Me despierta el crujido de la puerta. Aún medio dormida, intento enfocar a las personas que han entrado; son tres, vestidas con los uniformes oscuros que parecen corresponder a los miembros del ejército, pero no distingo más que borrones negros.
Cuando consigo espabilarme un poco, veo que es Ben el que ha entrado, acompañado por un hombre y una mujer, ambos de aspecto rudo. Ellos no llevan ningún distintivo, sino que sus uniformes son completamente negros.
Ben se pone en cuclillas delante de mí y me mira fijamente, con los ojos entornados. A pesar de que juré que no existiría para mí, el corazón se me acelera y me tiemblan las manos, igual que cuando empecé a enamorarme de él.
Mantengo una expresión seria y cierro los puños. Soy una estúpida.
─Tal vez ahora te muestres más colaborativa ─dice él, y su voz destila veneno.
Yo no digo nada; me asusta la forma en que me ha hablado, como si yo no fuese nada para él. Tal vez no lo sea.
Mis escasas esperanzas se evaporan de golpe. Sin embargo, yo mantengo la cabeza alta; ya me ha humillado lo suficiente. Cierro los puños con más fuerza y me repito esa frase continuamente para recordarme que la persona que tengo delante no es la misma de la que me enamoré. No digo nada.
─Así que sigues con esas ─dice, y esboza una sonrisilla. Hace un gesto a los guardias─. Veamos como se muestra la señorita después de nuestra pequeña visita.
El corazón me palpita contra el pecho. No hago nada cuando los dos guardias me levantan del suelo y me atan las manos a la espalda con unas esposas. Rebelarme me costaría nuevas heridas, y todavía me duelen las que tengo.
Salimos al pasillo, pero esta vez giramos a la derecha. Ben va en cabeza, y los otros dos a mis lados.
Pierdo el sentido de la orientación rápidamente; me hacen girar en un montón de esquinas para aparecer en pasillos idénticos al resto. Yo simplemente me dejo llevar.

Finalmente, llegamos a un pasillo parecido al que acabamos de dejar. Creo que estamos dos pisos por encima de mi celda, pero es difícil decirlo porque aquí todos los sitios son iguales y no he prestado demasiada atención al camino.
Ben saca un manojo de llaves que lleva prendido de la cadera y abre la puerta de la habitación.
Parece que estamos en una celda igual que la mía, pero no me fijo en eso, sino que toda mi atención va a una figura encadenada a la pared.
Me cuesta distinguir a mi hermano. Tiene la cara hinchada, posiblemente más que yo, y el pelo negro le tapa los ojos. A pesar de que tiene la cabeza caída, veo que le sale de sangre de la boca, y tiene la ropa rasgada.
Tiene los brazos por encima de la cabeza, y las manos atrapadas en unos grilletes incrustados en la pared. Se mantiene en pie gracias a los grilletes, pero parece a punto de desmayarse. Mis pies no responden, y mis ojos parecen incapaces de procesar esa imagen. Tardo unos segundos en darme cuenta de lo que estos bestias le están haciendo a Sullivan. Me libero del agarre de la pareja que me sujeta los brazos y camino hacia él con unas zancadas tan largas como me permiten mis doloridos pies. Nadie hace nada. Daría lo que fuera por quitarme estas esposas y tratar de liberarle. Incluso simplemente echarle las manos al cuello y quedarme llorando sobre su hombro sería suficiente para mí, pero ni siquiera puedo retorcer las muñecas sin que me estalle todo el cuerpo de dolor. Aun así, me acurruco contra él; huele a sudor y sangre, pero no me importa. Entierro la cara en su cuello. No sé en qué momento me he puesto a llorar.
─Lo siento.
Creo que no me ha escuchado; está casi inconsciente. O algo peor. Hasta ahora había considerado la idea de que estuviera muerto como una posibilidad remota, como si era algo que jamás pudiera pasarle a nadie de mi familia. Sin embargo, ahora me golpea como un mazazo.
Sullie ha muerto por defenderme.
Cuando empiezo a notar la desesperación creciendo dentro de mí, mi hermano suelta una tos débil y escupe algo de sangre. Sollozo, aunque no sé si es de alegría o de angustia. Está vivo. Malherido, pero vivo.
Antes de que pueda decirle algo, unas manos me echan hacia atrás y me hacen caer de rodillas en el suelo. Tengo los ojos llenos de lágrimas, aunque no sé si es por la alegría de ver a mi hermano vivo o por el dolor de todos los golpes que he recibido y que se ha intensificado al caer. No puedo levantar los ojos del suelo, aunque si los músculos me respondieran tampoco lo haría. No quiero que Ben vea que tengo los ojos llenos de lágrimas por lo que nos está haciendo.
Veo unas botas negras delante de mí. Me fuerzo a parpadear para eliminar las lágrimas y levanto la mirada.
La cara de Ben está justo debajo de la lámpara, por lo que me cuesta distinguir los detalles de su cara. Tiene los brazos cruzados a la altura del pecho.
Mi mente repite continuamente: “¿Qué has hecho?”, pero no sé si lo pienso por él o por mí misma. ¿Qué hice al enamorarme de Ben?
Respiro muy profundamente y me obligo a mantenerle la mirada, pero no soy capaz de mantener una expresión serena. Debo ofrecer un aspecto lamentable, tirada en el suelo, magullada y llorando. Sin embargo, no veo en él ningún rastro de compasión, y siento algo de miedo. Si ha sido capaz de traicionarme… ¿hasta dónde será capaz de llegar para que acabe en el ejército?
Un escalofrío recorre mi espalda.
─¿Te unes a nosotros?
Por su tono, está claro que no espera respuesta. Sé que pretende que ahora diga que sí.
Abro la boca y la vuelvo a cerrar; no soy capaz de decir nada. El corazón me late con fuerza contra las costillas y noto la garganta seca.
─No.
Por un momento, pienso que es uno de los guardias el que ha hablado, pero me doy cuenta de que ha sido Sullivan una milésima de segundo antes de que el puño del hombre aterrice en su estómago. Está tan débil que ni siquiera suelta un grito, pero desde aquí puedo percibir cómo se le corta el aliento.
─¡Dejadle en paz! ─grito tan fuerte que me dejo la garganta en ello. Echo el cuerpo hacia delante en un intento desesperado de llegar hasta Sullie, pero la mujer me agarra rápidamente.
El hombre vuelve a pegar a mi hermano, esta vez en la mandíbula.
─¡Para! Lo haré.
Todo se ha quedado en silencio. Ben ha levantado una mano para parar a su subordinado, que se ha quedado con el puño en el aire y la otra mano sujetando la garganta de Sullie. La mujer me suelta los brazos lentamente.
─Lo haré ─repito más despacio. Tengo los ojos llenos de lágrimas y me sale la voz ahogada─. Pero dejadle. Por favor, no le hagáis daño.
Ahora estoy llorando con fuerza, y apenas puedo ver a través de las lágrimas. Noto un zumbido en la cabeza.
Alguien dice algo que yo no escucho; cuando consigo centrar la mirada, veo que han soltado a Sullie, que ha caído de lado en el suelo. Nadie se molesta de ayudarle a incorporarse.
Me revuelvo, intentando librarme del agarre de la mujer para dirigirme a él, pero es en vano; parece que un montón de agujas me atraviesan el cuerpo, y estoy demasiado débil.
En el último momento, se me ocurre imponer una condición.
─Quiero quedarme con él. Y con Chuck.
Me siento fatal por no haber pensado en mi amigo en todo este rato. Quizás esté ahora igual que Sullivan, sangrando en el suelo, solo.
Oigo la risa de Ben, pero ahora no me suena cálida, como antes, sino que es una risa capaz de helarme la sangre. Se pone en cuclillas delante de mí, y por un momento pienso que me va a pegar.
Instintivamente me voy hacia atrás, ayudándome con los pies, hasta que siento el pecho de la mujer clavándose en mi espalda.
Él vuelve a reír, y yo me siento patética. Sin embargo, se lleva una mano al hombro; tiene algo parecido a un intercomunicador, en el que yo no me había fijado porque se camufla con el negro de la capa.
Pulsa un botón y se enciende una lucecita verde.
─Trasladad al preso de la celda 762 a la 824. Ya.
Dar órdenes se ve natural en él, nada que ver con el chico dulce que conocí en un autobús, hace casi una eternidad. Me recrimino a mí misma, una vez más, el haberme dejado engañar por Ben.
Esperamos un rato en silencio; yo tengo el cuerpo tenso y dolorido, pero no cambio la postura.
Llaman a la puerta de la celda a los pocos minutos, y se abre sola. Posiblemente haya sido Ben usando la telequinesis. Me resulta extraño que sea igual que yo, que tenga muchas habilidades.
Entra un solo guardia vestido de negro; la verdad es que no hacen falta más para cargar con Chuck, que está herido y más delgado que nunca.
El hombre le tira sin miramientos a mi lado. Chuck lanza un gemido ahogado, pero no se mueve. Me arrastro hasta él; la mujer me ha debido soltar las esposas mientras estaba distraída, porque ahora tengo las manos libres.
Le acaricio la cara con las manos, que se me empapan de sangre.
─Mañana empezará tu adoctrinamiento ─dice Ben desde el pasillo antes de cerrar la puerta detrás de él y sus guardias.

He conseguido limpiar más o menos las heridas de los dos (Henrie, que ha leído sobre todos los asuntos imaginables, me enseño a hacerlo incluso cuando no tenía gasas ni alcohol). Ahora a mi camiseta le faltan las dos mangas, pero ellos tienen mejor aspecto. Al menos, dentro de lo que cabe. Los tres estamos con la espalda apoyada en la pared, unos al lado de otros.
─Lo siento ─digo, y se me forma un nudo en la garganta tan grande que no me deja hablar más.
─Yo sí que lo siento.
Chuck tiene la cara tan hinchada que me cuesta entenderle cuando habla, a pesar de que estoy tan pegada a él que mi mejilla roza su hombro.
─Los padres de Ben son viejos amigos de los míos. He llegado a dormir en su casa. Llevamos bastante tiempo en contacto; maldita sea, le he hablado de ti durante nueve años.
Chuck ha empezado a llorar. Acomodo la cara en el hueco de su cuello y le cojo una mano entre las mías.
─No ha sido culpa tuya.
A lo mejor debería sentirme traicionada, pero me resulta imposible. Yo también he sufrido los efectos del encanto de Ben, o lo que sea que nos haya hecho para que pase esto. Nos quedamos en silencio, interrumpido solo por los sollozos de Chuck y los ruidos que vienen de fuera. Sullivan se dedica a mirar a sus rodillas con la mirada perdida y las manos entrelazadas en el regazo. Respira con tanta fuerza que me da miedo pensar que tiene algo roto. Cubro una de sus manos con la mía y aprieto.
Aprovecho el silencio para pensar en las últimas palabras que dijo Ben. Adoctrinamiento. La palabra golpea una y otra vez contra mi cráneo; no dijo entrenamiento, ni adiestramiento, sino adoctrinamiento. Solo pensarlo hace que me recorran punzadas de miedo.
El tiempo pasa lentamente. Ahora que parezco satisfecha con mi destino nos traen más comida, e incluso ha venido un médico de bata negra a atendernos las heridas. También dejan que nos duchemos y nos dan prendas de ropa negra idéntica; al vestirme, veo que son uniformes compuestos de una camiseta de manga corta, sudadera de cremallera, pantalones elásticos y botas militares.
Después, nos trasladan a una habitación enorme con muchas literas a ambos lados; supongo que aquí es donde duermen los soldados en formación.
Así nos lo dice el oficial que nos ha traído hasta aquí.
─Dormiréis aquí, con el resto de iniciados. Vosotros dos –dice, mirando a Chuck y a Sullie─ trabajaréis para nosotros; creo que su excelencia tiene algo pensado.
Percibo que Chuck traga saliva, seguramente preguntándose qué será eso que han pensado para él. Mi hermano no varía la expresión; lleva así desde que le desataron.
Se limita a tumbarse boca abajo en una de las literas. Me tumbo junto a él y le paso un brazo por la parte baja de la espalda, suavemente para no hacerle daño. Me duele mucho verle así; hace que me sienta aún peor. Él no debería estar aquí.
Junto mi cuerpo al suyo y apoyo la cara en su hombro. Intento no llorar.
─Soy horrible ─digo, y se me hace un nudo en la garganta; no puedo evitar dejarme llevar por lo que siento─. Tú solo querías protegerme, y yo… te lo he pagado así. Lo siento.
Mis lágrimas le han mojado la parte de atrás de la chaqueta. Con cuidado para no golpearme, él se pone de lado en la cama y me abraza. Coloco la cabeza en el hueco bajo su barbilla, lo que me trae un montón de recuerdos. No puedo dejar de llorar.
─Saldremos de ésta ─dice él en mi oído.

Empezaba a adormecerme cuando las puertas del dormitorio se han abierto y los neones del techo se han encendido. Hace ya un rato que mi hermano se ha dormido, y Chuck se instaló en la litera de arriba nada más llegar. No se ha vuelto a mover de allí, así que supongo que también estará dormido.
Yo he fingido estarlo cuando el resto de cadetes han entrado. He escuchado voces que hablaban de nosotros y, aunque también había gente que hablaba idiomas que no conozco, estoy bastante segura de que también éramos el tema de conversación.
Me pregunto cómo serán el resto de personas que están aquí. Igual son como yo, arrancados de sus familias y obligados a ver como torturan a sus hermanos para unirse a un ejército. O tal vez estén convencidos de que conquistar el universo sea buena idea.
Esa posibilidad hace que me arda la sangre.
No consigo dormirme hasta que las luces están apagadas y todas las voces se han callado.

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