La gente parece tener un estándar típico para todos los magos: ancianos con larga barba blanca y con túnicas espantosas hasta los pies que utilizan varitas para hacer fuegos artificiales.
Sin embargo, no somos tan típicos. De hecho, si cualquier humano tratara de buscar las diferencias entre ellos y cualquiera de nosotros no las encontraría, al menos a primera vista, da igual que el mago sea o no natural de la Tierra. Y desde luego no necesitamos un palito de madera para hacer embrujos, ni todo es tan fácil como se ve en esas estúpidas cajas de colores que tienen los humanos.
Lo que ellos tampoco saben es que hay varias clases de magos. Bueno, en realidad hay muchas especies que simplemente desconocen.

Primero están los metamorfomagos, que son los que más me fascinan. Los menos hábiles, que son la mayoría, solo son capaces de cambiar el color de su pelo o el de sus ojos, e incluso hay alguno que puede ponerse el morro de un cerdo o piernas de pato. Sin embargo, los mejores metamorfomagos pueden cambiar completamente su apariencia para parecer una persona o animal de cualquier raza imaginable.
Ser metamorfomago es bastante peligroso si no tienes un buen control sobre tus poderes; se han conocido muchos casos de personas que no han sido capaces de volver a su forma original ni siquiera mediante hechizos poderosos.
Mi madre trabaja intentando encontrar solución para hechizos irreversibles realizados sobre el propio cuerpo. Lleva diez años en la investigación, y aún no ha descubierto gran cosa.

Luego están los vulgarmente conocidos como magos físicos, que cuentan con alguna cualidad física extraordinaria. Estas cualidades pueden variar desde lo más sencillo, como escalar un árbol en menos de cinco segundos, a cosas más impresionantes, como estirar las extremidades sin límite, correr muy rápido o absorber energía de otros.
Esta clase de poderes, en manos de alguien con tendencia a ser… desequilibrados, también pueden tener consecuencias imprevisibles. Hace siglos, Grimgrarg absorbió la energía de toda una legión de brujos hasta quitarles la vida, y con ello consiguió también desarrollar tantos poderes como personas había matado. No hace falta decir que buena parte de nuestro mundo, así como muchos otros planetas del universo, quedó destruida. Los libros de historia humana achacan esa destrucción a siglos y siglos de guerras y catástrofes.
La mayoría de las consecuencias son bastante menos graves, como unos brazos exageradamente largos o personas que no son capaces de dejar de correr.

Otra categoría son los elementia, que dividen sus ámbitos de poder según los cuatro elementos de la naturaleza. Son muy poco comunes, pero también muy poderosos; son capaces de crear inundaciones, incendios descontrolados y tormentas de rayos. Por supuesto, sus poderes no sirven sólo para hacer el mal. Pueden repoblar bosques, descontaminar aguas, calentar hogares y demás. Yo he tenido la suerte de convivir con mi hermana Lianna, que es piroquinética. Domina el fuego. Cuando ella era pequeña yo no había nacido, pero mis padres me han contado que cualquier emoción fuerte desataba su poder, y que en esos momentos tenían que encerrarla en una habitación con paredes de cemento armado. No quiero imaginar lo que puede ser eso para un niño. Sin embargo, ahora es impresionante cómo puede crear pequeños fuegos artificiales con solo mover los dedos. De pequeña, cuando le tenía miedo a la oscuridad, ella me hacía pequeños espectáculos hasta que me dormía.

Mentalistas, telequinésicos, invisibles…
Podría pasarme años enumerando todos los grupos de brujos que existen, sin contar demonios, ángeles, hadas y seres de otros planetas y sus inframundos y altas esferas celestiales.
Pero para que os hagáis una idea.

Sinceramente, yo no sé en qué grupo encajo. Mi cabello puede cambiar de color cuando estoy enfadada o estresada, puedo correr millas sin parar o saber lo que piensa alguien a kilómetros de distancia.
De niña me asustaba no estar dentro de ningún grupo, pero mi familia y un nutrido grupo de especialistas me dijeron que no había de qué preocuparse; en la Academia me enseñarían a controlar mis poderes, que con la pubertad se irían estabilizando hasta centrarse en un solo ámbito. El problema es que deberían haberse estabilizado hace años.
Mis profesores no saben cómo tratarme; algunos parecen temer que cualquier día explote y acabe con la ciudad entera. Otros me tratan como si fuera un experimento, y se quedan mirando embobados cómo resuelvo las lecciones de la magia más avanzada en unos pocos minutos.
Estoy en la Academia desde que tengo ocho años, igual que todos los estudiantes. La razón de por qué no empiezan a adiestrarnos antes es porque nuestros poderes son muy inestables durante la primera etapa de la infancia. Mis padres, con siete hijos brujos, han tenido que apagar incendios, reparar muebles y evitar que sus niños salgan volando por la ventana más veces que toda la población de Nueva York junta.
La enseñanza aquí se divide en tres niveles: la básica, en la que te enseñan a controlar lo que tienes dentro, la media, que empieza cuando tus poderes se empiezan a encauzar, y la última, cuando te asignan un puesto de trabajo de acuerdo a tus capacidades y empiezas tu periodo de prueba.
Hay algunos que nunca han salido de este edificio, que por fuera está camuflado como un bloque de apartamentos para familias pijas del centro, con guardias de seguridad y todo (disfrazados, por supuesto). Se encargan de las grabaciones de seguridad, la enseñanza o de que el papeleo y todo lo necesario en el mundo humano esté en orden.
Sin embargo, a mí no me gustaría quedarme encerrada aquí para siempre.
Este mundo es uno de los más difíciles para vivir; tenemos que compartir el espacio con los humanos corrientes, molestos y contaminantes, que muchas veces producen desequilibrios en el mundo. Los propios brujos también cometemos errores de vez en cuando. Siempre hay alguien que no tiene cuidado con sus exhibiciones mágicas o que se va demasiado de la lengua, y cada año hay que modificar la memoria de algunas personas del mundo no mágico.
El trabajo de los exploradores es investigar esos desequilibrios y tratar de eliminarlos. Y eso es a lo que me quiero dedicar cuando me gradúe el año que viene.

Me despierto a las siete en punto; no me hace falta uno de esos cacharros que usan la mayoría de mis compañeros para despertarse, yo tengo una especie de reloj biológico.
Abro el armario y cojo las primeras prendas de ropa cómoda que encuentro; unos bombachos negros, una camiseta blanca y una chaqueta negra. Aún descalza me dirijo al baño de mi habitación. Me lavo la cara y me ato el pelo corto en un moño apretado. Al contrario que muchas chicas, prefiero llevar el pelo corto. Es mucho más cómodo de peinar y para hacer deporte.
Observo mi aspecto en el espejo; pelo negro, del color exacto de la tinta, ojos azules tan oscuros que casi pueden confundirse con el cielo del anochecer y piel muy pálida. Tengo la nariz larga y los ojos y la boca grandes. Nadie me ha dicho nunca que sea guapa. Bueno, mis padres y las pocas amigas que tengo lo hacen todos los días, pero eso no cuenta.
Regreso a mi habitación para coger unas zapatillas. Supongo que esto se parece a una residencia universitaria humana. Digo supongo porque jamás he estado en una, pero mi hermana Cristal una vez se coló en una y fue capaz de vivir en ella dos días antes de que mis padres la encontraran. Por las cosas que me contaba, me imagino algo muy parecido a la Academia.
Vivimos en un edificio de veinticinco plantas y otras cuatro de sótano, en el que las habitaciones de los estudiantes, las aulas, centros de control, oficinas e instalaciones deportivas compiten por el espacio.
La verdad es que no vivimos mal. Tenemos baño con ducha propio, podemos comer todo lo que queramos, acostarnos cuando nos apetezca y somos libres de merodear por cualquier parte del edificio, excepto por las oficinas, después de nuestras clases. Aun así, encuentro un poco deprimente no poder salir del edificio sin antes pedir un permiso que requiera un montón de trámites.
Cuando termino de vestirme, salgo de mi habitación y me dirijo a la cafetería de mi planta. Todos los pisos cuentan con un pequeño espacio para comer y socializar. Aunque yo no puedo decir que socialice demasiado.
Me sirvo una enorme taza de café y me siento en la mesa que suelo ocupar todos los días. Muchos de mis compañeros siguen durmiendo, así que el lugar está prácticamente vacío.
Veo entrar a Wielia, mi mejor amiga. Me saluda y se sirve el desayuno antes de sentarse frente a mí. Mi amiga lleva las rastas castañas hasta la cintura, amarradas con una cinta. Su piel rosa está brillante por el sudor, y lleva ropa ajustada de deporte; ella prefiere hacer ejercicio antes de entrar a clase, al contrario que yo. Por lo menos va vestida; tengo entendido que los de su raza suelen ir desnudos.
Me acuerdo perfectamente del día en que la conocí. Ella era una niña sociable y alegre, y antes de conocerla pensaba que no se tomaba nada en serio. Al contrario que yo, que me tomo cada cosa que hago tal vez demasiado a la tremenda.
Pasamos los dos primeros años en la Academia sin hablarnos, hasta que nos pusieron juntas en un proyecto sobre las diferencias entre nuestros planetas de origen.
Recuerdo que ella me llamó estirada, y que yo me lo tomé tan enserio que le pedí al profesor que me asignase un proyecto aparte para trabajar yo sola.
Sí, así de tremenda soy yo.
Si no fuese porque nos obligaron a terminar juntas ese proyecto, tal vez ahora no seríamos amigas. Sonrío levemente al acordarme.
Muchos se preguntan por qué nos llevamos tan bien si somos completamente distintas, pero la razón es bien sencilla; ella aporta el grado de alegría y locura que a mí me falta, y yo sé ponerme seria y trabajar cuando es necesario.
Wielia coge un gusano con los dedos, me mira con sus ojos color ámbar y pregunta:
─¿Qué, nerviosa? -.dice sin saludar. Mi amiga es así, no se preocupa de los detalles que considera frívolos.
Me encojo de hombros. Hoy hacemos uno de los exámenes más importantes de noveno año, en el que se decidirá en qué rama nos especializaremos en décimo. Debería estar nerviosa, ya que mis múltiples habilidades podrían hacer que me quede fuera por desequilibrada o algo por el estilo, pero no lo estoy. Hasta ahora he conseguido sacar de las calificaciones más altas de mi promoción en todas mis asignaturas, que son casi el doble de las de los demás debido a que mis habilidades cubren varios campos. Hoy no debería ser distinto. Ya he pasado por todas mis fases pre examen, que incluyen bajar al quiosco de la esquina a por toneladas de chocolate, hacer deporte hasta no poder más y pasar horas llorando al teléfono con mamá debido a la ansiedad.
Así que sí, puedo decir que de momento estoy tranquila.
Me sirvo una segunda taza de café y cojo un bol con cereales integrales y una manzana. Aquí te puedes encontrar todo tipo de comida, desde escarabajos vivos hasta alimentos humanos, pasando por un musgo de color violeta y unos bichos parecidos a ciempiés, pero más planos y de un color naranja amarillento algo asqueroso. Esto se debe a que hay alumnos de todas las razas posibles y, como la mayoría son ricos, los cocineros tratan de complacerlos.
Cuando terminamos de desayunar, Wielia y yo salimos de la cafetería, pero nos encontramos con Marq antes de alcanzar la puerta.
Mi amiga se come a mi hermano con los ojos, pero yo tiro de ella. Marq está todavía tan dormido que ni se habrá dado cuenta de que estamos aquí, así que no empezará a molestar.
─Algún día me lo presentarás.
Suelto una carcajada sarcástica y pongo los ojos en blanco.
─Créeme que no.
Marq es el sexto de la familia, el que va justo antes de mí. De todos mis hermanos, por no decir de todos los hombres del planeta, Marq es el más asqueroso, maloliente, desorganizado y desgraciado con las mujeres que conozco.
Ni siquiera sabe qué va a hacer cuando se gradúe, y eso que le quedan unos pocos meses. Seguramente intentará vivir de papá y mamá mientras pueda, y luego elegirá un trabajo que le permita estar pocas horas en un despacho sin hacer nada mientras gana un montón de dinero.
Pero también es guapo, con el mismo pelo negro que yo, los ojos azul grisáceo, la piel tostada y esa sonrisa que a todas les parece irresistible y a mí me da ganas de vomitar.
A pesar de todo, es mi hermano. Con él descubrí lo que era salir de fiesta y a liarlas gordas sin que nadie notase que fui yo. Aunque eso me parece reprobable, he de decir que esa capacidad de mentir me ha salvado de bastantes problemas.
Ambas nos dirigimos al ascensor y bajamos hasta el vestíbulo.

Somos las primeras en llegar abajo, después del director y nuestros profesores, claro. La sala está adornada en estilo moderno, acorde con el resto del edificio: baldosas negras con piedrecitas grises y blancas incrustadas, paredes negras y blancas y sillones rojos, negros y blancos desperdigados. Aunque desde fuera no lo parece, el vestíbulo es amplísimo.
Me acomodo en uno de los sillones. Wielia incluso sube los pies y los apoya sobre la tapicería; no le importa el no mantener las formas delante de los profesores. Otra cosa en la que no nos parecemos.
Seguro que la mayoría de nuestros compañeros siguen durmiendo y llegarán tarde, incluso en un día tan importante como hoy.
La impuntualidad me irrita; me parece algo insultante para la gente que madruga y se esfuerza para llegar pronto a los sitios. Además, no empezaremos la charla hasta que no estemos todos, por lo que la hora de inicio del examen se atrasará.
Dios, ya estoy empezando a hiperventilar.
Algunos profesores se acercan a saludarnos; todos ellos nos desean suerte, y nosotras respondemos con sonrisas educadas. Siempre me he preguntado de qué hablarán cuando se reúnen en grupitos a cuchichear.
Poco a poco, esto se va llenando de chicos de nuestra edad. Los profesores llaman nuestra atención e intentan que nos callemos. Increíblemente, estamos todos listos a las nueve menos cuarto.
El grupo empieza a moverse hacia la sala de reuniones. He perdido a Wielia, y seguro que Abbie está detrás, pasando hojas del libro de manera frenética. Avanzo sola en medio de aquella marea de cuerpos más grandes que el mío, llevándome constantes empujones y pisotones. A veces odio ser tan pequeña.

Lleva un buen rato tenernos a todos sentados y en silencio en la sala, que tiene forma de anfiteatro. He conseguido localizar a Wielia y a Abbie, así que las tres nos sentamos hacia el medio de la sala.
Hay un grupo de chicos, sentados unos pocos asientos más allá de nosotras, que no paran de reírse a carcajadas y pegarse puñetazos unos a otros. Todos van vestidos con vaqueros, camisetas blancas y cazadoras de cuero negro, con el pelo perfectamente peinado en un tupé y las deportivas, como si fueran réplicas.
Pongo los ojos en blanco; de todas las personas que me irritan, y son muchas, no hay nadie que lo haga más que las urracas, como me gusta llamarles para mí. Se entretienen dando puñetazos a las mesas, lanzándose bolas de papel y soltando risas estúpidas cada vez que alguno dice algo obsceno, lo que suele ocurrir con frecuencia.
Los chicos siguen haciendo el mono, pero el líder indiscutible del grupo, Zack, parece notar mi mirada y clava sus ojos grises en mí.
Siento que me recorre un escalofrío, pero me obligo a mantenerle la mirada, aunque sea un poco.
Si alguien intentase personificar a un demonio, seguro que se lo imaginaría con el aspecto de Zack. Es un metro noventa de puro músculo, con el pelo negro engominado, la piel morena y sonrisa socarrona. A pesar de su actitud despreocupada, es uno de los mejores estudiantes de nuestra promoción, y parece conseguirlo sin apenas esforzarse.
Y, por supuesto, siempre hay un nubarrón de chicas alrededor de él, aunque todos sepamos que está saliendo con Miri o, como la llaman algunos, la zorra intergaláctica.
Despego la mirada de Zack y la clavo en el estrado, donde el director parece estar hablando de lo mismo de siempre: lo importante que son el esfuerzo y la constancia para conseguir buenos resultados y llegar a lo más alto.
No les puedo ver las caras a los alumnos sentados delante de mí, pero por sus posturas deduzco que la enorme mayoría aprovechan la comodidad de los asientos acolchados forrados de terciopelo para echar una última cabezada o repasar antes del examen.
Al pensar la palabra examen se me hace un nudo en el estómago y me entran ganas de vomitar. Respiro hondo. Mejor no pensarlo.
Me centro en las palabras del director, del coordinador de estudiantes y del jefe de estudios, deseando por primera vez en mucho tiempo que nunca dejen de hablar y no tengamos que subir al aula.
Sin embargo, y como es lógico, eso no pasa. El jefe de estudios, el señor Princetown, da una palmada.
─Espero que os vaya bien en los exámenes. Podéis ir subiendo.

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