─¡Cuéntame otra vez la historia!
─Ya es tarde, hijo mío. Además, con ese catarro necesitas reposo.
El niño, de no más de cinco años, miró a su madre haciendo un puchero. Era una noche oscura de tormenta, y acababa de llevarle una infusión caliente para la tos.
─¿Por favor? ─preguntó él con voz ronca, justo antes de empezar a toser con violencia.
La mujer suspiró.
─De acuerdo. Pero bébete esto antes de que se enfríe ─ordenó, tendiéndole el vaso todavía humeante.
Se tomó su tiempo acomodando al niño entre las almohadas y cubriéndole mejor; después, se sentó en una silla al lado de la cama de su hijo e inició la narración, la misma de todas las noches.
─Cuentan las leyendas que, hace muchos años, todo el mundo vivía en armonía. No había guerras de religión. De hecho, ésta ni siquiera existía.
─¿Cómo podía la gente vivir sin religión? Es imposible.
Ella rió suavemente. Todas las noches, cuando llegaba a ese punto de la historia, el niño siempre hacía la misma pregunta, y ella siempre respondía igual.
─No lo sé, hijo. Siguiendo con la historia: con los años, dos hermanos fundaron el movimiento tereónico, y ganaron multitud de adeptos. Pero pronto comenzaron a surgir discrepancias entre estos dos hermanos: mientras Alaiin defendía la recta interpretación de las leyes religiosas, Proteo era partidario de ser más flexible. Propuso la libre interpretación de las normas, la falta de obligación de rendir tributo a los ancestros, rehusaron a utilizar toda clase de tecnología…
El niño hizo una mueca de asco cuando escuchó esa última frase. Los sereos eran sus enemigos tradicionales. Mucha gente solo se sentía molesta cada vez que escuchaba hablar de las costumbres libertinas de los sereos, pero la mayoría del tiempo se limitaban a fingir que no existían. Sin embargo, su hijo había crecido escuchando a su padre atacar constantemente a sus compatriotas, y era inevitable que se le hubiesen contagiado esas ideas.
Tosió de nuevo, tapándose la cara con la mano, y se sonó la nariz. Ella le abrigó de nuevo.
─Eran opciones totalmente contrarias ─continuó─. Ambos jóvenes tomaron diferentes caminos, y ese es el origen de nuestro pueblo y el de los sereos. Por lo que se dice, Proteo y Alaiin llegaron a un acuerdo mutuo para el respeto y la igualdad pero, según la tradición, los sereos poseen un arma secreta con la que, según se dice, pueden llegar a hacerse con el poder absoluto. No se sabe qué forma tiene, y es un secreto que ellos no están dispuestos a desvelar. Eso ha dado pie a numerosas guerras en la antigüedad, aunque en la actualidad se ha firmado la paz.
─De mayor seré como Alaiin, mamá. Seguiré las normas de la religión como debe ser y lucharé a muerte contra los sereos. Averiguaré cuál es esa arma y se la quitaré, para evitar que nos dominen, aunque tenga que perturbar la paz.
El niño había apartado las mantas de un golpe mientras hacía su promesa y se había levantado de la cama, llevándose el puño derecho al corazón, como se hacía en los juramentos oficiales.
La mujer le condujo de nuevo a la cama y acarició los cabellos rubios de su hijo, que, además de haber tomado prestado el nombre de Alaiin, había desarrollado el mismo entusiasmo en la interpretación de las doctrinas religiosas. No se atrevió a ayudar a su hijo a discernir entre fantasía y realidad; parecía tan convencido… No debería haber permitido que escuchara tanto a su padre.
─Claro que sí; ahora descansa. Buenas noches mi amor dijo, depositando un beso en la frente de su hijo.
─Esa no es la historia que me cuentas todas las noches. Siempre me hablas de la guerra, o de las leyendas…
─Esta noche no, cielo. Tienes que descansar.
Él hizo un puchero, pero no insistió.
─Buena noches mami ─respondió con voz soñolienta mientras se hacía un ovillo bajo las sábanas.
Ella cerró suavemente la puerta de la habitación y se metió en la suya propia, que aún estaba vacía; su marido era uno de los jerarcas orenses más importantes, y a veces no volvía de trabajar hasta altas horas de la madrugada. Con un suspiro cansado se metió en la cama.
Las palabras de Alaiin la habían inquietado. Su hijo mayor había decidido seguir los pasos de su padre e iniciarse en el movimiento; un par de funcionarios le habían llevado su cadáver a la puerta de casa unas semanas después, y habían tratado de consolarla diciendo que no todos servían para aquél trabajo. Nadie sabía exactamente en qué consistía el proceso, pero sí que era muy duro. Por eso temía por Alaiin; no quería perder a otro hijo, aunque sabía que era muy probable que también la terminase abandonando para iniciarse. Sus ojos habían brillado de una manera especial mientras hablaba de su futuro. Un dolor punzante atravesó su corazón, y por unos instantes deseó que la religión desapareciera de la faz de la tierra. La religión le había hecho perder prácticamente a su esposo, que mostraba más atención a su trabajo que a su familia. También había visto morir a uno de sus hijos por culpa de aquellas estúpidas creencias, y tenía la sensación de que perdería también a Alaiin si le dejaba marchar.
Inmediatamente se arrepintió de sus dudas; después de todo, en ese momento, la religión era lo único que le quedaba.
Se limpió una lágrima y, después de una breve oración de disculpa por su vacilación, rezó a sus ancestros para que aquella fuese solo la loca idea de un niño pequeño, y que terminara por desvanecerse con el tiempo.
Consiguió quedarse dormida muy avanzada la noche.

En la otra punta del país, en una pequeña casita de madera, una niña de apenas cuatro años escuchaba con los ojos azules muy abiertos a su hermana, que le narraba una historia. La habitación estaba a oscuras, aunque entraba algo de luz por el rectángulo de la puerta.
La chica más mayor, que no debía tener más de diecisiete años, hablaba en susurros; sus padres continuaban despiertos, y no les gustaba que le llenase la cabeza de pájaros a su hermana menor. Se suponía que era demasiado pequeña para entender algunas cosas, pero le brillaban tanto los ojos cuando hablaban de aquella historia que no podía resistirse a explicarle más y más cada vez.
Además, solía asustarse con las tormentas, y ese relato era el único que conseguía tranquilizarla.
─Y entonces, Proteo nos proporcionó un objeto maravilloso, gracias al cual nadie olvidaría cuál es la manera correcta de entender el movimiento que fundaron. Algo que nos ayude a recordar quienes somos y no nos dejemos llevar por las perversas opiniones de los orenses.
─¿Cuál es ese objeto? ─dijo la niña, también en un susurro. Sus ojos brillaban de la emoción.
La más mayor se encogió de hombros.
─Nadie lo sabe. Algunos hablan de una bola de luz, otros de una espada fantástica o de una joya. Pero lo importante es que entiendas el significado abstracto. Y eso es algo que solo puedes hacer desde aquí ─dijo, posando una mano sobre el corazón de su hermana.
La niña asintió y reprimió un bostezo. Ella no estaba segura de que hubiese comprendido del todo sus últimas palabras, pero sabía que algún día lo haría.
─Descasa, pequeña.
─Quiero que me cuentes más cosas.
─Esta noche no; ya es demasiado tarde. Te prometo que mañana te explicaré más, y resolveré tus dudas. ¿De acuerdo?
Aunque la niña no parecía querer dejar que su hermana se fuera, era obvio que no podía contener el sueño. La mayor la arropó, cerró suavemente la puerta de la habitación y entró en su cuarto. A Miria le encantaban toda clase de leyendas y de cuentos. Era tan dulce…
Meneó la cabeza con una sonrisa pintada en los labios y se puso la ropa de dormir. Esa noche, su hija se había puesto enferma y su esposo la había relevado menos de una hora antes en casa del curandero para que pudiese descansar. Ella había decidido ir a casa de sus padres; no quería quedarse sola en una noche de tormenta.
Pensó de nuevo en su hermana. Quizás, con el tiempo, se convertiría en una de las sacerdotisas más importantes. Por mucho que a sus padres no les gustara que le contase esas historias, podía ser que en el futuro todo el mundo la escuchase.
Y ella quería estar allí para verla.

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