Habían decidido volver a Madrid a primera hora de la mañana. Tane estaba enfadado, aunque reconocía que era imposible que los otros dos siguiesen en el pueblo.

Alejandría se había quedado adormilada en el asiento del copiloto. Le había costado levantarse por haber trasnochado, aunque quizás tuviese algo que ver el seguir enfadada con los chicos. Habían intentado hablar con ella mientras apuraban el desayuno, pero se había negado a escucharles; ya le habían ocultado suficientes cosas.

A pesar de estar agotada, era incapaz de caer en un sueño profundo; cuando empezaba a dormirse, todas sus alarmas saltaban. No paraba de recordar la conversación que había escuchado a hurtadillas la tarde anterior. ¿Para qué querría alguien perseguirla? Era consciente de la existencia de la magia blanca y de sus partidarios, pero en los cinco años que llevaba trabajando con Lázaro no había habido una rivalidad directa, ni mucho menos acoso a uno de los miembros de alguno de los bandos, tan solo tensión.

¿Por qué empezaban ahora? Y, sobre todo, ¿por qué a ella? La joven no era, ni de lejos, una de las brujas más poderosas de su grupo, ni tampoco la más veterana. No tenía ningún interés para nadie.

Y, lo que a Alejandría le parecía peor, era que Tane y Erik lo sabían. Sabían qué buscaban de ella, pero por alguna razón habían decidido ocultárselo. Decidió que, en cuanto pusiera un pie en la capital, iría a exigir explicaciones al propio Lázaro.

Con esa decisión en la cabeza, acabó por quedarse dormida.

 

Alguien la sacudió por el hombro. Alejandría abrió perezosamente los ojos para descubrir unos grandes ojos verdes ante ella. Sonrió. De todas las personas que compartían la magia Irina era, sin duda, su mejor amiga. Había sido una de las primeras personas que había conocido cuando había llegado a Madrid, y también la que le había enseñado buena parte de lo que sabía sobre magia. Su amiga había tenido contacto con la magia desde que nació. Al ser de la misma edad, habían congeniado enseguida.

La joven bajó del coche de un salto y envolvió a la otra chica en un abrazo. Hacía más de seis meses que no se veían; Irina tenía fijada su residencia en Barcelona, y sus trabajos les impedían reunirse tanto como quisieran.

Cuando se separaron, Irina tenía una expresión que Alejandría conocía de sobra; tenía algo importante que contarle.

─Ha llegado alguien nuevo mientras no estabas; está buenísimo, aunque es algo mayor, y es un tío poco raro.

Alejandría puso los ojos en blanco; para ella, todos los hombres de entre veinte y cuarenta y cinco años estaban buenísimos. Se sintió decepcionada. Aquel era, aparte de una de las bases de Lázaro en Madrid, un lugar de paso para los que estaban de paso en la ciudad. No era raro que hubiese gente nueva por allí, al tratarse de una de las principales bases del país. Incluso puede que aquel individuo se quedase allí de por vida.

La joven siguió a su amiga. Saludó a la familia de Tane; el chico no se encontraba con ellos.

Irina le dio un toque en el brazo y señaló con la cabeza. Alejandría siguió la dirección de su mirada con descaro; el disimulo no se encontraba entre sus virtudes.

En una esquina, charlando con Erik, se encontraba un hombre de unos treinta años, con el pelo rubio encrespado en la nuca. Su amiga tenía razón en que tenía cierto atractivo, pero Alejandría no se fijó en eso, sino en la profunda sensación de desconfianza que le provocaba, a pesar de que estaba segura de que era la primera vez en su vida que veía a aquel hombre. Sin dejar de hablar con Erik, el hombre desvió la mirada hacia ella y la taladró con sus profundos ojos grises. Incluso a esa distancia, podía percibir que sus ojos eran casi negros en los bordes exteriores, y se iban aclarando hacia el centro.

Un escalofrío recorrió su espalda.

─Intimida, ¿verdad? Bueno, tendrás que contarme qué ha sido de tu vida durante este tiempo ─dijo Irina dándole un puñetazo amistoso en el hombro.

 

Apenas había conseguido despegarse de su amiga el tiempo suficiente como para darse una ducha y cambiarse de ropa. Cuando por fin consiguió salir de la ducha, fresca y limpia, se la encontró preparando dos sacos de dormir en una esquina.

─¿Necesitas almohada? ─preguntó.

Alejandría frunció el ceño.

─No tenías que haberte molestado; hay espacio suficiente para las dos en mi piso.

Le extrañó que no tuviese ya su ropa preparada para ir con ella; el resto de veces que había estado en Madrid, estaba automáticamente invitada a dormir con ella, al igual que Alejandría cuando visitaba Barcelona.

Irina se mordió el labio, como si no estuviese segura de si debía contarle lo que pasaba por su mente.

─Lázaro ha ordenado que no vuelvas a tu piso, al menos durante unos días.

 

Ni las súplicas de Irina ni las advertencias de Erik la habían disuadido de coger un autobús hasta el Retiro. Lástima que aún no hubiera aprendido a teletransportarse, porque no podía esperar a dar un par de gritos a la persona que no la dejaba volver a su casa. En ese momento, subía las escaleras hasta el piso de Lázaro hecha una furia, pisando los escalones con fuerza. Sus dos amigos subían a la zaga tras ella; durante el trayecto habían intentado convencerla de que era mala idea ir a ver a su jefe, pero habían desistido en su intento hacía unos diez minutos, cuando por fin se habían dado cuenta de que no serviría de nada.

Pulsó el timbre, y la puerta del piso se abrió inmediatamente.

─Hola, preciosa.

Estaba tan enfadada que ni siquiera le dirigió a Marcos su habitual bufido de resignación. Se abalanzó sobre el pasillo y abrió con brusquedad la puerta de la habitación que Lázaro usaba como despacho, sin llamar siquiera. Estuvo a punto de tropezar consigo misma al poner un pie en el cuarto; Tane estaba sentado cómodamente frente al escritorio, con una taza de café en la mano.

Lázaro estaba acodado sobre la mesa, mirándole con atención. Tenía los dedos entrelazados debajo de su afilada barbilla y, aunque parecía igual que siempre, Alejandría no pudo evitar fijarse en las profundas ojeras que tenía. Parecía exageradamente mayor para la edad que tenía.

Desvió la atención del hombre y la centró en Tane.

─¿Qué haces tú aquí?

El chico la miró sin dejarse intimidar por sus gritos.

─Dar parte de la misión.

La joven respiró hondo varias veces; se suponía que iban a ir los tres a la mañana siguiente. El que Tane estuviese allí a sus espaldas, sumado a la prohibición de regresar a su apartamento, quería decir que, definitivamente, le estaban ocultando algo.

─¿Qué está pasando?

Lázaro suspiró e hizo un gesto con la mano.

─Dejadnos solos un momento, por favor.

Tenía una voz profunda y un poco ronca. Tane se levantó con resignación y siguió a Erik y a Irina fuera de la habitación.

Dentro, Lázaro se quedó en silencio unos segundos. El hombre volvió a entrelazar los dedos por debajo de la barbilla en un gesto habitual.

─¿Por qué estás aquí, Alejandría?

Ella pareció desinflarse un poco. Sí, estaba enfadada, pero su reacción había sido un tanto desproporcionada.

─Necesito saber ─dijo, y su voz salió mucho más débil de lo que pretendía.

Él sonrió, amable. La chica se relajó un tanto; aquella era la sonrisa que estaba acostumbrada a ver, la del hombre que le había dado un hogar fuera del orfanato y le había enseñado todo lo que sabía. Y estaba a punto de resolver todas sus dudas, así que, a pesar de que no hubiesen contado con ella desde un principio, no tenía tantas razones para desconfiar como había pensado.

─Lo entiendo, querida. Si no te hemos contado nada hasta ahora es porque no queríamos asustarte, pero supongo que eres bastante mayor para saberlo.

Alejandría bufó; al fin y al cabo, tenía veinte años. Sabía que la vida no era un camino de rosas.

─Sabes que los brujos somos capaces de detectar las olas de energía que producen nuestros semejantes; al fin y al cabo, fue lo que hizo Tane contigo para encontrarte.

Pues bien, esa energía que producimos se va haciendo más intensa según vamos aprendiendo y fortaleciendo nuestra magia.

Sabemos que el número de brujos blancos se ha visto reducido en los últimos años, y que, por tanto, querrán hacer todo lo posible por reclutar nuevos miembros. Habrán detectado que tu energía no es demasiado fuerte, y es posible que piensen que aún están a tiempo de reconducirte a lo que ellos laman “el buen camino”.

La sala volvió a quedarse en silencio. La idea de que intentaran enseñarle unas ideas contrarias a las que llevaba cinco años asimilando hacía que se estremeciera, pero no consideraba que aquello constituyera un peligro mayor para ella. Al fin y al cabo, había llegado a temer que quisieran matarla, pero ahora estaba segura de que eso no era lo que querían.

Así se lo dijo a Lázaro.

─Aun así, me sentiría más a gusto si pasaras unos días con el resto; sabes que sólo quiero protegerte. Tane y yo estamos de acuerdo en que es lo más seguro.

─Estaré con Irina en casa; puedes mandar también a Erik conmigo ─dijo, antes de darse cuenta de que Erik había sido partidario de no contarle todo lo que estaba pasando.

Lázaro suspiro profundamente y esbozó una media sonrisa.

─Siempre has sido difícil de convencer; igual que tu madre.

La alusión a su madre hizo que se revolviera un poco sobre la silla. Cuando era más pequeña, había bombardeado a la gente de su alrededor con preguntas sobre sus padres, pero hacía un par de años desde que había decidido dejarlo estar; no quería reabrir viejas heridas, y el hecho de haber crecido sin sus padres era algo que le hacía sentir diferente.

─De acuerdo. Puedes regresar a tu apartamento; le diré a Irina que vaya contigo. Pero necesito que me mandéis informes cada dos horas, como mucho.

Alejandría asintió; algo era mejor que nada, y en el fondo agradecía que hubiese alguien que se preocupaba por ella.

Cuando ya tenía la mano sobre la manilla de la puerta, se le ocurrió algo.

─No conseguimos el libro.

─¿Perdón?

─El libro que nos mandaste buscar. No lo encontramos; se lo llevaron ellos.

─Ya he sido informado sobre ello. Estate tranquila; no era extremadamente necesario que lo consiguierais.

Mientras salía de la habitación y esperaba a que Tane, Irina y Erik hablasen con Lázaro, Alejandría pensó que su jefe jamás había permitido la más mínima negligencia en el trabajo de sus brujos.

Al fin y al cabo, quizás seguía habiendo algo que no le contaban.

 

“Que Ícaro vigile la zona”. Mientras ayudaba a Irina a subir las cosas al apartamento, pensó en la frase que había escuchado a través de la puerta, cuando sus amigos estaban con Lázaro.

Se preguntó si Ícaro era el hombre que había visto horas antes en la sede. Probablemente, así fuese. ¿Qué tenía de especial ese hombre? ¿Y por qué, si Lázaro había permitido que regresase a casa, tenía que tener vigilancia?

Sonó el telefonillo, y se apresuró a abrir, retirando todas las preguntas de su mente. Había avisado a Sandra y Susana de que Irina estaba en la ciudad; las chicas se conocían gracias a ella, y se llevaban realmente bien. Al fin y al cabo, las tres eran guapas, extrovertidas y amantes de las discotecas. Eso dejaba a Alejandría, con su gusto por la tranquilidad de su apartamento y los buenos libros, un poco fuera de lugar.

Aun así, Irina había argumentado que se encontraba cansada del viaje y que no quería volver demasiado tarde para poder descansar. La joven no podía dejar de preguntarse si no sería una estratagema para hacerle volver pronto a casa y poder estar mejor vigilada por el tal Ícaro.

Suspiró y empezó a pelearse con el lápiz de ojos; supuso que pronto lo averiguaría.

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