El corazón me bombea con fuerza; ni siquiera escucho el sonido de mi respiración, aunque reverbera dentro del casco.
Según va avanzando la fila, noto el sudor debajo de los guantes. Me froto las manos en los pantalones de manera inconsciente, sin darme cuenta de que no va a servir de nada.
No quiero que llegue el momento de verme fuera, en un planeta extraño, pero la fila va avanzando lentamente hasta que me encuentro fuera.
No puedo observar a mi alrededor; me siento tan pesada que apenas puedo caminar. Bajo la rampa de la nave lentamente, ya que apenas puedo mover los pies.
─Anderson, no tenemos todo el día ─escucho la fría voz de Ben por el intercomunicador, lo que hace que se me encienda el rostro de la vergüenza al mismo tiempo que me inunda la rabia.
Todos mis compañeros están ya en la base de la rampa y están buscando a los soldados que les han asignado, así que hago un esfuerzo sobrehumano para bajar los metros que me quedan. Vale, puedo hacerlo. Poco a poco muevo los brazos; me voy adaptando a la mayor gravedad del planeta.
─Cadete Anderson, acompáñeme ─dice una voz de mujer por mi intercomunicador.
Me sobresalto; no me había dado cuenta de que otra persona se había situado junto a mí. Supongo que sea la soldado Martínez, aunque es difícil distinguir sus rasgos.
Sigo a la mujer; los pies se me llenan de un polvo extraño mientras camino. Aún sigo sintiéndome como si tuviese plomo en las venas en lugar de sangre, pero aun así consigo manejarme con algo más de soltura.
La jornada no es tan espeluznante como había esperado; solo consiste en comprobar el contenido de unas cajas y comprobar que está todo lo de la lista que me ha entregado Martínez. Todo son suministros para la nave; armas, ropa y comida de la que jamás había escuchado hablar. Distingo a algunos de mis compañeros mirando también dentro de cajas; otros se han acercado a un grupito de personas que parecen algo perdidas.
“Nuevos cadetes” pienso inmediatamente. Me pregunto cuánta gente de Rak-ba habrá en cada planeta vigilando constantemente a la población, buscado a gente como nosotros.
Cuando todas las cosas de la lista están tachadas, Martínez me hace una pequeña visita guiada por la base, que es parecida a una nave industrial terrestre; intento poner atención a todo para redactar el informe que nos han pedido. Ya casi no me cuesta caminar.
Terminamos la inspección y salimos al exterior. Un par de mis amigos andan vagabundeando por ahí, y los soldados hablan entre ellos algo más apartados. Martínez se une a ellos y yo me quedo sola. Mientras esperamos al resto para regresar a la nave, alzo la cabeza. El espectáculo es impresionante; tengo miles de estrellas y una de las lunas de Júpiter a la vista. Nunca había visto algo tan bonito.
Estoy tan concentrada mirando el espacio que tardo un momento en escuchar los disparos.

Me doy la vuelta tan rápido como me permite el traje. Los sonidos llegan amortiguados, pero puedo seguir la dirección del sonido de las balas con facilidad.
Intento salir corriendo en esa dirección; no me importa quién está disparando a quién, pero tengo que comprobar que mis amigos están a salvo. Sin embargo, la gravedad y la mano de la soldado Martínez sobre mi hombro hacen que mi avance se dificulte.
Intento seguir, pero la mujer apoya la otra mano sobre mi hombro derecho y tira de mí hacia atrás, arrastrándome con ella.
Antes de que darme la vuelta, alcanzo a ver a gente saliendo de la base y corriendo hacia nosotras; llevan trajes como el mío, así que por lo menos sé que por lo menos la mayoría de mis compañeros están bien.
Sigo notando la mano de la soldado Martínez tirando de mí. Consigo moverme y la sigo de vuelta a la nave. Me es difícil correr, pero al final conseguimos llegar.
Estoy jadeando; la rampa de la nave que nos ha bajado a la superficie del planeta sigue abierta, así que aún no puedo quitarme el traje.
Poco a poco, va llegando la gente. No distingo las caras de nadie.
Por último, llega una persona alta cargando a otra sobre sus hombros; un herido. Se me para el corazón. ¿Quién es?
Escucho el ruido de succión de la rampa al cerrarse, y después vuelve la vibración que indica que estamos regresando a la Siete Torres. La fuerza con la que nos elevamos nos tira al suelo; me pregunto cómo será la gravedad del herido como para movernos sin habernos siquiera atado a los asientos.
En cuanto la nave se ha estabilizado me apresuro a quitarme el casco, como el resto de mis compañeros.
−¿Estáis todos bien? –pregunta la soldado Martínez, contándonos.
Ben, que también se ha descubierto la cara, está inclinado sobre el cuerpo tendido en el suelo. La gruesa tela del traje espacial está agujereada en tres puntos distintos, y veo sangre plateada saliendo a borbotones de las heridas. No se mueve.
Me dedico a mirar a mis compañeros, tratando de averiguar quién es el que ha caído.
Inmediatamente, desearía no haberlo hecho; el herido es Hillmight.

He pasado debajo del agua ardiendo hasta que se me ha quedado la piel abrasada. Noto los ojos hinchados; supongo que he llorado. Parece que mi cuerpo no me corresponde.
El baño de chicas ha quedado vacío y ni siquiera me he dado cuenta de en qué momento he dejado de escuchar las voces de mis amigas. No me molesto en secarme, sino que me visto directamente y arrastro los pies hasta la habitación. Todos mis compañeros están sentados en círculos, algunos en el suelo, otros sobre las literas de abajo.
Me siento junto a Mothsadra en su cama y me uno al silencio que reina en el cuarto. Un rato más tarde, no sé si son minutos u horas, pregunto:
−¿Qué ha pasado?
El resto se miran entre ellos y empiezan a murmurar; otros parecen tan perdidos como yo. Mothsadra me mira; tiene los ojos verdes tan hinchados como los míos.
−Estábamos acabando el turno cuando, de repente, empezaron a disparar –dice. A pesar de que ha hablado casi en un susurro, ha conseguido callar el resto de voces; ahora, todos la escuchan con atención.− No eran soldados de la organización; sus trajes eran demasiado finos, y tenían armas muy rudimentarias. No lo entiendo; ¿quién querría hacernos esto a nosotros?
Sus ojos se llenan de lágrimas. Le paso un brazo sobre los hombros y Noyka, sentada en el suelo a nuestros pies, apoya la cara contra su rodilla. La amiga de Hillmight tiene muy mala cara.
Algunos abandonan el círculo para tumbarse sobre sus camas; otros se dedican a vagar por la habitación. Cuando suena la campana de la cena, nadie se mueve.
Fuesen o no amigos de Hillmight, todos parecen afectados. Aun así, todo el mundo evita hablar de él; supongo que nadie quiere ponerse en lo peor.
Quiero preguntar si nos dejarán ir a verle, pero nadie parece capaz de hablar. Ni siquiera estoy segura de si realmente quiero ir a verle. ¿Qué pasará si descubro que ha muerto? Se me para el corazón un momento solo de imaginarlo, y noto cómo me escuecen los ojos debido a las lágrimas. Aparto esos pensamientos de mi cabeza.
Dejo a Mothsadra y a Noyka consolarse mutuamente y voy a sentarme lejos de todo el mundo; necesito pensar.
Sopeso la idea que se me ha ocurrido a partir de la pregunta de mi amiga. ¿Habrá tenido algo que ver la gente de Henrie con el ataque? La perspectiva de que mi hermano pueda estar cerca me llena de ilusión; sin embargo, dudo que se limitara a lanzar disparos innecesariamente y volver con las manos vacías. Quiero pensar que tiene un plan elaborado para rescatarnos.
Sullivan y Chuck llegan a la habitación con el rostro acalorado, como si hubieran llegado corriendo. Me localizan inmediatamente y se lanzan a abrazarme.
−Dios mío, estás bien –dice mi hermano mientras me abraza hasta dejarme las costillas doloridas.
−¿Qué ha pasado? –pregunta Chuck mientras me abraza también.
Intento retener las lágrimas, pero la situación termina por desbordarme. Mi amigo me sienta sobre la cama y deja que llore sobre su hombro. Sullivan se arrodilla frente a mí y me coge las manos.
Cuando por fin dejo de llorar, me seco las lágrimas.
−Hubo disparos; no sé quién ha sido. Yo ya estaba fuera. Uno de mis amigos… −digo, y las lágrimas vuelven a mis ojos.
Ambos me abrazan hasta que se me hinchan los ojos por el llanto.
─¿Qué creéis que ha pasado? ─pregunto en un susurro.
Veo que mi hermano ha sabido leer entre líneas.
─No lo sé; en la sala de control son muy reservados cuando estamos delante, pero estoy seguro de que no ha habido avistamientos de otras naves. Quien sea que os haya atacado, no era de los nuestros.
Dejo caer los hombros.
Un grupo de sirvientes nos trae la cena en bandejas. Tengo hambre a pesar de tener el estómago cerrado, así que me obligo a comer. No he acabado la fruta cuando distingo una forma en el marco de la puerta. Es Ben.
─Cadete Anderson, señores Anderson y Evans, vengan un momento.
Trago saliva a duras penas; la última vez que estuve a solas con él, me dejó la cara hinchada y llena de moretones. No sé si podré enfrentarme a Ben después de los acontecimientos de hoy.
Miro a Chuck y a Sullivan, que parecen tan asustados como yo. Me levanto con pesadez y me dirijo a la puerta; los chicos me siguen de cerca. Noto las miradas de mis compañeros en la espalda. Supongo que no es normal que un oficial se moleste en venir a buscar a un simple cadete, y menos tan tarde.
Ben nos mete en la primera habitación que encuentra, que resulta ser un aula vacía.
Se apoya en una mesa y se cruza de brazos mientras nos mira, desafiante.
Me sudan las manos y noto mi corazón latiendo con fuerza; estoy segura de que el resto también lo pueden escuchar.
Después de un rato de silencio, Ben lo rompe:
─¿Se puede saber qué habéis hecho?
Me sobresalta el tono de su voz; está prácticamente gritando. No me atrevo a mirar a Sullie ni a Chuck, pero es obvio que los tres estamos de acuerdo en que Ben ha pensado lo mismo que nosotros; que los autores del tiroteo han sido Henrie y los suyos.
Me inundan la esperanza y el miedo a partes iguales; esperanza porque, si él también lo cree, probablemente estaremos más cerca de nuestra salvación de lo que pensábamos. Y miedo por lo que nos puedan hacer en caso de que descubran que ha sido mi hermano, y por lo que le puedan hacer a él si le pillan.
─No hemos hecho nada ─dice Chuck, y me sorprende que sea el primero en hablar.
Miro a Sullie de reojo; está lívido. Probablemente se le ha ocurrido lo mismo que a mí.
La expresión de Ben no ha cambiado; se nota que no nos cree. Inclina la cara hacia su hombro y pulsa el botón del intercomunicador que lleva prendido en la capa.
−Sala 201A. Necesito que lleven a tres personas a la celda 726.

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