti ─prosiguió el hombre, aún sin girarse. Alejandría enredó un mechón de pelo oscuro entre sus dedos, aburrida; Lázaro daba tantas vueltas a las cosas que hasta la reunión más simple podía alargarse horas.─ No tendrás ni que salir del país.

Vaya. Eso era bastante nuevo. La mayoría de los libros sobre magia se encontraban en países en cuya historia la mitología había jugado un papel muy importante, como en los que tenían raíces celtas. En España, normalmente no solía darse el caso.

─El pueblo se encuentra un poco perdido en las montañas gallegas; Marcos te dará toda la información en cuanto salgas. No irás sola. Erik y Tane te acompañarán. Salís dentro de tres días.

Alejandría asintió y se levantó de su asiento. No le parecía extraño llevar compañía a un viaje; más de una vez se había movido junto a algún otro joven de su grupo.

Lo que la mosqueaba era que fuera Tane quien la acompañase, justo después de hacerle una advertencia tan seria.

 

Lázaro tenía razón; Marcos la esperaba junto a la puerta de entrada al piso con un papel doblado varias veces: la dirección a la que debería acudir en la fecha que su jefe le había indicado.

El chico posó la hoja sobre su mano y la agarró por la muñeca, mirándola juguetonamente. Ella giró el brazo para zafarse; a pesar de que era mucho más débil que Marcos, sí era más rápida que él.

Aunque se había perdonado a sí misma por lo que pasó entre ellos, no le gustaba pasar mucho tiempo en presencia de aquel neandertal, así que se apresuró a bajar por las escaleras.

 

Decidió dejar la misión para otro día; ni siquiera se molestó en sacar el papel del bolsillo trasero de sus vaqueros, que habían acabado en el fondo de su armario.

Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo que había sudado al ir y volver andando a su apartamento, así que se dio otra ducha. A pesar de que estaban en noviembre, por la alcachofa salía agua fría.

Aún envuelta en una toalla, se dirigió a su habitación y revolvió entre su ropa; todavía no había elegido qué quería llevar para la fiesta de esa noche. Sin embargo, su mente no estaba en la habitación, contemplando las prendas de ropa que iba tirando al suelo según las descartaba, sino que seguía al lado del parque del Retiro, junto a un enorme cuervo negro.

Al final, optó por ponerse la misma ropa que el día anterior y un maquillaje sencillo. Maquillarse siempre le costaba bastante esfuerzo, así que le serviría para tratar de olvidar a Tane. Sin embargo, después de pelearse con el lápiz de ojos y pasar diez minutos preguntándose qué labial combinaba mejor con su ropa, seguía con un ligero sentimiento de inquietud.

Sacudió la cabeza y acudió a buscar a Sandra; por lo menos, intentaría pasar una buena noche.

Pero la intención no era siempre lo que contaba…

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