─¡Papá, pásame la pelota!

Una niña pequeña echó a correr por el amplio jardín, persiguiendo el balón que acababa de lanzar el hombre. Era un día precioso: el cielo era azul, la hierba brillaba con un intenso color verde y había una temperatura ideal.

La casa estaba en medio de una urbanización apartada de la ciudad. Era domingo y la mayoría de los niños había salido a jugar a la calle, aprovechando las últimas horas del fin de semana. Un grupo de niños patinaba por el medio de la carretera delante de la casa, vigilados muy de cerca por sus madres.

La calle entera estaba llena de voces infantiles, aunque la niña que jugaba con su padre en el jardín no parecía notarlo. Había echado una mirada anhelante a unas niñas que llevaban una comba, aunque inmediatamente se había entretenido con las atenciones de su familia.

Los vecinos habían decidido que se trataba de gente extraña. No hablaban con nadie y no dejaban que su hija se acercase a los demás niños, aunque parecía que les bastaba con su propia compañía.

Habían supuesto que se trataba de una familia de artistas o de hippies que no dejaban que su hija se acercase a otra gente de su edad.

─No vayas tan rápido, vas a acabar resbalándote ─dijo la madre, sentada en las escaleras del porche, observando embelesada a su hija.

El padre se sentó junto a su esposa y la besó en la mejilla, mientras acariciaba su vientre con la mano; les había costado casi seis años darle un hermanito a su hija, pero por fin lo habían conseguido. La pequeña llegó con la pelota y se hizo un hueco entre ambos, reclamando su atención de nuevo. La abrazaron entre los dos, como si quisieran protegerla.

En ese momento, parecían una familia feliz. Al menos, lo eran para las personas que les miraban desde el otro lado de la acera.

Sin embargo, si alguien hubiese advertido las miradas que echaban por encima del seto del jardín, habrían comprobado que estaban excesivamente nerviosos. Los dos adultos no reían, a pesar de que parecían estar pasando un buen rato con su hija. Si los vecinos se hubiesen dado cuenta, les habrían advertido de que en las urbanizaciones de ese tipo nunca pasaba nada malo.

 

Sin embargo, lo malo llega siempre cuando uno menos se lo espera.

 

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