Cuando la abuela cocina, lo hace como si fuera a alimentar al ejército de Estados Unidos y no como si solo fuéramos tres a la mesa.
Ha cocinado huevos fritos y revueltos, tortilla, beicon, salchichas, churros, macedonia y, por raro que parezca, croquetas y alitas de pollo. También ha preparado café, chocolate y tres zumos de fruta distintos.
Voy por la tercera taza de café cuando me pregunta:
─Bueno, Sky, entonces ya has terminado el año ¿verdad?
Le doy un sorbo al café y miro discretamente al abuelo, que me hace un gesto afirmativo. Supongo que no le ha contado nada para no preocuparla; la abuela no es bruja, y probablemente se asustaría al pensar que hay alguien poderoso persiguiéndome.
─Sí, eh… He aprobado todas las asignaturas, y me han dado ya las vacaciones ─me encojo de hombros; es en parte cierto, ya que al aprobar el curso hubiera podido irme a casa cuando hubiese firmado los papeles necesarios─. Así que pensé en venir a veros.
Ella sonríe. Tiene el pelo muy blanco y los ojos grandes y oscuros; siempre muestra una expresión tranquila. Nunca la he visto enfadada.
Cuando termino el café, me levanto y la ayudo a secar los vasos y colocarlos en las alacenas a las que ella no llega, a pesar de que yo tampoco soy demasiado alta.
─Vete a la cama, cielo. Pareces agotada ─dice cuando termino.
Yo no me hago de rogar; la verdad es que estoy cansada después de toda la noche sin dormir. Le doy un beso y subo a mi habitación, que es la misma buhardilla pequeña en la que he dormido toda la vida. El abuelo ha puesto mi mochila encima de la cama en la que suelo dormir. Me quito los zapatos, tiro la bolsa al suelo y me meto entre las sábanas; nunca duermo destapada, aunque fuera haga cuarenta grados.
Noto algunos de los muelles del colchón, que es viejo y está desgastado en la zona del centro debido al uso. Parece que se ha adaptado a mi cuerpo, y las sábanas huelen a limpio.
Me quedo dormida enseguida, con la sensación de estar en casa.

Despierto varias horas después, sin saber cuánto tiempo he pasado en la cama. Remoloneo tranquilamente; la amenaza de una persecución mágica suena demasiado fantástica.
La buhardilla tiene un pequeño baño anexo, que me recuerda mucho a mi baño de la Academia. Paso entre los otros nueve colchones (en ocasiones especiales nos reunimos más de veinte personas aquí y hay poco espacio para dormir) y me doy una buena ducha fría para espabilarme. Me pongo unos vaqueros limpios y hurgo en el fondo de la mochila hasta dar con una camiseta y una sudadera de la universidad de El Cairo que perteneció a Lianna, mi otra hermana.
La abuela está cocinando y el abuelo está sentado en una silla, leyendo el periódico. Parece que se ha adaptado muy bien a la vida no mágica que lleva la abuela. Es raro que un brujo decida casarse con alguien del mundo humano.
El reloj de la cocina dice que son casi las tres de la tarde.
─¿Me ayudas un momento en la huerta? ─pregunta el abuelo sin levantar la mirada del periódico.
Claro; querrá hablar conmigo en privado de todo lo de ayer. La tranquilidad desaparece y se me hace un nudo en el estómago.
Le sigo por los pasillos hasta el patio de atrás, donde cultivan su propia comida. Aunque el abuelo se haya acostumbrado a casi no usar la magia, no ha perdido su vieja costumbre de no fiarse de nadie. Seguramente piense que alguien va a envenenar su cena. Creo que le viene de la época de cuando trabajaba; no tengo muy claro a qué se dedicaba cuando era joven, pero según papá ayudó a poner en manos del gobierno a brujos metidos en actividades algo ilegales.
Él coge una de sus herramientas, se pone unos guantes de cuero hasta los codos y me tiende un saco más grande que yo. Nos dirigimos al fondo de la huerta y se agacha para sacar las zanahorias de la tierra, que me va dando para meterlas en el saco. Trabajamos en silencio un buen rato.
─¿Te ha explicado Chuck por qué estás aquí?
Todos los veranos, mi amigo pasa un par de semanas aquí, y yo paso el mismo tiempo en la nave de sus padres; su casa, como les gusta llamar al armatroste metálico, es impresionante. Mi abuela suele decir que mi amigo ya es uno más de la familia.
─Sólo sé que es por… los poderes ─digo esto último bajando la voz.
Tengo la sensación de que alguien me escucha, a pesar de que aquí solo estamos nosotros y un cuervo que se ha posado en una rama del manzano de la esquina.
─Por lo demás, no tengo mucha idea.
El abuelo suspira y se incorpora, mirándome con fijeza. Se parece muchísimo a papá, salvo por los ojos oscuros y porque es bastante más bajo. Se sacude la tierra en los pantalones y se quita los guantes con parsimonia, sin dejar de mirarme.
─Te persiguen.
Pongo los ojos en blanco; no quiero contestarle mal, pero hasta ahí había llegado. Aunque intento parecer tranquila, siento una punzada de nerviosismo.
─¿Quién?
─Es una larga historia. Se trata de una… organización criminal, llamémosla así. Se llama Rak-ba. No sé qué significa.
Cuando era más joven luché para tratar de combatir sus actividades, pero son escurridizos. Y muy peligrosos.
No sé cómo hablarte de su líder. Debería estar muerta desde hace tiempo. Recuerdo perfectamente la única vez que la vi; habíamos parado en Aunür, y descubrimos su campamento. Pensábamos que les habíamos perdido la pista.
El caso es que les pillamos por sorpresa. Muchos murieron, pero Ángela… recuerdo que uno de mis compañeros consiguió dispararle al pecho. Ella siguió disparando a los nuestros como si nada y luego regresó a su nave.
No murió, sino que durante años tuvimos constancia de otras actividades de la nave. Sabíamos que nunca les atraparíamos, y con los años dejamos de perseguirles.
Nos quedamos en silencio un buen rato, mirándonos. Trago saliva y empiezo a ponerme paranoica; si la idea de huir de alguien desconocido me ponía enferma, el que esos desconocidos sean una organización criminal conocida en todo el universo y cuya líder es inmortal hace que me maree.
─¿Qué buscan? ─digo, y mi voz sale más débil de lo que pretendo. Todo esto es mucho más de lo que había imaginado.
─Poder. Hasta ahora han reunido un ejército enorme, pero imagínate lo que harían con unas pocas personas como tú. No solo serán más poderosos, sino que también será más fácil ocultar y controlar a sus soldados en caso de necesidad, al ser menos numerosos.
Las piernas me empiezan a temblar.
─¿Cómo me ha descubierto?
El abuelo se encoge de hombros.
─Sospechamos que tienen espías en diversas partes del universo. Supongo que la Academia es un lugar obvio, con tanta gente joven y manipulable.
La idea de que alguien conocido pueda haberme traicionado me da náuseas. Es la primera vez desde que Chuck me habló sobre mis poderes en la que realmente tengo miedo. No me tiemblan las piernas ni noto sudor frío en las manos. Solo tengo la certeza de que, si no me escondo, me convertiré en una soldado a las órdenes de una inmortal, o acabaré muerta. No es una idea que me apasione.
Enderezo la espalda y suspiro profundamente unas cuantas veces. Intentaré no ponérselo fácil.
─¿Estarán bien?
─No creas que nosotros no os hemos tenido vigilados. Tu familia estará bien, y también tus amigos. Vamos a comer.
Suspiro, aliviada; por lo menos, a ellos no les salpicará todo este asunto. Entonces, recuerdo una cosa que me acaba de decir.
─¿Has dicho que hay más gente como yo?
Él se quita los guantes y los aparta antes de contestar.
─Sí.
No da más explicaciones, pero no sigo haciendo preguntas. No me dirá nada más.
Acompaño al abuelo a la cocina. La abuela no está, seguramente ya ha comido y se ha ido a descansar, pero hay otras dos personas en la cocina.
Reconozco al que está de pie, un hombre moreno de treinta y cinco años, alto y con sombra de barba.
─¡Sullie!
Me lanzo a los brazos de mi hermano, que me levanta del suelo y me abraza con fuerza.
─Menos mal que estás bien ─me dice. Me reconforta estar así, aspirando su olor. Hacía casi dos años que no le veía─. Henrie quería venir, pero ha tenido que quedarse trabajando. Me ha dicho que te de recuerdos.
Asiento. Henrie es el tercero de mis hermanos, y trabaja con Sullivan en el cuerpo de seguridad intergaláctica. Mientras mi hermano mayor está en el cuerpo de batalla, Henrie es el cerebro de todas las operaciones.
─¿Y tú qué haces aquí? ─le pregunto.
El abuelo contesta por él.
─Te hemos asignado dos protectores; nos ayudarán a mantenerte a salvo.
Entonces miro al otro chico, que ha permanecido sentado todo este tiempo en el largo sofá adosado a la pared, con los antebrazos apoyados en la mesa. Ben.
Me sonríe y me saluda con la mano; tiene una expresión ligeramente culpable, pero se ríe al ver mi expresión de desconcierto.
─Parece que has visto un fantasma.
Parpadeo, incapaz de decir nada.
─Solo estoy… sorprendida ─consigo tartamudear.
─Sentaos, seguro que tenéis hambre. Es mejor hablar con el estómago lleno ─dice el abuelo.
Le ayudo a coger los platos del aparador; me tiemblan las manos y agarro la vajilla con fuerza, con miedo de que se me caiga. Hablo con Sullie acerca de su trabajo (no sé por qué, todos mis hermanos están metidos en puestos de información confidencial, y no me pueden contar mucho). Luego nos sumimos en un silencio algo tenso.
─¿Qué tal van las cosas en Nueva York? ─pregunto, intentando que no se note mi preocupación. Espero que entre los dos consigan darme algo de información.
─Mamá y papá están bien; estaban preocupados por ti, pero he hablado con ellos y lo entienden. Lianna está de visita esporádica en la ciudad; estuvo a punto de venir aquí y llevarte a casa de los pelos. Sabes que no cree mucho en conspiraciones.
Sonrío por un momento, intentando imaginarme a mi hermana echa una fiera. No es muy difícil; Lianna es de carácter fuerte.
─En la Academia todo está tranquilo ─añade Ben─. Da gracias a que no llamas demasiado la atención; solo tus amigos y algunos profesores han reparado en tu ausencia, pero tu amigo ha inventado una excusa creíble.
Le dirijo una mirada asesina; me ha ofendido, pero sé que tiene razón. Me estiro en la silla.
─¿Y cuál es el siguiente paso?
─Henrie ha estado intentando rastrear los movimientos de la nave de Ángela, la Siete Torres. Creemos que no está ni siquiera en la galaxia, así que de momento estás a salvo aquí.
─¿Y no hay un registro que os permita saber dónde están?
Ben levanta una ceja.
─Es una organización criminal, cariño. No esperes que nos lo pongan tan fácil.
Me ruborizo, aunque no sé si es por lo estúpido de mi pregunta o por la actitud del chico.
─Ben y Sullivan están pendientes de información, y te moverán si corres peligro.
─¿Saben que estoy aquí?
Todos se quedan en silencio, y no es un silencio tranquilizador precisamente.
─Es probable ─dice Sullie sin rodeos─. Sabemos que tienen espías en la Academia, así que seguramente sepan que has huido. Con suerte tardarán semanas en llegar a la Tierra, y no te encontrarán mientras estés con nosotros.
Alarga la mano por encima de la mesa y aprieta la mía, pero eso no hace que me sienta mejor. Siento una familiar sensación de agobio; solo quiero dormir y despertarme en casa, con mis hermanos haciendo ruido y bajar a comer helados y hacer deporte. No quiero pensar lo que pasará si no hay suerte.
Entierro la cara en las manos. En realidad estoy viviendo la vida de otra persona. A Sky Anderson no le pasan estas cosas. No lo acepto.
─Sky ─dice Sullivan. Me limpio una lágrima con el dedo y le miro─. Saldremos de esta.
Asiento. Nunca he deseado tanto que alguien tenga razón.

Paso el día vagando por dentro y fuera de casa. A veces siento que me sobra la energía y necesito hacer algo, y otras veces que me falta. Es entonces cuando dejo el paseo y me acurruco en el sofá al lado de mi hermano, para que me abrace.
A la hora de la cena no tengo hambre. Remuevo los tallarines con el tenedor mientras la abuela habla sobre el hijo de una señora del pueblo que se ha casado con una “golfa oportunista”. Mi abuela puede parecer muy dulce, pero a la hora de criticar a alguien es de las que no se corta.
Los cuatro se quedan en la cocina, charlando, mientras yo me voy a la buhardilla con los hombros caídos y la mirada baja. Estoy en uno de esos momentos en los que te sientes una mierda, y solo quieres desaparecer bajo las sábanas. Me he sentido agobiada muchas veces, en exámenes o incluso sin más, pero tener a una organización criminal tras mi pista no es una de mis situaciones preferidas.
Percibo de reojo la mirada de Sullie cuando salgo, pero no hace nada. Sabe que prefiero estar sola.
Me desvisto y me pongo una camiseta amplia y llena de agujeros que alguien dejó olvidada en un armario la última vez que vino. Ya en la cama, me cubro hasta la cabeza con las sábanas.
A pesar de lo que pensaba, apenas tardo en quedarme dormida.

Sueño. Estoy en mi habitación, tumbada en la cama. Es de noche, pero no entra la luz de la luna ni de las farolas por la ventana.
Oigo pasos en el pasillo; parecen unas botas. La persona se detiene justo delante de mi puerta, que se abre lentamente y con un chirrido.
─¿Sullie? ─pregunto con voz de dormida. Por un momento pienso que los hombres de Rak-ba saben dónde estoy, y que mi hermano viene a sacarme de aquí antes de que lo hagan ellos.
Me incorporo y entrecierro los ojos para adaptarlos a la luz del pasillo, que parece más fuerte que hace un rato. Una figura se recorta contra la puerta, pero tiene formas de mujer, así que no es mi hermano. Y tampoco es la abuela.
La mujer avanza hacia mí. He conseguido adaptar mi vista, pero deseo no haberlo hecho; la mujer no tiene rostro, solo un óvalo pálido que se dirige hacia mí.
Extiende una mano y la cierra con fuerza en torno a mi cuello. Yo siento que me ahogo…

Me despierto bruscamente. Mi corazón late rapidísimo, y estoy empapada en sudor. Tengo ganas de vomitar. Me siento sobre la cama y miro a mi alrededor. Sigo en mi habitación. Por la ventana se ve el cielo, que empieza a clarear. La puerta está cerrada y la toalla de la ducha está tirada en el suelo, exactamente donde la dejé. Todo parece correcto.
Suspiro, aliviada, y me tumbo de nuevo. Me paso las manos por la cara. A pesar de que estoy más tranquila, no consigo dormir de nuevo. Miro mi reloj; las seis y media de la mañana. Aun en pijama, arrastro los pies hacia la cocina.
A pesar de que es pronto, la abuela está haciendo punto en la cocina delante de una taza de café humeante. Sus gafas de ver de cerca han resbalado hasta casi la punta de su nariz.
─Buenos días ─digo en un bostezo.
─Buenos días cariño. ¿Cómo te levantas tan pronto?
Me encojo de hombros y busco la leche y el café. Bostezo de nuevo.
Al poco rato se escuchan pasos en la escalera. Sullie aparece por la puerta de la cocina, ya vestido, y se estira mientras se prepara un té.
─¿Hacemos algo hoy? ─pregunto. Tal vez me vendría bien un paseo por el pueblo.
─Claro ─dice él─. Pero quiero hablar antes con Henrie; no quiero perderme mucho mientras esté fuera.
Entiendo perfectamente su mensaje; quiere asegurarse de que la Siete Torres sigue lejos de la órbita terrestre.
─Claro.

La casa de los abuelos está llena de estanterías de madera empotradas en las paredes de gotelé blanco. Cojo casi inconscientemente una montaña de libros de distintas habitaciones y me tumbo en el sofá del salón; en la salita del té puedo escuchar a Ben y a Sullie hablando, aunque no entiendo lo que dicen porque su equipo de comunicación con la nave de mi hermano hace mucho ruido.
Cojo el primer libro de la pila y sonrío; La Cenicienta. El cuento ha pasado por millones de manos antes de que lo leyera yo, que soy la más pequeña de mis primos, y está hecho un absoluto desastre. Lo aparto a un lado y cojo una novela policiaca que también habré leído cien mil veces.
Un rato más tarde (pueden haber sido dos horas o quince minutos), los dos aparecen en el salón.
─¿Vamos? ─pregunta Ben. No sé por qué, pero esa sonrisa me provoca una especie de cosquilleo en las manos.
Suspiro, intentando quitarme esos pensamientos de la cabeza, y me estiro para coger la sudadera que dejé ayer colgada del respaldo del sofá. A pesar de que estamos casi en junio, yo siempre tengo frío. Cierro las manos en puños; tengo los dedos congelados.
La carretera que da a nuestra casa está desierta. Los tres nos dirigimos a la izquierda, en dirección al pueblo. Cuando ya estamos lo bastante alejados, Sullivan asegura:
─No hay ningún peligro.
No me había dado cuenta de que estaba conteniendo el aire hasta que escucho esas palabras. Le miro a él y después a Ben.
─Gracias.
No suelo dar las gracias o pedir perdón, así que espero transmitir realmente todo lo que se lo agradezco.
Si no fuera por ellos, no tardaría mucho en estar muerta.

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