No me lo puedo creer; ha vuelto a encerrarme en una celda. Sin embargo, Ben se ha limitado a dejarnos aquí a los tres y desaparecer, aunque sigo sin entender por qué.

No dejo de dar vueltas, a pesar de que estoy agotada. Siento que, si no me muevo, terminaré de derrumbarme, y no quiero dar esa impresión.

─Sky, empiezas a marearme ─dice Chuck desde su posición, sentado en el suelo en la esquina más alejada de la puerta.

Sullivan está tranquilo, mirando al frente con expresión decidida, lo que me hace sentirme hasta peor; sé que mi hermano se sacrificaría por mí si pudiera.

No dejo de pasearme por el cuartucho hasta que la puerta se abre de nuevo. Distingo la figura de Ben; la he observado con detalle en demasiadas ocasiones como para reconocerla en cualquier parte, incluso a contraluz. Cuando miro a la otra persona, me quedo helada en mi posición, justo a mitad de una zancada; es Ángela.

La mujer mira a su alrededor con aire altivo; su presencia inunda la estancia, a pesar de que es igual de alta que yo.

Noto una presencia en el borde de mi mente e inmediatamente sé que es ella, a pesar de que no me mire a los ojos; he practicado este ejercicio en mis entrenamientos un millón de veces. Trago saliva; los telépatas normalmente no son peligrosos, pero hay algunos especialmente fuertes, capaces de controlarte y obligarte a hacer lo que ellos quieran, como obligarte a desembuchar hasta el último de tus secretos, como poco. No me cabe la menor duda de que Ángela es una de ellos.

¿Quién está detrás del tiroteo?, pregunta una voz suave en mi mente.

No lo sé, me esfuerzo en pensar, dejando traslucir que lo que estoy diciendo es verdad.

Noto su presencia ahondando más profundo en mi mente, por donde pasan todos mis sentimientos de las últimas horas; la tensión, el miedo porque Hillmight haya muerto y la esperanza poco probable de que sea Henrie el que haya iniciado el tiroteo.

Noto que la personalidad de Ángela se desvanece tan rápido como ha aparecido. Sin embargo, ella se queda; supongo que estará haciendo lo mismo con los chicos.

−No saben nada –admite Ángela después de un rato de silencio; casi puedo oler la rabia de Ben−. Pero mantenles con vigilancia.

Y abandona la celda sin casi dignarse a mirarnos. Ben nos lleva de nuevo al cuarto. A pesar de que lo peor ya ha pasado, no puedo dejar de temblar. Tengo la sensación de que el general no ha quedado contento con habernos leído la mente; quiere saber quién está detrás del ataque, y piensa que nosotros podemos darle esa respuesta. Estoy segura de que, antes o después, intentará sacárnosla.

Nada más llegar, me derrumbo sobre la cama, con la cara sobre la almohada. Mis compañeros están preparándose ya para dormir. Muchos me miran, pero por mi expresión deben apreciar que no me apetece hablar.

Escucho el chasquido de las luces al apagarse, y es entonces cuando me permito ponerme a llorar de nuevo.

 

No consigo dormir. La esfera fluorescente de mi reloj indica que son las cuatro de la mañana, hora de Nueva York. Me giro en la cama para ponerme sobre la espalda. Cualquier ruido consigue alterarme; pienso que Ángela y sus oficiales van a venir a buscarme para deshacerse de mí. Incluso el continuo ronroneo del motor de la nave me parecen pasos. La paranoia de los primeros días vuelve a acosarme, y la presencia de dos guardias en la puerta no ayuda demasiado.

Vuelvo a rodar sobre el colchón para ponerme de costado. Mothsadra estaba esperándome cuando llegamos, y me dijo que habían avisado de que Hillmight seguía vivo y mejorando; por lo menos, el día ha tenido algo bueno.

Cuando suena la campana que nos levanta, yo aún sigo despierta. No me quiero imaginar la cara que tengo mientras me visto y me arrastro como un zombi por el pasillo.

La actividad en el comedor sigue como siempre, pero nosotros estamos demasiado callados; yo ni siquiera soy capaz de comer, a pesar de que sé que mi amigo está bien.

Aun así, media hora después me arrepiento de no haber desayunado; Ben nos somete a uno de los entrenamientos más duros desde que estoy aquí, y cuando llevo dos vueltas corriendo empiezo a sentirme débil. Aun así, me niego a mostrarme así ante él, de modo que aprieto los dientes y sigo corriendo.

 

Increíblemente, cuando salgo del entrenamiento estoy mucho mejor; me he centrado tanto en los ejercicios que no he pensado en otra cosa. En el descanso de antes de la comida, alguien sugiere ir a visitar a Hillmight y todos asienten, aunque la mayoría más por morbo que por preocupación. Nunca he visitado la enfermería de la nave, pero dudo que dejen pasar a más de veinte personas de golpe.

Sigo pesadamente al resto, aunque intento poner atención al recorrido por si alguna vez tengo que encontrar la enfermería yo sola.

Mis amigos yigyis avanzan en fila de a tres por mi lado; ninguno tiene buena cara. De repente, lo siento mucho por ellos; estaba tan pendiente de mi propio dolor que no me he dado cuenta que no soy la única que conozco a Hillmight, y de que llevo junto a él menos tiempo que el resto del grupo.

La enfermería está en la primera planta, y es mucho más grande de lo que esperaba; de hecho, ocupa el piso entero. Debe haber un par de médicos de cada raza, por lo menos, y muchísimas camas puestas en hileras, pero aun así hay muchísimo espacio. Me sorprende que nos dejen pasar como si nada, pero la verdad es que nadie parece hacernos demasiado caso.

No nos cuesta encontrar a Hillmight; es el único enfermo aparte de un par de casos de resfriado y uno de indigestión. Tiene el torso lleno de vendas y, aunque está despierto, parece algo sedado. Aun así, sonríe levemente cuando nos ve.

Noyka se sienta al borde de la cama y coge su mano. Todo el mundo se arremolina alrededor de la cama y se da codazos para intentar hablar con él para hablar con él y preguntarle si recuerda algo; está tan drogado que ni siquiera se entera de la mitad de las preguntas, y una médico nos acaba echando por armar demasiado alboroto.

Dejo que todo el mundo salga antes que yo, y justo cuando me estoy dando la vuelta para alejarme, escucho un murmullo que viene de la cama de mi amigo.

─Sky. Sky.

Pronuncia mi nombre de una manera tan débil que, por un momento, temo estar imaginándomelo; aun así, echo una ojeada a mi alrededor para asegurarme de que nadie me está mirando y me arrodillo junto al catre.

Hillmight me coge la mano y yo le aprieto los dedos. Tiene la mano helada.

─Había una nave. Cuando me acerqué a mirar, dispararon…

─Señorita, les he pedido por favor que se vayan ─dice la misma mujer de antes─. Su amigo necesita reposo.

Le doy un beso en la frente a Hillmight y, después de prometerle que me pasaré de nuevo a la hora de la cena, abandono la enfermería con toda la tranquilidad posible.

En cuanto nadie me ve, salgo disparada hacia el ascensor. El corazón me late a toda prisa, y respiro a tal velocidad que la cabeza empieza a darme vueltas. ¿Una nave? Entonces, es posible que mis suposiciones sean ciertas;  Henrie está cerca.

Intento contener un grito de emoción mientras salgo al pasillo de la segunda planta. Sé que no se lo van a poner fácil; la Siete Torres es una nave gigantesca y bien armada, que además cuenta con una extensa red de mafiosos por todo el universo capaz de matar a cualquiera. Sin embargo, no conozco el apoyo con el que cuenta mi hermano, pero su gente es lo bastante hábil como para haberse acercado demasiado a nosotros la primera vez. Tal vez, la segunda vez sean capaces de sacarnos de aquí.

Entusiasmada, voy dando brincos hasta el comedor.

 

─Te está engañando ─me dice Sullie de manera cortante.

Ya hemos acabado de cenar y, aunque estoy agotada, he apartado a Sullivan y a Chuck para darles la noticia.

─No me está engañando; es mi amigo.

Él levanta una ceja.

─¿Y cómo es posible que nadie más que tu amigo se haya dado cuenta de que nos sigue una de las naves más importantes con las que cuenta el gobierno estadounidense con toda su flota de respaldo?

Resoplo, exasperada, pero sé que Sullivan tiene razón; aunque hubiesen conseguido burlar los detectores de la Siete Torres, en Júpiter hubiesen estado demasiado expuestos.

Miro a Chuck, que no me ha hablado en toda la noche. Está de pie, de brazos cruzados y mirándome con el ceño fruncido. Me sorprende verle así; él nunca se enfada.

Noto que me sube la rabia; me indigna que piensen que soy una idiota por fiarme de Hillmight. Decido no discutir y me meto en la cama sin desearles las buenas noches. A mi espalda, noto como ambos suspiran y les oigo subirse a la litera. Yo me tapo hasta las orejas para aislarme de todo el mundo, a pesar de que mis compañeros están jugando una última partida a las cartas y se les escucha reírse de vez en cuando.

 

El tiempo pasa. Hillmight sale de la enfermería a las dos semanas, totalmente recuperado, y para entonces llevo en la Siete Torres más de un mes. Me sorprende lo rápido que me he adaptado a la vida aquí.

Todo el mundo parece haberse olvidado de lo que pasó en Júpiter, y ahora todos se quejan porque no nos han vuelto a llevar de misión, a pesar de que hicimos una nueva escala hace dos días. En cuanto a mí… por una parte estoy contenta; no me gustaría tener que afrontar otra crisis nerviosa ante la perspectiva de verme fuera de la nave. Sin embargo, otra parte de mí espera volver a salir. Quiero ayudar a Henrie por si intenta volver a sacarnos de aquí.

No he vuelto a discutir esa teoría con los chicos, obviamente. Las cosas entre nosotros ya se pusieron mal cuando lo hablamos la primera vez, y estuvimos dos días sin dirigirnos la palabra. Ahora que las cosas han vuelto a la normalidad, no quiero estropearlo, pero estoy convencida de que estoy en lo cierto.

Y pienso estar preparada.

 

 

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