El aparato chisporrotea y pocos segundos después dejamos de recibir señal del otro lado. Nos quedamos unos segundos en silencio, sin reaccionar.

Ben es el primero en levantarse. Me tiende una mano.

─Tenemos que irnos.

Acepto su mano y me levanto, aún sumida en una especie de sueño.

─Hay que ir a buscar a Sullie. Lianna, tienes que huir.

─¿Qué? No, yo voy con vosotros.

Yo sigo aturdida, aún sin ser consciente del todo de lo que está pasando. Ben coge a mi hermana por los hombros.

─Serás más útil si te quedas atrás. Sullivan y yo somos los protectores de Sky, pero tú conoces mejor que nadie la ciudad. Puedes esconderte e informarnos de todo lo que pase aquí mientras nosotros estamos fuera.

Lianna parece dividida, aunque al final parece aceptar la postura del chico. Me da un abrazo fuerte, y puedo apreciar que está llorando de nuevo.

─No dejes que te atrapen ─dice con voz ahogada.

Esa frase es como un garrotazo que me devuelve a la realidad. Rak-ba ha conseguido burlar nuestros sistemas. Están aquí, y corro más peligro que nunca. Por primera vez, esa perspectiva es demasiado palpable como para considerarla realmente y dejar de imaginar la nave que vendrá a por mí, o el rostro de la líder de Rak-ba, Ángela. Ahora es una certeza.

Me aferro a mi hermana, mareada y reacia a dejarla aquí. Aunque no conozca muchos datos de la organización, estoy casi segura de que son capaces incluso de bombardear la ciudad con tal de encontrarme. Tengo que alejarme de aquí antes de que le pase algo a Lianna.

─Te he puesto en peligro ─digo, intentando no llorar. No lo consigo.

─Sky, nos vamos ─dice Ben; su voz está teñida de tensión e impaciencia.

─No me has puesto en peligro. Sé fuerte, Sky.

Lianna me da un beso en la frente y me suelta. Ben tira de mí, y yo voy hacia atrás, a pesar de que no quiero abandonar el apartamento. No todavía.

─Gracias por todo. Te quiero.

Las lágrimas nublan mis ojos mientras Ben llama desesperadamente al ascensor. Me empuja dentro antes de que la puerta llegue a abrirse del todo y pulsa el botón.

El ascensor baja desesperadamente lento. Salimos corriendo al portal para encontrarnos con Sullie entrando, a punto de lanzarse por la escalera.

─¿Estáis bien?

Se me ha cortado el aliento; aún sigo teniendo la imagen de Lianna mirándonos desde su puerta, probablemente condenándose a sí misma a morir. Por mí. Quiero gritar, asomarme por el hueco de la escalera y decirle que huya, pero estoy segura de que no me oye desde tan arriba. Además, mi cabeza parece dentro de una pecera; lo veo todo distorsionado, y las voces me llegan distintas, sin fuerza.

Apenas soy consciente de que Sullivan me carga sobre sus hombros y sale a la calle, ni de las miradas extrañadas de los ciudadanos al ver a dos chicos corriendo, uno cargando conmigo, ajenos como son a la catástrofe que está por venir.

Tengo que salir del shock; desde luego, así no soy de ninguna ayuda. Poco a poco, la bruma de mi mente se va despejando. Muevo las piernas para indicarle a mi hermano que puede soltarme.

Los dos chicos se detienen en una tienda que hace esquina con un callejón; así estamos camuflados entre la gente, pero tenemos una vía de escape fácil.

Sullivan me baja de su espalda.

─¿Qué hacemos ahora? ─pregunto.

Intento poner los cinco sentidos en lo que me digan. En la Academia, di un cuatrimestre de técnicas de ataque y supervivencia como optativa. En ese momento lo encontré bastante inútil.

─Deberíamos huir de la ciudad ─dice Sullie─. He estado en la oficina, y sabemos que se dirigen hacia aquí, a El Cairo.

─No ─corta Ben─. Puede que sepan que lo sabemos; lo lógico sería pensar que hemos huido.

Por primera vez desde que empezó todo, veo tensión entre los dos.

─No tenemos tiempo para coger un avión ─razono, tratando de recordar algo de lo que vi en clase. No hago caso al temblor de mis manos, ni a la histeria que amenaza con abrirse camino dentro de mí─. Pero tampoco podemos quedarnos aquí. Sullie, ¿sabes algún lugar seguro donde quedarnos mientras descubrimos en qué situación estamos?

Él me mira; parece contento de tener una excusa para apartar la mirada de Ben. Sin embargo, lo que me dice baja más mi moral que el hecho de que se lleven mal:

─No, no creo que podamos escondernos en ninguna parte sin poner a nadie en peligro. Y aunque lo consiguiéramos, nos encontrarían.

Me quedo helada unos momentos, y después mi respiración empieza a agitarse. Se acabó. Estoy perdida. Tengo la mente embotada, y mis sentidos dejan de funcionar de nuevo.

Me recuerdo que me he jurado mantenerme serena en todo momento. Intento eliminar la ansiedad, pero me resulta imposible. He estado huyendo y poniendo a mi familia en peligro para nada.

─Por lo menos deberíamos salir a las afueras ─oigo decir a Ben, pero su voz suena muy lejana. El mundo a mi alrededor es una especie de bruma densa─. Así no habrá daños. Ni heridos.

Cuando escucho eso, consigo espabilarme un poco. Puede que mi causa esté perdida, pero sí puedo no poner a la gente en peligro por mí.

Respiro hondo.

─De acuerdo.

Sigo a mi hermano por el laberinto de calles; Ben va detrás de mí. Apenas soy consciente del recorrido que hacemos, solo del latido de mi corazón contra mis costillas, que es tan fuerte que me impide escuchar los ruidos a mi alrededor.

Caminamos hasta que la ciudad queda a nuestra espalda, perdida en el horizonte. Salí de casa en calcetines y ahora tengo los pies sucios y doloridos. Muevo un poco los dedos, pero no los siento de tantas veces que los he golpeado contra los adoquines y de la cantidad de piedras que se me han clavado. Incluso me sale sangre de debajo de una uña, manchando el calcetín, cosa que yo no había notado hasta ahora.

Hemos estado evitando carreteras y todo tipo de atisbos de civilización. Ahora nos encontramos en la parte de atrás de un área de servicio, ocultos detrás de una larga fila de camiones.

No siento el cansancio, aunque sé que debería; Ben está sentado en el bordillo, a mi lado, y Sullie está apoyado en la cabina de un camión, a la sombra.

Sigo en una especie de shock, en un estado en el que me importa poco lo que me espera. Sé que tenemos pocas posibilidades. Al fin y al cabo, solo somos tres contra un ejército entero que lleva años luchando.

─Tal vez deberíamos seguir moviéndonos ─dice Sullie en algún momento.

Me levanto con una firme determinación que me asalta de repente. Si me encuentran, por lo menos no me dejaré atrapar tan fácilmente.

Una vez decidido esto, me resulta mucho más fácil volver a caminar. No hemos recorrido dos pasos cuando una sombra enorme cubre el cielo.

Una parte de mí desea que sea un cúmulo repentino de nubes que se disipará en cualquier momento. Pero sé que no es así.

Levanto la cabeza para ver una nave espacial enorme. O más bien varias naves más pequeñas, siete en concreto, que se unen hasta formar una sola. Cada una de esas naves está rematada por una torre que se alza sobre su mismo centro. La Siete Torres.

Retrocedo un par de pasos sin querer, y ni siquiera la presencia de mi hermano y de Ben sirve para tranquilizarme. Me sudan las manos. No me imaginaba la nave así. Sé que debería correr, alejarme todo lo que pueda de ella, pero me he quedado embobada mirándola. Es impresionante y a la vez terrorífica.

Mi corazón late a un ritmo irregular, a veces muy rápido y otras demasiado despacio.

Me atrevo a mirar a mi alrededor; un par de transportistas han salido de la cafetería y se han quedado mirando a la nave, boquiabiertos. Me gustaría gritarles que se vayan, pero no me sale la voz.

El contacto de una mano sobre mi hombro me hace despertar de la contemplación de la nave y, sin pensarlo, arranco a correr en la dirección contraria. Oigo pasos que me siguen, pero no llegamos muy lejos.

Cada una de las siete naves se separan del núcleo y nos rodean. Freno en seco; a pesar de que hay hueco suficiente entre cada una de ellas, dudo que podamos pasar sin recibir una lluvia de balas, hechizos o lo que sea que nos tienen preparado.

Siento que la respiración me falla y que las lágrimas amenazan con aflorar. No hay salida. Se me hace un nudo en la garganta y las manos me tiemblan. No puedo tomar aire. Sin embargo, las naves se quedan quietas. Ben, Sullivan y yo nos quedamos en el centro del círculo, espalda contra espalda, horriblemente congelados en nuestras posiciones.

Tengo sentimientos encontrados; por una parte, la determinación que me ha asaltado en los últimos minutos me empuja a luchar, a incendiar las naves antes de tener que enfrentarnos a ellas, a hacer cualquier cosa menos quedarnos así, expuestos, haciendo que todos los esfuerzos de la gente que ha intentado protegerme hayan sido en vano. Doy una vuelta sobre mí misma, vigilando todas las naves, pero no veo ningún movimiento.

Es entonces cuando surge el miedo, un miedo que me deja petrificada en el sitio. La idea de enfrentarme a un batallón de soldados experimentados hace que me tiemblen las piernas, a pesar de mis inusuales poderes y de la experiencia de los chicos.

El terror termina por ganar la batalla; no tenemos nada que hacer. No quiero mirar a Sullie y a Ben; no quiero ver que sus expresiones confirman mi miedo de una derrota, o de algo peor.

De repente escucho un ruido de succión, y la puerta de la nave que está frente a nosotros se abre, formando una rampa que desciende hasta el suelo. En la parte alta hay tres figuras vestidas de oscuro que se camuflan con la escasez de luz del interior de la nave de tal manera que no soy capaz de distinguirles las caras, o si son hombres o mujeres.

El grupo avanza lentamente por la rampa. La que va encabeza es una mujer; por un momento, me quedo admirando su belleza. Es joven, tiene el pelo castaño recogido en una trenza y los ojos almendrados y oscuros. Su capa negra lleva charreteras plateadas en los hombros.

A sus lados, un poco por detrás, veo a dos hombres corpulentos con rostro serio. Uno es calvo, con la cara ancha y tiene una cicatriz que le recorre una mejilla, y el otro tiene el rostro afilado y los ojos fríos y calculadores. Esta vez, sus uniformes están adornados con dorado.

Los tres avanzan hasta llegar a la base de la nave, pero no se mueven de ahí.

─Ángela ─dice Sullie, y aunque no le miro puedo percibir el asco y la furia en su voz.

─Volvemos a vernos ─dice ella con voz suave y firme. Podría afirmar que está sonriendo.

No sabía que mi hermano la conociera personalmente, aunque supongo que, como él trabaja en el cuerpo de seguridad espacial, se habrán visto las caras en alguna otra ocasión.

Todo se queda en silencio otra vez. Nos quedamos mirándonos, tres contra tres. Yo estoy enfrente de Ángela, con Ben y Sullivan a mis lados.

─Vaya, vaya, vaya. Para ser tan pequeña, nos has causado tantas molestias… ─dice, mirándome de arriba abajo─. Espero que seas tan poderosa como dice nuestra fuente.

Una cuarta persona baja por la rampa, empujando a otra, que avanza a trompicones. Cuando llegan a la zona donde se acaba la sombra de la nave, el hombre de negro empuja al otro, que cae rodando hasta los pies de Ángela. Es un chico, y tiene algo que me resulta familiar. Cuando consigue incorporarse, no puedo evitar retroceder un par de pasos, asustada.

Es Chuck.

Pero no es el Chuck que conozco, el que me sacó de la Academia aquel día. No lleva las gafas puestas, y su cabeza parece exageradamente grande en proporción al cuerpo, demacrado. Casi puedo contarle las costillas por debajo de la camiseta hecha girones. Tiene la cara hinchada y llena de moratones.

Mira hacia delante y sé que está tratando de enfocar la vista, aunque casi no puede abrir los ojos por la hinchazón. Dice algo que no soy capaz de escuchar, pero puedo leerle los labios.

Lo siento. Una lágrima recorre su mejilla; yo tengo el corazón en un puño. ¿Cómo ha acabado bajo la custodia de Rak-ba? ¿Desde hace cuánto tiempo le han amenazado para que me traicione? ¿Estaría en la Siete Torres cuando recibí su llamada? Y cuando me sacó de la Academia… ¿fue una trampa o un acto independiente, aun sabiendo que podía arriesgarse incluso a morir? Me da igual. No me importa que me haya delatado; lo único que sé es que no merece estar ahí, sufrir, por mi culpa.

Sin pensar, salgo corriendo hacia él, queriendo abrazarle y decirle que está bien. Sin embargo, alguien me retiene por las muñecas.

No puedo evitar ponerme a llorar, de miedo y de frustración.

─¡Soltadle! ¡Soltadle! ¡Haré lo que queráis, pero dejadle en paz! ─grito, desesperada, pero Ángela se ríe y hace un gesto. El hombre que bajó a Chuck de la nave le da una patada en las costillas, haciendo que gima de dolor y caiga de bruces al suelo. Yo sigo gritando.

─No conseguirás nada ─dice mi hermano entre dientes mientras me pone una mano en el hombro y me arrastra detrás de él. Ben me abraza con fuerza y me acaricia el pelo.

Entre las lágrimas, puedo ver que Ángela levanta una ceja.

─¿Ah, no? Atacad ─dice, haciendo un gesto con la mano, y antes de que me dé cuenta alguien me tira al suelo. El aire se llena de descargas debido a los hechizos, que forman ondas invisibles; solo los magos más entrenados son capaces de ahorra energía evitando rayos de luz o de calor que acompañen a sus embrujos.

Me atrevo a levantar un poco la cabeza y mirar a mi alrededor. He estado tan centrada en la líder de Rak-ba que no me he dado cuenta de que hay soldados por todas partes; deben haber bajado de sus naves mientras hablábamos.

Durante unos segundos, todo es confusión; los soldados no esperaban que reaccionásemos tan deprisa, así que no han tenido tiempo de redirigir sus hechizos. Algunos han dado a sus aliados, y se escuchan gritos de dolor.

─¿Estás bien? ─susurra Ben, que se ha puesto encima de mí, intentando protegerme de los hechizos.

Es una pregunta un poco estúpida, e intento controlar el impulso de reír de manera histérica. ¿Cómo pretende que esté bien?

─Tranquila ─susurra en mi oído─. Te necesitan viva.

Pienso un poco en lo que acaba de decir; si necesitan un ejército, es obvio que harán lo que sea para no hacerme daño. Asiento ligeramente para indicarle que lo entiendo.

─¿Puedes lanzar algún hechizo? ─dice, mientras el aire se vuelve a llenar de descargas invisibles. No puedo evitar cerrar los ojos, a pesar de las palabras tranquilizadoras del chico, pero los maleficios nunca llegan.

Echo otra ojeada, y lo que veo me deja sin aliento; las ondas chocan contra una especie de escudo invisible. Un campo de fuerza. Mi hermano es metamorfomago, así que sólo puede haber sido obra de Ben. Así que ya sé cuál es su habilidad.

Asiento con la cabeza; estoy preparada para luchar. Por mí, por Lianna, Sullie, y por Ben. Y sobre todo por Chuck.

En el lugar de Sullie veo a un enorme león negro, su forma favorita, que ya empieza a sacar las garras, dispuesto a abalanzarse sobre alguien.

Me levanto con firmeza, segura de mí misma y sintiéndome protegida por el campo de fuerza de Ben. Comienzo a conjurar un hechizo, enfocándome en Ángela; le haré pagar lo que le ha hecho a mi amigo, y por haberme hecho huir y poner en peligro a mi familia. Casi sin pensar, arrojo mi magia contra la mujer, que la desvía con insultante rapidez. Antes de que me dé tiempo a realizar otro hechizo, algo me da en la cabeza y me deja inconsciente.

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