Era una noche tranquila de mediados de noviembre. Caía una lluvia torrencial sobre la ciudad, y no había gente en la calle. Cada poco se veía el resplandor de un rayo.
Alejandría estaba tumbada en el sofá, con todas las luces apagadas y la televisión encendida. Sostenía una taza humeante entre las manos, y tenía un montón de papeles y libros gruesos en la mesita de café, frente a ella. Acababa de terminar de estudiar, y se sentía agotada.
No le importaba vivir sola; pasaba la mayor parte de su tiempo en la facultad de Historia, en la biblioteca o trabajando. Además, no quería involucrar a nadie en su vida. Era demasiado extraña y peligrosa como para eso. A sus compañeros simplemente les decía que sus padres eran cónsules y viajaban constantemente, y que no tenía hermanos. Una mentira descarada, por supuesto.
Se acordaba perfectamente del día en que había descubierto su verdadera naturaleza, a pesar de que por aquel entonces tenía sólo seis años; ésa era una de las cosas que no se olvidan. Les había preguntado a sus padres, como tantas otras veces, por qué cambiaban tantas veces de país, de colegio y de nombre. Normalmente no contestaban a sus preguntas, pero ese día fue distinto; estaban alterados y distantes.
La joven recordaba a su padre, acuclillado frente a ella, sus ojos del mismo castaño ambarino que los de ella mirándola fijamente.
-Eres una brujita, Ale. Pero nadie más puede saberlo; será nuestro secreto.
Por supuesto, ella se emocionó. Como cualquier niña de seis años, estaba obsesionada con la magia y las hadas. O puede que estuviese algo más obsesionada de lo normal.
Enterarse de que tenía magia fue lo mejor que le pudo pasar en su vida.
Probablemente, ese fue el último día que vio vivos a sus padres.

Habían muerto en un accidente de tráfico. Los de servicios sociales no se lo dijeron así, obviamente, sólo que mamá y papá estaban en el cielo. Sólo cuando cumplió los trece le dijeron la verdad. No recordaba demasiados detalles; se acordaba de sus padres saliendo de casa, pero no estaba segura de para qué o de si habían llegado a coger el coche. Se preguntaba si sabían que estaban dejando sola a una niña pequeña; tal vez lo habían hecho sabiendo lo que les iba a pasar. O tal vez no la habían dejado sola, y se habían quedado en el jardín de casa antes de que alguien los matara. Esas dudas llevaban rondando su mente desde que fue lo suficientemente mayor como para entender las cosas.
Sólo sabía que horas más tarde, después de un lapso de tiempo que permanecía borroso en su memoria, alguien llamó a la puerta para darle la noticia. Ni siquiera recordaba el rostro de la asistente social, solo las brillantes luces de los coches de policía que rodeaban la casa.
Nadie había sido capaz de contactar con más familiares; Alejandría dudaba que tuviese más familia que sus padres. Al menos, ellos nunca habían hablado de padres, hermanos o cualquier otro tipo de parientes, así que estuvo rebotando entre orfanatos y casas de acogida que la devolvían antes del primer mes con ellos.
Empezó a trabajar a los catorce años, dos antes de lo normal, solo porque la dueña del último orfanato en el que estuvo quería que se independizara y perderla de vista. Al fin y al cabo, solo era una niña rara e introvertida con nombre de ciudad y con tendencia a ser huraña.
Ella no se había olvidado de las palabras de su padre; si de verdad era una bruja, tendría que ser capaz de hacer… algo. Lo que fuese. Todas las noches, en su habitación del orfanato, lo intentaba todo; mover objetos con la mente, hacer arder su escritorio, cualquier cosa. Pero por mucho que lo intentase no conseguía avanzar, así que a los pocos meses dejó de intentarlo. Estaba claro que su padre le había mentido.
Todo cambió el día de su decimoquinto cumpleaños…

Eran las siete y media de la mañana, y ella se dirigía al colegio de monjas que los dueños del orfanato habían escogido para ella. Ni siquiera ese día se sentía contenta; a pesar de que era su cumpleaños, probablemente fuese una jornada como cualquier otra. Rezaría cinco veces, al inicio de cada clase, y sus profesoras la regañarían por llevar la falda demasiado corta o el primer botón desabrochado. Se pasaría el recreo sola, leyendo en la biblioteca, porque no tenía más amigos que la mujer regordeta que gestionaba los préstamos de libros. Luego regresaría al orfanato, donde nadie se había acordado de su cumpleaños durante el desayuno.
La verdad, le daba igual; a aquellas alturas ya se había acostumbrado a ser una persona solitaria. No pudo evitar rememorar los vagos recuerdos que tenía de sus celebraciones de cumpleaños junto a sus padres, pero no lo hizo con dolor, sino como si estuviera contemplando la vida de otra persona. Ni siquiera sabía si eran de verdad.

Le quedaban dos manzanas para llegar al colegio. Iba escuchando música en el teléfono cutre que había conseguido comprar gracias a horas extras y casi el año entero ahorrando. Pasaba por delante de un callejón, al que iban a dar las partes traseras de varios restaurantes, cuando una mano la agarró por el codo y la introdujo dentro. Alguien le tapó la boca.
Dentro del callejón olía mal y estaba oscuro, a pesar de que estaba a punto de salir el sol.
Alejandría trató de resistirse como pudo; en el orfanato, en ocasiones se contaban historias de miedo por las noches. Aunque sabía que la mayoría de los detalles estaban tergiversados, no podía evitar recordar los relatos de jóvenes violadas y asesinadas o vendidas a mafias. Dio patadas y se retorció, pero la otra persona era más fuerte que ella.
-Tranquila, no te haré daño -.dijo tras ella una voz de hombre, suave y profunda.
La chica se relajó para que la soltara, pero estaba preparada para salir corriendo. El otro la soltó el brazo lentamente, y Alejandría se dio la vuelta.
Tenía delante a un chico de unos diecinueve años, alto, con la cabeza rapada y los ojos azules. De pronto, sintió nervios en la boca del estómago, pero no eran causados por el miedo. Apenas había tenido contacto con los chicos; su colegio era exclusivamente femenino, y los adolescentes del orfanato normalmente venían de familias desestructuradas o marcadas por la droga y la violencia. Y ahora se encontraba delante de un chico atractivo, que parecía tener magnetismo sobre ella.
Sintió que se le subía la sangre a las mejillas.
-Eres Alejandría.
No era una pregunta. La joven sintió cómo la sangre abandonaba su rostro tan rápido como había llegado. No respondió, sino que se le quedó mirando fijamente. ¿Cómo había averiguado su nombre? ¿Qué más cosas sabría de ella?
-Tengo algo para ti -.dijo, metiendo la mano en el bolsillo trasero de sus vaqueros.
Extendió hacia ella un papel arrugado. Alejandría dudó, pero acabó por cogerlo; era una foto. En primer plano vio dos rostros que reconoció enseguida, a pesar del paso del tiempo y de sus recuerdos borrosos. Sus padres, sonrientes, con un bebé gordo igual de feliz en brazos. No pudo evitar sonreír al reconocerse a sí misma, y rozó su cara con los dedos. Luego les contempló a ellos.
Su madre era igual que ella; pómulos altos, pestañas largas, piel bronceada y pelo brillante y negro como el carbón. Sin embargo, tenía los ojos verdes; Alejandría había sacado los ojos oscuros de su padre, que siempre había parecido un intelectual, con expresión despistada y gafas de alambre.
Alrededor de sus padres había bastante más gente, hombres y mujeres jóvenes, algunos con niños.
Llamó su atención un crío de unos cuatro años situado en un extremo con cara de enfado, y levantó la vista hacia el chico que tenía delante. No había cambiado nada, salvo porque la mata de cabello negro había desaparecido. Volvió a mirar la foto y siguió examinando caras. Había un hombre que se parecía mucho al chico, seguramente su padre, cogido del brazo de una mujer rubia, y un montón de caras que no conocía.
Le devolvió el papel; se había olvidado del colegio y la regañina que vendría después por parte de las monjas y los del orfanato.
-¿Qué es esto?
-Una foto. Se trata de una organización. Los detalles son demasiado enrevesados para que los entiendas ahora, pero digamos que… tratamos de derrocar al gobierno.
Ella abrió mucho los ojos. No pretendían venderla, sino reclutarla para una organización terrorista. Quería gritar, quería salir corriendo, pero había algo que se lo impedía. Era como si el chico la tuviese atrapada.
-Sé que es difícil de entender, pero tendrás que conformarte con eso por ahora. Te veré pronto. Por cierto, me llamo Tane -.dijo él antes de salir andando del callejón.
La chica estaba confusa. Aquello no podía haber sido más que un mal sueño. Salió del callejón arrastrando los pies y consultó la hora en su reloj; tal vez llegase a la segunda hora de clase. Lo que vio la dejó todavía más confundida; las agujas marcaban las siete y treinta y uno de la mañana, la misma hora que cuando Tane la encontró. Hubiese pensado que se le había acabado la pila si el segundero no se hubiese movido justo en ese momento.
Miró a su alrededor, a la calle. El mismo ciclista que había visto antes de entrar al callejón seguía atando la bici al poste de una señal. El semáforo de la esquina seguía rojo.
El mundo entero dio una vuelta. ¿Era posible que Tane hubiese detenido el tiempo? Sacudió la cabeza. No, tenía que haber sido un error. Tal vez era su reloj el que se había detenido, y el ciclista era un chico distinto al que había visto antes.
Alejandría sacudió la cabeza, se puso la música y salió corriendo hacia el colegio, como si con ello fuese a dejar atrás todo lo que acababa de pasar.

La primera clase aún no había empezado cuando atravesó la puerta del aula, jadeando.
Se sentó en su pupitre de la primera fila, tan aturdida que ni siquiera se dio cuenta de que la profesora y sus compañeras cantaban el cumpleaños feliz para ella en vez de regañarla o mandarla al despacho del director.
Ese día transcurrió en una bruma; casi esperaba que Tane apareciese por la puerta con una bomba en la mano para hacerse con el control del colegio.
Cuando por fin sonó el timbre de la última clase, después de un día eterno, casi salió corriendo de clase, a pesar de las miradas del resto de chicas. Alguien la llamó en el pasillo, pero ella no se detuvo. Sacó rápidamente los libros de su taquilla y los metió en la mochila, sin preocuparse de si se doblaban las tapas.
-Ey, Ale -.dijo Mary, apareciendo por detrás de la puerta del casillero.- Te llamé antes, pero no me escuchaste.
Mary era una de las pocas chicas que había intentado hacerse amiga de Alejandría. Era agradable, pero podía llegar a ser bastante pesada.
-¿Ah, sí? Lo siento.
-Habíamos pensado ir al cine esta tarde. ¿Te apuntas?
La chica fingió que pensaba. Tal vez le vendría bien distraerse, pero quería encerrarse en su habitación para pensar en todo lo que había pasado. Esa era la excusa que se había puesto a sí misma, pero en realidad también estaba deseando pasar de nuevo por el callejón para ver si Tane estaba allí. Había dicho que se verían pronto, y había abrigado en su interior una esperanza algo estúpida.
-No creo que pueda. Os aviso de todas maneras, pero gracias por avisarme -.dijo, intentando no sonar maleducada.
Mary asintió y se alejó. Ella apoyó la frente contra el metal frío de la taquilla; tenía que relajarse. Salió del edificio gris y aburrido y volvió al orfanato con tranquilidad.
Pasó por delante del callejón donde se había entretenido aquella mañana, y se detuvo a pesar de que se había prometido no hacerlo.
El lugar olía mucho peor que por la mañana; había bolsas de basura en las puertas traseras de los bares, y algunos perros callejeros competían con los vagabundos en la busca de algo de comida. No había ni rastro de Tane.
Algo decepcionada, regresó a su casa.

Alguien le había dicho que el orfanato había sido un refugio en la época el tercer Reich alemán, pero ella no estaba segura. Por fuera era azul celeste con manchas de humedad, pero por dentro estaba bastante bien acondicionado para vivir.
Subió corriendo a su habitación (no había ascensor) y se tiró boca abajo en la cama, que crujió peligrosamente bajo su peso. No supo cuándo se quedó dormida, pero cuando se despertó no sabía distinguir qué había sido un sueño y qué había sido real.
Se estiró, adormilada, pero se quedó helada, con los brazos por encima de la cabeza. Había alguien en su habitación. Con cuidado, giró la cabeza hacia la ventana.
Allí estaba Tane, con la espalda apoyada en la pared y los brazos cruzados. Se había apoyado en el escritorio, adoptando una postura relajada, y la miraba fijamente. La ventana estaba abierta.
Alejandría sintió cómo algo le apretaba el pecho.
-¿Cómo has… cómo has subido?
No dejaban pasar a nadie por recepción fuera del horario de visitas, y era imposible que hubiera escalado cinco plantas por la fachada sin que nadie le viera.
-Hay muchas cosas que todavía no sabes -.dijo él, con una sonrisa torcida.

Esa había sido la primera vez que había oído hablar del submundo, la magia y los ángeles como algo real. Tane le había explicado que los ángeles gobernaban a todos los brujos del planeta, y que eran un gobierno corrupto. Perjudicaban a los pobres en su propio beneficio y no tenían en cuenta a nadie más que a ellos mismos. Esa no era la idea que Alejandría tenía de los ángeles, y por eso le sorprendió.
Tane también le explicó que ellos llevaban años intentando luchar contra los ángeles, aprendiendo magia para intentar derrotarlos.
Y, sobre todo, le prometió que podía descubrir su poder y ayudarla a desarrollarlo. Pero a cambio necesitaba algo; que le ayudase a robar libros de magia de diversas partes del mundo.
Al principio, ella se había mostrado horrorizada. Robar… ella nunca haría algo así, ni siquiera en caso de necesitad. Le llamó estafador y mentiroso; estaba segura de que solo intentaba aprovecharse de ella y de su obsesión con la magia.
Sin embargo, él le hizo una demostración de sus poderes; Alejandría descubriría después que eso se llamaba pirotecnia, y que Tane era capaz de hacer muchas cosas más. Y ella también podría subir cinco pisos escalando por una fachada sin que nadie la viese si se unía a ellos.
Le contó que sus padres habían estado en esa organización de la que había hablado antes de que los asesinos enviados por los ángeles les encontraran y los mataran. Por lo que ella recordaba, sus padres no querrían derrocar a ningún gobierno, por corrupto que fuese. Ellos llevaban una vida tranquila y feliz.
Sin embargo, podía ser que el paso del tiempo hubiese borrado detalles sobre sus padres. Eso y la posibilidad de vengar su muerte, por increíble que sonara la perspectiva que Tane le ofrecía, fueron los argumentos que la convencieron para unirse al Inframundo.

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