Sullivan tenía razón con lo de la misión en Júpiter.

El lunes por la mañana, en la clase práctica, me enseñan a colocarme el traje y ajustar la válvula de oxígeno. Algunos de mis compañeros no necesitan llevar nada.

No tienen un simulador para acostumbrarnos a movernos con los trajes en esa gravedad, pero la idea de aterrizar en un planeta extraterrestre hace que el estómago me dé un vuelco, incluso aunque contara con algo de experiencia.

Nos han dicho que llegaremos dentro de dos días y, aunque el miércoles parece muy lejano, yo no puedo evitar ponerme nerviosa.

He descubierto que ya me he acostumbrado a medir los días a pesar de no ver el sol salir y ponerse, e incluso la vista del exterior me impresiona menos.

El lunes se pasa lento pero rápido al mismo tiempo; no puedo evitar mirar mi reloj cada dos minutos, pero en cuanto me doy cuenta suena la campana para la comida.

Estoy nerviosa con solo pensar en el miércoles; tan pronto me recorre un sudor frío como me sofoco por el calor, y soy incapaz de comer demasiado.

Hillmight nota mi estado de ánimo; la verdad es que cada vez nos conocemos mejor. Pasa mucho tiempo conmigo, restándole importancia a la misión y haciendo bromas. No consigue que me sienta más tranquila, pero lo agradezco.

El martes por la mañana no soy capaz ni de atender a Ben, lo que hace que me obligue a sentarme durante el resto del entrenamiento. Estoy tan nerviosa que ni siquiera me siento humillada.

A la tarde, nos dan detalles.

−Esta noche, a la hora de la cena, aterrizaremos en la superficie de Júpiter. Mañana, ustedes ayudarán a nuestros soldados con los nuevos cargamentos de comida y los contingentes de soldados. Después, harán una inspección en nuestra base, acompañados cada uno por un oficial; quiero un informe sobre esa inspección para el sábado. Todos ustedes conocen los protocolos.

A pesar de que parece sencillo, no puedo dejar de temblar. Hoy no hay clases teóricas, sino que nos han dejado salir después de recibir los últimos datos sobre lo que vamos a hacer. Ninguno de mis compañeros parece tan nervioso como yo; lo habrán hecho miles de veces. El grupo decide bajar a la Plaza a relajarse un poco, pero yo estoy demasiado distraída como para estar pendiente de ellos. Me despido y regreso a la habitación; he conseguido aprenderme el camino.

Me tumbo sobre mi cama e intento dejar la mente en blanco, pero no dejo de pensar en todo lo que puede salir mal. ¿Y si me quedo sin oxígeno ahí fuera? ¿Y si, no acostumbrada a la diferencia de gravedad, salgo disparada hacia el espacio o no soy capaz de moverme?

Miro hacia los metales que sostienen el colchón de arriba, contando los rombos que forman los alambres retorcidos para no pensar.

Han pasado un par de horas cuando el sonido de pasos suena por el corredor. Frunzo el ceño; parece demasiado tenue para tratarse de mis compañeros. Sé que nadie ajeno a la nave hubiese podido subir a ella sin que se montara un alboroto, pero aun así se me acelera el corazón mientras me levanto. Cuando veo aparecer a seis sirvientes cargados con toallas, me echo a reír a carcajadas, histérica.

Los sirvientes parecen sorprendidos de verme aquí; es obvio que nos creían a todos fuera de la habitación.

─¿Se encuentra usted bien, señorita? ─pregunta un hombre bajito, visiblemente incómodo. Ninguno de los sirvientes se ha movido.

Respiro hondo hasta que se me pasa el ataque de risa; se me han saltado las lágrimas.

─Claro ─digo cuando consigo calmarme─. Lo siento, no quería interrumpirles.

Los sirvientes parecen asombrados ante mi reacción. Supongo que no estarán acostumbrados a que alguien les trate con un poco de respeto. Salgo de la habitación antes de que alguien me conteste; me tiemblan las manos de puros nervios.

No sé a dónde dirigirme; necesito estar sola, pero solo sé ir al comedor, a la Plaza y a clase.

Mis pies comienzan a andar solos en cuanto se me ocurre esta posibilidad.

 

La sala de entrenamiento estaba ocupada por algunos oficiales recién graduados, pero por suerte la clase donde damos las teóricas estaba vacía cuando llegué, así que me encerré dentro.

Encuentro algo tranquilizador en las paredes asépticas de la habitación.

He pasado quince minutos hecha un ovillo en el suelo, llorando con desesperación, y después he dado un par de paseos por el aula para despejarme. Ahora que ya estoy más tranquila, me siento algo avergonzada por mi actuación; es el primer ataque de pánico desde que pensé que Sullie estaba muerto, cuando me llevaron a verle nada más atraparnos, y por lo menos aquella vez tenía una razón de peso.

Respiro hondo; no conozco de nadie que haya visitado otro planeta con las medidas de seguridad adecuadas y no haya vuelto para contarlo. Todo saldrá bien.

Cuando salgo de la clase, me encuentro que mis compañeras están ya dirigiéndose al baño con sus toallas y los fardos de ropa limpia.

Mothsadra me sonríe y me mete algo de prisa, en plan de broma. Me apresuro a ir a por mis cosas. En la habitación me encuentro a Hillmight junto a unos pocos chicos más que ya se han duchado. Mi amigo está sin camiseta, secándose la piel azul con una toalla, y por primera vez me fijo en que tiene los músculos muy bien definidos. Me quedo ensimismada mirándole hasta que su voz me saca de mis pensamientos.

─¿Estás bien? Te he estado buscando; estaba preocupado.

Me espabilo, y algo en mi interior se reblandece; mientras yo me auto compadecía, él solo se preocupaba por mí.

─Tranquilo.

Le doy un beso en la mejilla y preparo rápidamente mis cosas de aseo. Me gustaría explicarle lo que me ha pasado y dejar que me consuele, pero con los demás delante no me atrevo; soy demasiado orgullosa como para admitir que me asusta algo que ellos habrán hecho cientos de veces. Sin embargo, él parece entender que hay algo más sin necesidad de palabras. Me gusta ver que, a pesar de las circunstancias, tengo alguien que me entiende de esta manera.

─Te veo más tarde ─dice con una sonrisa y un ligero gesto de la cabeza.

Sonrío yo también y corro a la ducha.

A mis compañeras les encanta quedarse cotilleando después de asearse, mientras se hacen peinados absurdos entre ellas o hablan de los oficiales más guapos de la organización; por supuesto, Ben está entre ellos. Parece que la ducha ha servido para relajarme del todo, así que me permito participar en sus juegos y reírme un rato. Empiezo a dejar de sentirme horrible cada vez que disfruto junto a mis nuevos amigos; al fin y al cabo, no estamos haciendo más que entrenar y estudiar. Aún queda mucho para llegar a ser miembros del ejército y para que tengamos que sacar a jóvenes indefensos de sus casas y luchar para dominar la galaxia, y eso significa que tengo mucho tiempo para descubrir cómo escapar.

Solo espero que no me resulte demasiado difícil dejar a mis compañeros.

 

Estamos todos sentados a la mesa de la cena; no veo a Chuck ni a Sullie por ninguna parte. El que sí está aquí es Ben; supongo que será el que dirija la operación de mañana.

Me alegra comprobar que lo único que siento por él es ira y rencor.

Observo a mis compañeros. Nunca he sido demasiado buena a la hora de fijarme en las personalidades de los demás, pero en esta semana he conseguido captar alguno de sus rasgos.

Hay algunos que se han agrupado por razas, aunque son pocos. Nunca he hablado con Rungbru y con sus amigos, pero por lo que he visto en los entrenamientos son tan bestias como parecen por fuera. Si alguien los viese, los relacionaría con los trols de los cuentos, hablando en gruñidos y con los colmillos tan largos que se les salen de la boca.

También hay un par de chicas zanafh que caminan por la nave con aire de superioridad.

El resto, estamos todos en el mismo saco.

Urad, el chico krul, es pura amabilidad, lo que contrasta con su mole de cuerpo. Tiene la piel de color amarillo apagado y un solo ojo en medio de la frente, lo que me ha hecho preguntarme en numerosas ocasiones cómo es tan bueno disparando en distancias largas.

Observo al resto mientras se lanzan cucharadas de puré de patata enmohecido; la verdad es que nunca me había imaginado formar parte de un grupo tan pintoresco, ni siquiera en la Academia. Las chicas no me miran con aires de superioridad, y los chicos me tienen en cuenta; incluso he percibido alguna mirada desde el fondo de la sala en los entrenamientos, aunque tal vez me esté equivocando. Los tres compañeros yigyis de Hillmight, Noyka, Aras y Balp, han sido bastante abiertos conmigo, teniendo en cuenta la bienvenida que me dieron en mi primer día. Mothsadra se ha convertido en una de mis mejores amigas, casi como Abbie y Wielia. Destierro ese recuerdo; tengo que tener la mente despejada para mañana, y otro ataque de ansiedad no me ayudaría en absoluto.

Soy la única humana del grupo; creo que es porque a nosotros nos cuesta más que a otras razas que nuestros poderes se extiendan a más de un ámbito.

Cuando estamos acabando de cenar, la nave sufre una sacudida que hace que me ponga tensa enseguida. Mi amigo, sentado a mi lado, me pone una mano sobre el hombro.

─Tranquila; solo hemos aterrizado.

Asiento con la cabeza, pero se me ha hecho un nudo en el estómago.

No tardamos mucho en irnos a dormir.

 

Despierto en la cama de Hillmight; anoche le estuve contando mi episodio nervioso, y después él me estuvo hablando de su vida antes de Ra-ba antes de que me quedara dormida. Resulta que era el menor de diez hermanos y que sus padres nunca tuvieron demasiado tiempo para él. Cuando descubrieron todo el potencial de sus poderes, tuvo que escapar de casa y arreglárselas solo hasta que la organización lo encontró.

Me desperezo y bajo las escaleras de la litera. A mi lado, Chuck y Sullivan me miran de reojo con mala cara.

Miro el reloj, más dormida de lo normal; hoy la campana ha sonado una hora y media antes. Me visto perezosamente y acompaño al resto al comedor cogida del brazo de Chuck, que sigue pareciendo enfadado.

Nos quedamos un poco por detrás del grupo.

─No deberías encariñarte demasiado ─comenta.

─Lo sé.

 

Los minutos después del desayuno son caóticos, o puede que me parezca así por los nervios.

Aun habiéndome puesto el traje antes, me sigo sintiendo incómoda y pesada. Me han puesto una mascarilla conectada a la bombona de oxígeno que llevo a la espalda y un casco como el de los astronautas, pero aun así no puedo evitar pensar que se me va a acabar el aire. Paso el dedo por la juntura entre el traje y el casco para asegurarme, por millonésima vez, de que todo está bien fijado.

Vamos a descender a la superficie del planeta en una pequeña nave que normalmente se usa para esta clase de cosas; apenas consta de un habitáculo con unas cuantas sillas y la cabina del piloto. Las mercancías que recojamos irán a nuestro lado, atadas con velcros al suelo o a los asientos sobrantes. Solo estamos nosotros con el piloto y un par de oficiales de bajo rango; supongo que el resto de miembros del ejército van en otra nave. Nos sentamos en dos filas, con las espaldas apoyadas en la pared de la nave. Uno de los oficiales me echa una mano con los muchísimos cinturones que me ayudarán a fijarme al asiento.

Cuando se aparta, veo que Hillmight me mira desde el asiento que tengo delante. No puede hablarme por el intercomunicador que llevamos dentro del casco sin que los demás escuchen nuestra conversación, pero puedo apreciar que me sonríe. Me levanta un pulgar para mostrarme ánimo, y yo le devuelvo el gesto a pesar de lo que me tiembla la mano.

Todavía pasa un rato hasta que mis compañeros y los oficiales están sentados y bien atados a sus asientos. Yo me dedico a respirar hondo, lo que hace que se me empañe el cristal del casco.

Escucho una cuenta atrás, pero la voz que sale por los altavoces me llega muy amortiguada por el equipo que llevo. De repente, todo empieza a temblar. Cierro los ojos para no marearme.

No sé cuánto dura el descenso, pero de pronto alguien me posa una mano en el hombro. Es Urad. Me sorprende que parezca más nervioso que yo hasta que recuerdo que, según Hillmight, estuvo viviendo un tiempo aquí con su familia antes de que le echaran. Le aprieto la mano y procedo a desabrocharme los cinturones.

Me pongo a la fila y pulso los botones que me han enseñado para que el oxígeno empiece a circular por la mascarilla. Inmediatamente noto un cosquilleo en las fosas nasales.

─¿Todos listos? ─pregunta una voz al principio de la fila.

Asentimos.

─Adelante ─dice la misma voz, y su dueño pulsa el botón para que la rampa descienda hasta la superficie del planeta.

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