Por la mañana son todas las pruebas teóricas, salvo una de las optativas; es materialmente imposible que nos dé tiempo a todo en un mismo día. Nos examinamos todos juntos de las asignaturas comunes en las respectivas aulas, y luego hacemos las optativas.
Mientras nos dirigimos a los ascensores, veo a muchos de mis compañeros revisar sus apuntes por última vez, comentando con sus amigos las cosas más importantes.
Abbie camina sin despegar la mirada del libro.
Mi seguridad en mí misma empieza a flaquear, y me arrepiento de no haberme bajado mi libro de teoría de la magia general, el primer examen. Ver a tanta gente repasando me pone nerviosa.
Todo el mundo cuchichea, intentando recitar de memoria las preguntas que creen que caerán y corrigiéndose unos a otros. Noto un familiar cosquilleo en la punta de mis dedos.
Me obligo a respirar hondo mientras me meto en el ascensor. Inmediatamente acabo en el fondo, sepultada por mis compañeros. Respiro de nuevo e intento repasar mentalmente las ideas principales, pero los conceptos no acuden a mi mente. Me sudan las manos.
Llegamos a la novena planta, donde está el aula de teoría general. Nos aglomeramos en el pasillo, en silencio, mientras nos van llamando por orden alfabético de apellidos. Yo seré de las primeras, algo que me reconforta; así no tendré que recorrer toda la clase, haciendo ruido, para entregar mi examen.
─Anderson, Sky.
─Suerte ─susurran Wielia y Abbie.
Asiento; siento que, si digo algo, devolveré el desayuno.
Paso olímpicamente de la montaña de bolsos y mochilas que hay a la entrada; vine tan confiada que solo traje mi pluma de la suerte, tachonada de cristales verde esmeralda. Me la regaló mi padre cuando entré en la Academia, y me aguanta desde entonces.
Me siento en la silla que me corresponde, entrelazo las manos sobre el pupitre y cierro los ojos. Casi puedo escuchar la voz de mamá, repitiéndome que visualice el éxito y no sea así de agonías. Me gustaría que todo fuera tan fácil como lo dice ella. Por mucho que luche contra los nervios, siempre van a seguir ahí.
Sigo respirando hondo e intento distraerme mirando por la ventana. Me encantaría estar en la calle; hace un día perfecto, de esos que anuncian la primavera. El cielo está perfectamente azul, el aire huele a hierba y no hace demasiado calor.
Antes de que me dé cuenta, el último alumno de la clase se ha sentado. Los folios en blanco vuelan desde el escritorio de la profesora y se colocan solos sobre nuestros pupitres. Inmediatamente les siguen las hojas de las preguntas, dadas la vuelta, como siempre.
Recuerdo que, en mi primer año, me fascinaban los métodos que tenían los profesores para repartir los exámenes. Sin embargo, a estas alturas no me sorprende ver folios moviéndose solos.
La señorita Wilson, o Mandy, como prefiere que la llamemos, pregunta si todos tenemos hoja. Sí, todos tenemos. Comprueba su reloj de pulsera y dice, al mismo tiempo que suena el pitidito del cronómetro:
─Empezad.

El examen dura dos horas. Bueno, dura dos horas si escribes tanto como yo. Hay algunos que se han marchado del aula a los diez minutos.
Al principio, cuando vi las preguntas, me quedé en blanco. Tranquilizarme me llevó cerrar los ojos y respirar profundamente un par de veces.
Cuando salgo del examen, bastante más tranquila, me dirijo al aula de runas, en la quinta planta. Decido bajar por las escaleras; hay demasiada gente esperando en los ascensores.
Me reúno con Abbie a la puerta; Wielia no está por ninguna parte.
Las runas son el lenguaje de la magia que somos capaces de llevar a cabo los humanos, pero sé que en otros planetas utilizan otros procedimientos. Los aunüres, por ejemplo, utilizan una especie de pintura hecha con sangre y una clase de arena fina, roja también.
Hay razas que tienen métodos mucho más… radicales, por decirlo de algún modo. Dicen que en Dragwe creen que los sacrificios de niños son los que generan la magia. No sé si es cierto, pero sí que es un poco escalofriante.
Las voces de los alumnos reverberan en el pasillo haciendo más ruido del normal hasta que llega el señor Debison, un hombre bajito y calvo que entorna mucho los ojos debido a que pasa muchísimas horas rodeado de libros con letra diminuta.
El profesor nos obliga a hacer los exámenes y proyectos de clase en pergamino. No sé dónde encuentra tanto hoy en día, y hay quien dice que lo fabrica con su propia piel.
Intentando no hacer caso de eso ahora, copio las preguntas que dicta y rápidamente me pongo a contestar.

Para cuando acaban los exámenes de runas, historia de la brujería y humanología, estoy machacada. Aún me queda el de idiomas de la Tierra y todas las pruebas prácticas, y pensar en la tarde que me espera hace que me baje un poco la moral. Por lo menos las manos ya no me tiemblan de los nervios.
Me dirijo a la cafetería junto a Abbie y Wielia. La sala está bastante llena, pero no lo suficiente como para tener que gritar para escucharnos al hablar. Algunos de mis compañeros llevarán bastantes noches sin dormir, e intentarán aprovechar para ello antes de las pruebas prácticas.
Todos los años hay que arreglar algún desperfecto. Los nervios o la falta de sueño suelen afectar a los estudiantes, y siempre hay algún pequeño incendio, inundaciones o algún que otro alumno que se ha quedado convertido en ganso y no es capaz de volver a su forma original.
Se cuentan historias de alumnos que se volvieron locos, o que murieron durante su examen y su espíritu sigue rondando por aquí.
Los profesores siempre nos recomiendan estar descansados y relajados. Por si acaso.
Considero echarme una siesta yo también porque, aunque he descansado, sé que me pondré nerviosa si me quedo repasando hechizos con mis amigas. Sin embargo, la comida se extiende demasiado, como si quisiéramos retrasar el momento de inicio del examen. Apenas tenemos diez minutos para hacernos hueco para llegar a los ascensores y bajar al sótano.

Las salas donde hacemos los hechizos están muy por debajo de las instalaciones deportivas, y tienen gruesas paredes acolchadas para evitar que se caigan por algún conjuro mal dirigido. La verdad es que dan un poco de miedo; me recuerdan a la vez en que tuvimos que ir a visitar a Marq al hospital de heridas mágicas, donde estuvo durante casi dos meses porque un amigo suyo le había dado sin querer en la cara con un hechizo mientras competían fuera del horario de clases. Estuvo todo ese tiempo con la piel verde y llena de ronchas y una buena infección.
Al igual que las aulas, cada una está designada a una materia, y los alumnos se han congregado a la puerta de la sala en la que se han especializado sus poderes. Por un momento me siento sola. Todos mis compañeros saben dónde encajan, y han hecho amigos en su clase de hechizos, con los que repasan o hacen combates. Sin embargo, yo me paso las horas dando tumbos entre las clases, y ni siquiera me da tiempo a asistir a todas. En ninguna de ellas me siento tan cómoda como para acercarme a hablar con alguien. Bueno, más incómoda de lo normal cuando se trata de hablar con gente.
Me siento con mis dos amigas en el centro del pasillo con el libro de idiomas sobre las piernas. Como las pruebas prácticas de cada alumno pueden alargarse horas o ser muy cortas en función de sus habilidades, la profesora Murray ha establecido que su examen sea por la noche.
Abbie es la primera a la que llaman, y Wielia desaparece poco después. Abro el libro y trato de concentrarme, pero las risas de los demás captan demasiado mi atención.
Me quedo mirando la pared que tengo delante. Por los pequeños ventanucos de las puertas se ven destellos de hechizos.
Me llaman de aquí y allá, y recorro el pasillo mil veces a lo largo de toda la tarde. Las pruebas mágicas no son tan temibles como me las habían pintado, pero sí son agotadoras. Me hacen adivinar lo que el examinador está pensando, escalar la pared prácticamente lisa, atravesar la puerta sin abrirla, hacerme invisible y cambiar el color de mi pelo en milésimas de segundo.
Cansada pero satisfecha, me dirijo al ascensor junto a los pocos alumnos que quedan por aquí y subo a la cuarta planta para mi último examen.

Cuando llego a mi habitación me quito las zapatillas y me desplomo boca abajo en la cama, sin desvestirme siquiera. Tiro mi libro de idiomas y mi pluma al suelo.
A pesar de que estoy cansadísima, no puedo dormir. El día de hoy decidirá mi último año en la Academia y el resto de mi futuro. Sé que lo he hecho bien, pero mi filosofía es pensar siempre que voy a suspender; así, si algo no me ha salido tan bien como esperaba, tengo asumido el golpe. Y si apruebo, bueno, me llevo una doble alegría.
Poco a poco, me voy quedando dormida con la salida del sol.

Cuando me despierto, es media mañana. Mi primer pensamiento es que llego tarde a clase. Mi cuerpo se tensa y empiezo a preparar rápidamente el bolsón de los libros, pero me relajo enseguida. No han dado toda la semana libre mientras los profesores corrigen los exámenes. A pesar de ser martes, me tiro de nuevo en la cama y remoloneo diez minutos más antes de ducharme y vestirme.
Se me hace raro no tener nada que hacer. Siempre tengo los días ocupados en clase, los estudios o el deporte, así que cuando tenemos algo de tiempo libre me duelo dedicar a encerrarme en mi habitación a leer o a limpiar mientras el resto de mis compañeros aprovechan para salir a la ciudad. Supongo que hasta el próximo lunes tengo tiempo de volver a casa, así que arranco una hoja de un cuaderno, garabateo unas pocas líneas y la meto en el buzón que está fuera de mi cuarto, al lado de la puerta.
Alguien se encargará de mandársela a mis padres; espero que no tengan inconveniente en que me deje caer. Al contrario de lo que piensa la gente normal, no tenemos ningún sistema mágico para comunicarnos entre nosotros; ni siquiera los telépatas pueden hacerlo siempre que quieran. Tengo que acordarme de pedir un permiso en recepción más tarde.

Las pocas caras que veo en el desayuno parecen a punto de caerse encima de la mesa debido al sueño. No veo a ninguna de mis amigas, así que tomo un café rápido y me dirijo a la habitación de Wielia, que está en mi misma planta.
No me ha dado tiempo a salir de la cafetería cuando estoy a punto de darme de frente contra Chuck, que tiene el mismo aspecto despistado de siempre.
Sus ojos parpadean, sorprendidos, detrás de las gafas.
─¡Sky! Cuanto tiempo sin verte…
Chuck es mi mejor amigo desde primer año y el único contacto directo que tengo con hombres, sin contar mis hermanos. Tiene el pelo rizado y castaño, la nariz larga y un poquito respingona y labios carnosos. Sus ojos oscuros están ocultos tras unas gafas de pasta con culo de vaso.
Aunque compartimos casi todas las clases, podemos pasar días enteros sin hablar o sin ni siquiera vernos; mi amigo suele pasar mucho tiempo en su habitación, enfrascado montando y desmontando todo tipo de cacharros o leyendo mitología de todos los mundos, y yo tampoco suelo salir demasiado. Sin embargo, sé que siempre puedo contar con él.
─¿Desayunas conmigo? ─pregunta.
─Ya he desayunado, pero te acompaño. Tenía pensado atravesar la puerta de Wielia después, para darle un susto. ¿Te apuntas?
─Claro ─murmura, y se me queda mirando.
Chuck es telequinésico; mueve objetos con la mente Es una de esas personas que parecen asombradas con mis poderes; le parece increíble que no se hayan equilibrado. A lo largo de nueve años he tenido que aguantar sus constantes teorías al respecto, entre ellas ser hija de un brujo y un ángel o haber salido del caldero de un aquelarre de brujas malvadas.
Espero tranquilamente mientras mi amigo desayuna; suele tomarse su tiempo para comer. La cafetería está algo más llena.
Cuando Chuck termina, avanzamos por el pasillo, hablando tranquilamente. Por el camino nos cruzamos con Zack, que lleva a Miri colgada del cuello mientras le da besitos tontos en la cara. ¿Por qué no se puede quedar en su planta? Detrás de ellos veo todo el séquito de ambos, a pesar de que las habitaciones de la mayoría no están en este pasillo.

La puerta de Wielia está prácticamente frente a la mía. Chuck llama suavemente, pero nadie contesta; seguramente mi amiga siga dormida.
Me concentro para volverme inmaterial y atravieso la puerta. Chuck tiene que usar su telequinesis para mover el cerrojo y abrir la habitación.
Wielia está tumbada de lado en su cama, con la colcha y las sábanas hechas un barullo a los pies. Lleva solo una camiseta amplia de color negro que contrasta contra su piel, casi fucsia.
Me tiro gritando sobre ella, y mi amiga se incorpora de un salto, con los ojos muy abiertos. Me echo a reír, y Chuck me sigue. Después de un momento, ella también lo hace.
Mis amigos son los únicos con los que me comporto de manera mínimamente alocada. Cuando conseguimos dejar de reír, salimos del desorden de habitación de mi amiga para dejarla vestirse y bajamos a la planta once a buscar a Abbie, que no se toma tan bien que nos colemos en su habitación. Los tres nos reunimos arriba con Wielia y mis dos amigas van a desayunar. Chuck y yo nos encerramos en mi habitación; no me importa que vea mi cama deshecha o mi ropa por el suelo. Hay demasiada confianza.
Me siento en la silla y él sobre el escritorio. Me mira por encima de sus gafas.
─¿Qué tal tu examen?
Suspiro y me encojo de hombros. No quiero recordarlo, solo pensar en el día de ayer hace que se me acelere el corazón por los nervios.
─Como cabía esperar. ¿Tú?
─Me refiero, ¿acabaste cansada? ¿Cuántas pruebas prácticas te hicieron?
Hago un gesto con la mano.
─No sé, Chuck. ¿Tanto importa?
─Tengo una nueva teoría.
Pongo los ojos en blanco, pero le dejo hablar. Me la va a contar de todas maneras, y ya me he acostumbrado a sus hipótesis, cada cual más loca; incluso he empezado a desarrollar cierta curiosidad sobre cuál será su próxima idea. Apoyo los pies sobre la mesa y le miro.
─Eres la séptima de tus hermanos, ¿verdad?
Asiento; no sé a dónde quiere ir a parar.
─¿Y tus padres? ¿Qué me dices de ellos? Quiero decir, su familia, tus tíos y eso.
Pienso.
─Mamá es la última de siete, también. Y papá… era el séptimo de ocho, pero el menor murió a los pocos años de nacer.
Chuck da una palmada, asustándome.
─Lo sabía. Y es más importante de lo que pensaba.
─¿Qué estás pensando?
Mi amigo baja del escritorio y saca un libro más grande que yo de la mochila que ha dejado tirada en el suelo. Me lo pone sobre las rodillas; pesa. Está encuadernado en piel suave y gastada, de color marrón rojizo, y huele mucho a polvo y a algo raro. No se ve el título ni ningún dibujo en la portada o en el lomo.
Le miro, extrañada.
─¿Qué es?
─¿Has oído hablar alguna vez del séptimo hijo del séptimo hijo?
Me encojo de hombros.
─No. ¿Debería?
Chuck suspira.
─¿Es que no sabes nada? -.al ver mi expresión incrédula, suspira de nuevo y se acomoda en el escritorio─. A los séptimos hijos de un séptimo hijo, se les augura un destino especial. Algo así como matar al dragón que amenaza al pueblo, ser un rey generoso y justo… o un brujo poderoso.
Me mira enarcando una ceja, y a mí me cuesta un momento procesar lo que acaba de contarme.
─Ah no, no. Mis poderes no se deben a ser la séptima ni a nada de eso, ya lo sabes. Solo es que… No sé, quizás haya sido mi formación, o…
Enseguida me doy cuenta de que lo que estoy diciendo es una tontería.
─Has recibido la misma formación que yo, Sky. Eres especial, ¿no lo ves? La séptima hija de dos séptimos hijos… Eso explica que tus poderes nunca se hayan enfocado en ninguna rama. Puedes hacer grandes cosas.
Me acomodo más en la silla, con los codos apoyados en los brazos de hierro negro. Me dedico a dar vueltas un rato sobre mí misma. Cuando me detengo, clavo una mirada irónica en Chuck.
─Interesante. ¿Me acompañas abajo a por un permiso? Voy a visitar a mis padres; tal vez pueda preguntarles si de niña tenía algún brazo extra o era radiactiva.
Mi amigo pone los ojos en blanco y me lanza el diccionario de runas a la cabeza, pero baja conmigo a recepción.

Me acodo sobre el mostrador mientras contesto las preguntas rutinarias de la insulsa mujer detrás del cristal, que lleva trabajando aquí desde antes de que Sullie, mi hermano mayor, viniese a estudiar.
Cuando termina el proceso, imprime un papel con mis datos y me lo entrega al mismo tiempo que teclea algo en el ordenador; seguramente esté notificando mi solicitud de permiso a las oficinas centrales del edificio. Por lo menos no me ha pedido una autorización firmada por mis padres, cosa que hacían hasta finales del curso pasado.
Le doy las gracias educadamente y subimos en el ascensor.
Aunque tenía ganas de ver a mis padres, que se tomen en serio la teoría de Chuck me asusta. ¿Sabrán algo de los séptimos hijos? ¿Esperarán algo de mí?
Espero que, al igual que las otras veces, se lo tomen como otra de las extravagancias de mi amigo.

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