El ambiente nocturno de la capital era bastante caótico. Alejandría se apoyó en la barra, mordisqueando la pajita, mientras Sandra se besuqueaba con Jaime cerca de ella y Susana bailaba con otro chico en el medio de la pista. Sus zapatos de tacón se pegaban al suelo, sucio de alcohol y cenizas de cigarrillos, mientras intentaba bailar sujetando precariamente la copa.

Observó de reojo cómo alguien se le acercaba; se trataba del chico que llevaba mirándola un buen rato desde el otro lado de la barra. Le puso una mano en el hombro.

─Hola.

Alejandría le sonrió. Aunque no tenía intención de hacer nada con él, podía dejar que le invitase a un par de copas mientras sus amigas acababan de ligar.

El chico le hablaba al oído, tratando de hacerse oír por encima de la música, y bajaba la mano por la cintura de la chica. Ella le detuvo antes de que llegase demasiado abajo. Asintió varias veces a lo que le decía, aunque no le estaba entendiendo nada debido a que estaban situados justo al lado de un altavoz.

Alguien la abrazó por la espalda, y pudo escuchar la risa etílica de Sandra por encima del ruido. Ella también estaba bastante mareada.

Sin despedirse siquiera del pobre chaval, que la miraba frustrado, arrastró a su amiga hasta la pista de baile. Ambas dieron vueltas sobre sí mismas, abrazadas la una a la otra, pero de repente Sandra se detuvo, haciendo tropezar a su amiga.

─Ese te está mirando. Dios, está buenísimo ─dijo, señalando descaradamente a alguien.

Alejandría puso los ojos en blanco, suponiendo que señalaba al chico de antes, pero no era así. Sandra miraba a un chico alto, de pelo muy negro y barba igual de oscura. Desde lejos no se le veía el color de los ojos. Sí, estaba bueno, pero Alejandría no se fijó en eso, sino en el halo de magia que desprendía.

Todos los brujos tenían una especie de aura a su alrededor, completamente exclusiva e identificativa de cada uno. Incluso a aquella distancia, pudo percibir que no era de los suyos.

Era la primera vez que le pasaba algo así. Obviamente, en sus viajes había coincidido con muchísimos brujos, pero todos habían sido oscuros. A Tane no le gustaba esa denominación pero, al fin y al cabo, lo eran.

Se sintió cegada por ese aura de magia blanca que desprendía el joven. No era un ángel, eso seguro; nunca se dignaban a poner un pie en la Tierra, al igual que los demonios y muchos otros seres, pero, desde luego, trabajaba para ellos.

El ruido a su alrededor disminuyó hasta desaparecer. Ya no quedaba la música electrónica zumbando desde los altavoces, ni las voces de los chicos que bailaban y se empujaban; ahora solo estaban ellos. A pesar de la gente que llenaba la discoteca, el chico no apartaba los ojos de ella, y Alejandría tampoco se sentía capaz de hacerlo. Era como si fuesen los polos opuestos de un imán.

─¿Tía? Te has quedado blanca.

Sandra le había apoyado una mano en el brazo y la miraba con toda la preocupación que le permitía su estado de embriaguez.

─Necesito salir ─dijo ella con voz ahogada y se precipitó hacia la salida, sin esperar a comprobar si sus amigas la seguían.

 

El aire frío del invierno la azotó con fuerza nada más salir, pero ella lo agradecía después de lo que había pasado ahí dentro.

Pero… ¿qué había pasado exactamente? Sabía que se había encontrado a alguien que trabajaba para los ángeles, pero nunca nadie la había avisado de que la magia blanca podía tener ese efecto sobre ella. ¿Por qué? ¿Y si sólo le afectaba a ella de esa manera, y tenía que retirarse de su trabajo? Desde luego, no sería la última vez que tendría que encontrarse con uno de ellos.

Se acordó de respirar en el momento oportuno, y el aire helado le atravesó los pulmones como pequeñas agujas, aunque ella lo agradeció. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba reteniendo el aliento, y el frío la ayudaba a despejarse.

Salió al medio de la calle peatonal y estiró las piernas mientras respiraba hondo.

─¿Alejandría? ¿Estás bien?

Sandra y Susana, cogidas del brazo, la miraban desde la acera.

─Claro. Es el alcohol, que me ha debido sentar mal.

Esa era la parte que menos le gustaba de su vida: mentir. Jamás había construido una amistad normal con alguien, una relación que no se basase en la magia o en el trabajo.

Y jamás podría hacerlo mientras siguiese mintiendo.

 

A pesar de que había insistido en que podía caminar sola hasta el apartamento de Susana y esperarlas allí, sus amigas habían insistido en acompañarla. La habían obligado a vomitar para expulsar las cinco copas que se había bebido y ahora estaban en la cocina, preparando una pizza, mientras ella estaba en el sofá con un paño húmedo sobre la frente.

Estaba mareada y destemplada, pero sabía que no se debía en absoluto al alcohol. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba al chico con los ojos en sombras y la piel de tonos azul y rosa neón por las luces de la discoteca.

Aunque se había asegurado de que nadie las seguía mientras caminaban de vuelta, no podía evitar la sensación de que, más pronto que tarde, alguien derribaría la puerta o rompería la ventana para llevársela; al fin y al cabo, seguro que aquel chico también podía transformarse en animal, y se habría valido de un hechizo para evitar que ella lo detectase con su magia.

Se incorporó de golpe cuando sus amigas entraron en el salón y estuvo a punto de vomitar de nuevo, a pesar de que no tenía nada en el estómago.

Entre las dos, le obligaron a comerse dos trozos de pizza cuatro quesos y beberse una taza de tila caliente que, sin embargo, no le ayudó a entrar en calor.

Cuando las chicas parecieron quedarse algo más tranquilas, Alejandría murmuró un gracias apenas audible y se hizo un ovillo sobre el sofá de Susana. Alguien la tapó con una manta gruesa y pudo percibir la presencia de sus amigas, acomodándose como podían en el suelo a su alrededor. Mientras apagaban la luz y se tapaban, Alejandría pensó en lo poco que se las merecía.

 

Eran las siete y media de la mañana y no podía dormir. Sandra estaba tumbada en el suelo, tapada hasta la cabeza con las mantas y con una muralla de cojines a su alrededor, y Susana se había quedado dormida sentada, con la cabeza apoyada en el asiento del sofá. Las dos parecían estar tranquilas, no como ella, que no había pegado ojo en las más de dos horas que llevaban en el apartamento. No paraba de sacarle significado hasta al ruido o la sombra más pequeños y miraba constantemente por la ventana, pero no había ningún chico observando el apartamento desde la acera de delante del bloque de edificios.

Aún no había amanecido y sus amigas tardarían mucho en despertarse, así que se preparó una segunda taza de tila y trató de dormir.

No sabía en qué momento lo logró, pero cuando se despertó Susana ya estaba levantada.

─¿Estás mejor? ─preguntó cuando notó que Alejandría estaba despierta.

Ella se frotó las sienes. La verdad, no tenía la sensación de encontrarse demasiado bien.

─Mmmmm, me duele la cabeza. Pero puedo aguantarlo.

Susana asintió y le puso a hervir algo de agua para el té.

Un borrón de imágenes pasaron por su mente, al igual que si se hubiera emborrachado de verdad y no se acordase bien de lo sucedido. El único recuerdo que se conservaba nítido en su memoria era el de aquel joven moreno que la miraba desde la otra punta de la discoteca. Tendría que preguntarle a Tane si la magia blanca les afectaba a todos por igual, aunque lo dudaba mucho.

Mierda. Tane. Se suponía que el martes tenía que partir en una misión junto a él, y aún no había preparado nada. La iba a matar.

Aceptó agradecida, la taza de té rojo y la pastilla de ibuprofeno que le tendió Susana y se dedicó a pensar en su mala suerte.

 

Había pasado ya la hora de comer cuando Alejandría regresó a su apartamento. El nudo de su estómago seguía allí después de toda la noche y buena parte de la mañana. Por lo menos, el medicamento había ayudado a disipar el dolor de cabeza.

De camino a casa, desdobló el papel que le había dado Marcos al salir de la reunión, y que llevaba en el bolsillo de su pantalón desde el día anterior. La letra del chico era tan ilegible que no la entendía, pero en ese momento le daba igual; sólo quería tirarse en la cama y no salir durante un mes.

Abrió con pereza la puerta de madera clara.

No le sorprendió encontrarse a Tane sentado en el sofá de su apartamento; aunque era bastante respetuoso con su espacio, solía aparecerse en los momentos más importantes. Como cuando tenía que echarle una bronca, por ejemplo.

─Qué, ¿mucha resaca?

Alejandría se desplomó a su lado sin molestarse en responder; Tane no era quién para hablar de resacas.

─¿Qué pasa?

─Hay ángeles en la ciudad. Hasta ayer no era más que una sospecha, pero ya se ha confirmado. Tú nunca has tenido un encuentro con ellos, así que Lázaro ha considerado oportuno desplazarte a la base hasta que nos marchemos mañana.

Alzó una ceja. Podrías haberme avisado antes, pensó, pero no dijo nada; no quería que su amigo pensara que la magia blanca la afectaba tanto como temía Lázaro.

─Estoy bien, Tane; de verdad.

Sin embargo, él no pareció creerla.

 

A pesar de sus insistencias, ya estaba en la horrible nave industrial a la hora de la cena, con su mochila de deporte llena de ropa colgada del hombro. Se sentía humillada por el modo en que la habían tratado, igual que a una niña pequeña que no era capaz de arreglárselas sola. Ahora que tenía conocimiento de la presencia de ángeles y del efecto que tenían sobre ella, se sentía mucho más preparada.

El lugar no tenía mucho mobiliario, sólo muchos armarios, algunas mesas y sillas y camas y sacos de dormir desperdigados por el suelo. Aunque Lázaro era bastante generoso en cuanto al pago de alojamiento para sus hombres, la mayoría de ellos preferían no mezclarse con los humanos corrientes.

A la izquierda de la entrada había un pasillo con varias habitaciones a los lados, destinadas básicamente a despachos, una cocina grande y habitaciones para los niños más pequeños y los enfermos.

El ambiente era de alboroto; las voces y los gritos se mezclaban unos con otros. No se escuchaban hechizos; a pesar de que estaban en una zona industrial bastante alejada de la civilización, el jefe estaba bastante obsesionado con la seguridad y el anonimato. En ese momento, le daban ganas de mandar la seguridad a la mierda.

Alejandría no se paró a hablar con nadie, sino que fue directamente a coger un saco de dormir de uno de los armarios y se estableció en una esquina de la habitación principal. Hacía un frío horrible, así que también tomó prestados un forro polar y una manta de pelo.

Se sentó sobre la tela, con la espalda apoyada en la pared y hecha un ovillo con la manta, y sacó de la mochila su libro de Historia de las civilizaciones antiguas. No apartó los ojos de él ni siquiera cuando notó que Tane se sentaba a los pies del saco de dormir.

─Sé cómo te sientes, y te pido disculpas, pero sabes que no puedo desobedecer órdenes directas.

Entonces sí se molestó en mirarle. Aquello sí que era extraño; Tane pidiendo perdón. La joven no hubiese pensado que viviría lo suficiente como para ver ese momento.

El chico no la miraba, sino que tenía la mirada aparentemente perdida. Alejandría miró en su misma dirección y descubrió que miraba a un grupo de gente de más o menos su misma edad. No le hizo falta mirar más para saber que, a quien realmente miraba, era a Erik.

 

Erik y Tane se conocían desde que ambos eran críos, y habían sido grandes amigos desde entonces. Sin embargo, Alejandría, al igual que todo el mundo, sabía que el sentimiento de amistad se había convertido en otra cosa con el paso de los años. Podía verlo en los ojos de su amigo cuando miraba a Erik, o cuando se sentía tan mal que ni siquiera una borrachera podía hacerle olvidar sus problemas.

Ella no tenía tanta relación con Erik, pero le conocía lo suficiente como para saber que sentía lo mismo por Tane.

─Hazlo ─le había dicho un día al joven de ojos azules. Estaban en el apartamento de ella, comiendo Doritos y viendo un partido de fútbol─. Nunca sabes lo que puede pasar, menos aún con nuestro trabajo, y es mejor aprovechar el máximo tiempo posible a su lado. De esta manera, no hacéis más que sufrir.

─Tienes razón ─había respondido Tane a su vez─. Lo malo es que, cuanto más me acerque a él, más me va a costar perderle si algún día pasa algo malo.

Así que la situación entre los dos se había estancado, y aunque trataban de hablar con la misma naturalidad de siempre, la relación entre los dos había empezado a resentirse.

 

Las cenas allí siempre eran un espectáculo. A veces pedían comida a domicilio, pero en la mayoría de ocasiones ellos mismos se encargaban de cocinar. Si preparar comida para veintitrés personas era de por sí una tarea ardua, que la preparasen brujos añadía un plus de peligrosidad. Las ollas volaban por el aire sin que nadie las sujetase, muchas veces llenas de agua hirviendo, y el segundo plato daba vueltas en el aire sobre una pequeña hogera.

Cuando la comida estuvo lista, se sentaron en el suelo con los platos descascarillados sobre sus rodillas. Algunos niños correteaban alrededor, pero ni siquiera sus padres les obligaban a sentarse a comer.

Alejandría se encontró sentada entre Tane y su padre. Le gustaba aquel hombre, que la había acogido como si fuese su hija.

Tanto él como Lauren, la hermana de Tane, y Sophie, su madre, parecían nerviosos y reían escandalosamente por todo lo que decían, aunque no tuviese gracia. Sabían que al día siguiente, cuando se despertasen, ellos ya estarían acudiendo a la misión, y que aquella podía ser la última vez que les viesen.

La joven no aguantaba más ese ambiente, así que apuró su cena y decidió acostarse.

 

La actividad allí no cesaba hasta altas horas de la madrugada; la gente bebía, hablaba e incluso hacía fiestas, aunque fuese domingo.

Sin embargo Alejandría, ya acostumbrada a ello y agotada por la falta de sueño de la noche anterior, no tardó en dormirse.

 

 

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